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Arte  Instalaciones

Lidó Rico

Fernando Latorre. DR. Fourquet, 3. Madrid. Hasta el 11 de abril. De 3.000 a 21.600 euros

ABEL H. POZUELO | 18/03/2004 |  Edición impresa


Explorer 515-516, 2004

Las obras de Lidó Rico (1968) se han caracterizado por constituir encuentros entre realidades distintas y objetos iguales que se repiten y a veces amontonan, dando forma a piezas a mitad de camino entre lo escultórico y el resultado de una performance. A la vista de estas obras, como es ya costumbre organizadas a la manera de una instalación, vemos una continuidad de tales planteamientos así como de la ubicación de su obra en ciertas coordenadas barrocas: búsqueda del impacto visual mediante la simulación de movimiento y noción de la obra como escenografía drámatica. De nuevo se encuentran también muchas piezas que combinan objetos reales con moldes de cosas o del mismo cuerpo y rostro del propio artista en resina de poliéster: el piragöista de frente y de espaldas, con piragua (real) llena de cráneos; esa especie de columna vertebral hecha a modo de una escala de teléfonos bancos interrumpida por alguien armado con un punzón; el ladrón de Hurto... Entre este grupo de obras, que bien podrían estar constituyendo una divertida narración elíptica (con un crimen, el crimen kafkiano como elemento central), destaca el magnífico Testigo protegido, forma humana escondida tras un relieve geométrico de sugerencia suprematista. Es la más potente, quizá por ser la menos dramática y la más limitada, e indica otro camino posible. Al lado de estas obras, siempre sorprendentes y de factura impecable, sorprende una Suite Onírica de dibujos realizados sobre resina. En ellos Lidó Rico emplea una impresión de su huella dactilar como paisaje sobre el que desenvuelven delicadamente formas antropomórficas que evolucionan (niños jugando, equilibristas) misteriosa y suavemente en torno a una cuerda. Su simplicidad transparente, como un bálsamo no irónico, parece haber devuelto la calma a una intimidad más que física, perceptiva.



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