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Martes, 02 de septiembre de 2014
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¿Por dónde pasa el futuro del comisario?

Ocho de ellos dan respuesta

El comisario independiente sabe que se acaba un ciclo. A la reducción de encargos y honorarios por parte de centros de arte y museos, se suma la necesidad de reinventar una profesión de por sí en constante discusión. Coincidiendo con la inauguración de la 11ª edición de Inéditos en La Casa Encendida, la convocatoria para jóvenes comisarios, analizamos con algunos de ellos la situación actual de esta profesión y su futuro.


BEA ESPEJO | 06/07/2012 |  Edición impresa


Ann Veronica Janssens: Mist Room, 1999. Imagen del proyecto Déjà vu.

La del comisario siempre ha sido una profesión ambigua, y siempre ha estado en el centro de un eterno debate alimentado por la evolución de su función, el estatus de su poder, la tarea de definir su campo de acción y su responsabilidad con el artista y con el público. En cuatro décadas, ha vivido ciclos de todo tipo: de nacimiento en los 70, de gloria en los 80, de boom en los 90, de sobresaturación en los 2000 y, ahora mismo, de replanteamiento. Han sido muchos años de discusiones y preguntas, y así seguimos, dándole vueltas, con muchas más dudas que certezas. ¿Qué define el comisariado hoy? ¿Es posible vivir como comisario independiente? ¿Se esfumó su poder? Y el formato clásico de la exposición, ¿se estancó? ¿Qué significa comisariar?

Muchas de estas preguntas sobrevuelan en Salir de la exposición (si alguna vez habíamos entrado), la primera publicación con la que la productora artística Consonni emprende un nuevo proyecto editorial llamado Paper, nacido con la voluntad de contribuir a la producción actual de crítica de arte publicada en papel y en España. El libro lo firma Martí Manen, uno de los críticos y comisarios españoles que lleva años reflexionando sobre sistemas para escaparse del tedio expositivo: “Podríamos decir que ha existido cierto estancamiento en las formas expositivas. La exposición ha dejado de ser un discurso cerrado para ser una plataforma desde la que generar múltiples posibilidades. Falta ver si estamos preparados para tal velocidad. Técnica y mentalmente”, explica. El propio libro está organizado como una exposición, aunque no es la primera “publicación comisariada” de Martí Manen. Hace sólo unos días inauguraba en el Centro de Arte Dos de Mayo de la Comunidad de Madrid Contarlo todo sin saber cómo, una exposición que se expande más allá de las salas del centro en Móstoles con “una novela que es una exposición que es una novela”. La publicación va más allá de la convencional idea de catálogo y ensaya nuevos sistemas de trabajo, nuevas formas de comisariado: “Comisariar significa redefinir, repensar, reposicionar. Implica dar una vuelta más para generar otros tejidos, para buscar tonos específicos, ideas y modos de presentar y comunicar el arte. Montar una exposición es fácil. Comisariarla es otra historia”, añade.

Destino borroso

Si partimos de la base de que el arte contemporáneo es cambio constante, es lógico que la exposición deba reformularse permanentemente y que el comisario no deje de reinventarse. “La cadena económica está rota, así que toca inventar otras vías. Vamos hacia propuestas más pequeñas, donde la palabra clave es tiempo y no dinero, a prácticas más colaborativas y voluntades más directas. Todo va a ser algo más impreciso: proyectos donde se mezcle más la educación con la producción, la distribución con la presentación. Adaptarse a la realidad es básico para poder trabajar desde un pensamiento ligado a la imaginación”, dice Manen.

También el comisario Manuel Segade, responsable de la exposición de Lara Almarcegui en el CA2M y la sección Opening en ARCO, cree que “el límite está en la imaginación: se trata de una profesión todavía abierta, sin definir. La tesis construida sobre esta profesión en los 90 no es que ya no responda a la realidad, es que nunca respondió más que a una pequeña minoría que trabajaba desde los principios del neoliberalismo radical, algo que es lo contrario de los materiales con los que tenemos que trabajar. Cada vez es más importante la mediación, el diálogo, la comunidad. La construcción colectiva y no autónoma. Ése es el lugar en el que el comisario o la comisaria ocupan un lugar fundamental, como profesionales que son atravesados por prácticas distintas, cuyo trabajo es ejecutar lazos y construir nodos que hagan más productivo ese sistema”, explica.

