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Miércoles, 23 de julio de 2014
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Arte  Pintura

Las claves de un pintor secreto

Luis Fernández, en su centenario

Centro de Arte Moderno. Ciudad de Oviedo. Pelayo s/n

José MARIN-MEDINA | 05/03/2000 |  Edición impresa


Naturaleza muerta, 1939-40. óleo sobre cartón pegado a tabla, 51 * 66. Colección Azcona

Siempre, pero sobre todo ahora, en esta completa exposición antológica que conmemora en su ciudad natal el centenario de su nacimiento, resulta inquietante y conmovedora la pintura de Luis Fernández (Oviedo, 1900 - París, 1973), uno de los artistas más importantes y secretos de la modernidad. Conmueve, de entrada, su asombroso afán de perfección en la realización técnica, exigencia que en esta retrospectiva se puede comprobar especialmente, al presentarse muchas obras acompañadas de sus bocetos, llenos de pormenorizadas anotaciones, así como también versiones diferentes de algunos de sus temas preferidos: en especial, la “rosa única”, el cráneo descarnado, las parejas de palomas y unas naturalezas muertas muy sencillas, centradas a veces en despojadas cabezas de res, y otras veces en un vaso de vino, acompañado de una rebanada de pan. También conmueven la precisión tan afilada del dibujo, el permanente empeño de esencialidad al definir las formas, el hermetismo de las figuras recortadas sobre sí mismas, la fría, sorda y elegante gama del colorido, la serenidad en la composición, subrayando ese particular efecto suyo de monumentalidad, que, en ocasiones, un linealismo arquitectónico refuerza. Y conmueve, con mucha fuerza, ese inequívoco componente personal que tiene un artista cuando es capaz no sólo ya de pintar dentro de la excelencia y con un lenguaje personal, sino aportando además un mundo propio.

La exposición presenta noventa pinturas y dibujos -un tercio de la escueta producción total del pintor- suficientemente representativos de los tres tiempos de su trayectoria. Las obras más antiguas son de entre 1926 y 1928, o sea, de los primeros tiempos del artista en París, donde se había instalado en noviembre de 1924. Atrás había quedado una infancia breve en Oviedo, pasando ya en 1908 a Madrid, a la muerte prematura de sus padres, y, dos años más tarde, a Murcia y a Barcelona, donde lo acogió definitivamente un tío suyo, de convivencia ingrata. Atrás, asimismo, habían quedado sus inicios de pintor en la Ciudad Condal, estudiando en la Escuela de Bellas Artes, mientras se ganaba la vida como tipógrafo, oficio en el que continuó trabajando cuando llegó a París. Nada, pues, parece conservarse de su obra juvenil barcelonesa.

Sin embargo, una vez en París, apoyado por el coleccionista Henri Laugier, Luis Fernández contactó muy pronto con Ozenfant y Le Corbusier, con quienes entró a formar parte del Movimiento Purista. El conjunto primero de aquellos trabajos -dentro de la abstracción geométrica o analítica-, está bien representado, sobresaliendo los óleos de pequeño formato Abstracción en longitud, del IVAM y la singular construcción vertical titulada Abstracción, que es una de las quince piezas prestadas por la Colección Telefónica (principal coleccionista de las obras de Luis Fernández). Sobriedad, línea mínima, concepto constructivo, nitidez en los planos de color y tendencia a la monocromía fueron sus registros.

La segunda etapa se corresponde con los años de la Guerra Civil española y de la II Guerra Mundial. A ella pertenecen dos conjuntos de trabajos diferenciados: de una parte, las obras surrealistas marcadas por una impronta más personal, significadas aquí en el Autorretrato, del Reina Sofía, y en el formidable Retrato del resistente, de la colección Menil; y, por otra parte, las obras surrealistas en que se impone un influjo claro de Picasso, con quien Luis Fernández intimó y trabajó en colaboraciones conocidas (el telón de teatro para 14 Juillet, de R. Rolland, 1936) y en otras no documentadas (como la que lo relaciona con la realización del Guernica). Fue un tiempo de pintura intensa de color y excesiva de expresión (Sueño del pescador, de la colección Masaveu), de temática violenta y sexual explícita (Pintura erótica, del Museo de Bellas Artes de Asturias). El pintor adoptó entonces un interés decisivo por la estructura del bodegón como modelo compositivo (Cabeza de res con manzana, Cabezas de cordero, 1940-1944).

El tercer tiempo fue el de su evolución hacia una figuración singular por su extremada pureza, dentro de un repertorio temático tan limitado como insistido: el de sus series de calaveras, rosas aisladas, composiciones de palomas y bodegones de citas místicas (él las llamó “eucarísticas”). Hasta ahora se había insistido en que estas series proseguían la tradición de las vanitas barrocas. Sin embargo, Luis Feás, comisario de esta exposición, propone una lectura diferente, interesante y apoyada en escritos del pintor: la de que estos bodegones responden a un delicado mundo simbólico, el de la masonería, a la que Luis Fernández perteneció desde su llegada a París.
En consecuencia, los cráneos mondos y las “rosas únicas” simbolizarían aquí el ciclo iniciático (la muerte corporal como preludio de una vida espiritual superior), mientras las palomas serían emblemas del Espíritu Santo, y los vasos de vino con pequeñas rebanadas de pan, señales de la comunión universal y del renacimiento místico. Sea como fuere, en estas íntimas, preciosas y variadas series, sutiles y herméticas, lo que se configura es el universo entero -pictórico y personal- del pintor. Un mundo rico y efectivamente poético, recorrido por los “anhelos” (Souhaites) que el propio Fernández nos legó manuscritos, deseando “construir como los egipcios y los cubistas”, con “la solidez, la pesantez y la energía feroz” de los caldeos, con la grandeza majestuosa de la arquitectura romana, con la expresión plástica de Picasso y con la grandiosidad de Miguel ángel, sin olvidar “la gravedad fúnebre, la calma, la simplicidad, la evidencia realista, la presencia sagrada de la pintura de Zurbarán”, ni “la luz restallante, sobrenatural”, de ciertos cuadros de El Greco.




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