Precisamente establecer vínculos, generar redes y construir comunidad es lo que define uno de sus proyectos recientes, La cuestión del paradigma. Genealogías de la emergencia del arte contemporáneo en Cataluña, presentado en 2011 en La Panera de Lérida y, más tarde, en La Capella, Barcelona. Exposición y catálogo se articulan como un escenario de archivo a partir de obras, ediciones, textos, citas... La tesis del proyecto ha puesto nombre a uno de los debates latentes en el mundo del arte: ¿Es necesario un cambio de paradigma también en el comisariado? “Estamos obligados a ello. Deberíamos, de la mano de los artistas, estar encabezando una revolución copernicana. No se trata de un problema económico, sino del deseo de una sociedad de ser otra, de una aspiración o posibilidad de cambio. Me refiero a que necesitamos defender que las instituciones existan y mantengan su nivel de exigencia económica y de calidad. Si los comisarios nos dedicamos a inventar independencia, las instituciones, que ya están en crisis, se perderán. Y, con ellas, una infraestructura por la que dos generaciones de agentes de la escena cultural española han luchado durante décadas. Y lo digo desde el optimismo de la ganas de pelear por ello. Desde la misma arena laboral”, dice Segade.

Paradigmático cambio

El mensaje es subversivo y compartido por una generación de comisarios jóvenes con ganas de hacer preguntas y con necesidad de obtener respuestas. Una generación que reclama un cambio en el arte, efectivo y afectivo. “Hay que dejarse de prejuicios y cambiar de mentalidad. Debemos ampliar la mirada y trabajar aplicando el sentido común y las cadenas de afecto. Son tiempos de trabajo en red, de crear colectivos alternativos, de buscar financiaciones privadas, de ensayar procesos y resultados, de establecer relaciones, de apoyarnos”, explica Tania Pardo. Conoce bien la institución tras seis años de trabajo en el MUSAC de León, como comisaria y responsable del Laboratorio 987, su paso por el CA2M con Sin heroísmos, por favor, o su actual ciclo de intervenciones en La Casa Encendida. También circula por la escena alternativa. Uno de sus últimos proyectos es un fanzine, Leo Pardo, y la sección Arte Infiltrado en el festival de tendencias urbanas Mulafest, que se inaugura la próxima semana. Desde el Instituto de Arte Contemporáneo (IAC) actualmente debate en una de las mesas de trabajo las nuevas salidas profesionales del comisario. “Deben plantearse de manera mucho más abierta y aprovechar las fisuras que están provocando estos tiempos. Es momento de pensar que el arte está en muchos más sitios de los que creíamos y reflexionar sobre la responsabilidad que, como comisarios, tenemos en la formación de nuevos públicos. Creo que está todo por hacer. Ésta es una profesión que ha emergido recientemente en España, -los primeros comisarios como tales en nuestro país se remontan a los 80-y es ahora cuando el comisario independiente puede generar proyectos que cubran muchas de las grietas que están surgiendo a partir del declive de la institución”, añade.

Uno de los proyectos más interesantes, que justo acaban de cumplir un año, es nowwwh, una plataforma online de proyectos artísticos dirigida por Javier R. Casado y Beatriz Alonso. Él no se define como comisario. Ella sí. De hecho, fue una de las ganadoras de la 8ª edición de Inéditos junto a Victoria Gil-Delgado, en 2009. En nowwwh están lejos de una plataforma curatorial aunque muchos proyectos estén comisariados. Su territorio es otro: el de la experimentación. “El futuro pasa, inevitablemente, por la adaptación. Lo más urgente es dar con modelos más sostenibles y respetuosos con todas las partes implicadas en el sistema profesional del arte”, explica Javier R. Casado. Y añade Beatriz: “Hoy es posible generar desde el comisariado otro tipo de proyectos además de los expositivos: editoriales, digitales, de relación y encuentro, etc. Comisariar se asienta principalmente sobre tres aspectos: la realidad y el contexto, la investigación teórica y lo afectivo. Es muy importante lo que se puede propiciar desde el análisis crítico y el conocimiento, pero también, y cada vez más, lo que surge de los encuentros con los demás”.

Hombre orquesta

El encuentro que tuvieron con la comisaria Direlia Lazo, ganadora también de uno de los proyectos de Inéditos en 2009, les llevó a déjà vu: un catálogo de obras de artistas llenos de puntos de contacto y parecidos razonables, con los que esta comisaria aborda la originalidad como criterio anticuado para valorar el arte contemporáneo. Analizando en qué momento está la profesión del comisario lanza una pregunta al debate que está en mente de muchos: “¿Nos llamamos comisarios sólo cuando organizamos una exposición? Aquí es donde veo necesario el replanteamiento: en qué nivel contribuimos como comisarios al discurso artístico más allá de funcionar como mediadores. Es peligrosa la confusión que hay sobre el rol del comisario, que se asuma que cualquiera puede comisariar una exposición. La falta de recursos ha incidido en esa idea del comisario como hombre orquesta, que lo hace todo en poco tiempo. Entonces comisariar se resume a organizar y esto es peligroso. Creo que las instituciones se están beneficiando de esta presunción y los comisarios estamos convocados a elevar la calidad de los proyectos y marcar esa diferencia a pesar de la insuficiente retribución económica que recibimos en la mayoría de los casos”, explica.

Que una parte del comisariado independiente está en crisis parece estar clara. El porqué también: “Seguramente por saturación, por el ritmo vertiginoso al que han debido desarrollarse los proyectos curatoriales -cada vez con menos tiempo, menos presupuesto, pero con la exigencia de innovar, sorprender y generar rentabilidad política- y porque en su evolución se ha basado en unas estrategias de funcionamiento centradas no tanto en la investigación real sino en la autorreferencialidad y su autopromoción”, explica Montse Badia. La comisaria y co-directora de A*Desk, una de las plataformas de crítica de arte que más ha reflexionado sobre este asunto, tiene claro el futuro: “El comisario debe reinventarse pero a partir del contenido y el rigor. Hay que olvidar la pose y centrarse más en los gestos. Durante un tiempo ha tendido a acercarse peligrosamente a las industrias culturales, a buscar estándares, cuando una de las contribuciones más importantes que el arte puede hacer a la sociedad se basan, precisamente, en su idiosincrasia, en la convicción de que el arte es una práctica que radica en la individualidad, en las obsesiones personales y en la posibilidad de generar conflictos o relaciones críticas con sus formas. De esta manera es capaz de generar un conocimiento que va más allá de parámetros standards e insiste en la diversidad y la diferencia. La redefinición pasa por intentar abrir formas de experimentación e interrogantes que hagan cuestionar los límites (del pensamiento, de las premisas y de las instituciones)”, añade.

¿Estrella fugaz?

Si en España es difícil ganarse la vida como comisario independiente, con cada vez menos encargos y menos honorarios por parte de museos y centros de arte, ¿cómo hacerlo fuera? ¿Desaparecerá el comisario internacional más allá del que se encarga de los grandes eventos? ¿Se acabó el poder del “comisario estrella”? Chus Martínez, una de las responsables de dOCUMENTA (13) y una de las comisarias españolas que más proyección internacional ha alcanzado en los últimos años, responde: “El término 'comisario estrella' es, de por sí, un poco confuso. La evolución de las instituciones y el volumen y la escala de los grandes eventos alrededor del arte en la última década, situaron a ciertas figuras en una posición de visibilidad sin precedentes. Hoy más que nunca el ‘comisariado internacional' es importante que no desaparezca. La necesidad de crear conexiones y vínculos, redes y estrategias, más allá de los círculos cercanos, parece más necesario que nunca para paliar las pragmáticas que genera una crisis que fomenta un pensamiento reaccionario, cómodo y nacionalista como una forma de corregir los ‘excesos'. Alejarse del trabajo distinto a lo propio no es la solución a la crisis, sino la expresión de la misma”.



Ayer se inauguró en La Casa Encendida de Madrid la 11ª edición de Inéditos, una de las convocatorias públicas para jóvenes comisarios que todavía sobreviven en nuestro país y que más sorpresas han dado en los últimos años. Un jurado compuesto por Alessio Antoniolli, director de Gasworks, Katya García-Antón, comisaria del pabellón de España en la Bienal de Venecia y la comisaria Carolina Grau, seleccionó los proyectos Hacer el fracaso, de Daniel Cerrejón, No me pongas los cuernos, de Sarah Alcalay y Marta Peleteiro y Paratáxis; cómo levantar un abismo, de Carlos Fernández-Pello. Poco representado con la etiqueta de comisario dice sentirse éste último. “Desde hace años vengo desarrollando la idea de una vía múltiple, borrosa e indefinida que quizás no necesite nombre”. También él lanza una pregunta al debate: ¿Qué pasaría si la solución no estuviera en la redefinición del comisariado sino en sujetos críticos transversales, insignificantes y multifacéticos?


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