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Miércoles, 23 de julio de 2014
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Buceando en el palacio de Cleopatra

Arqueología submarina en Alejandría

El barrio de los palacios de Alejandría, sumergido a pocos metros de profundidad en el moderno puerto egipcio, continúa revelando sus secretos. Mediante avanzadas técnicas de exploración, los arqueólogos están ultimando el primer mapa de la capital del mundo antiguo, entre espectaculares hallazgos de piezas y edificios.


PABLO FRANCESCUTTI | 09/05/1999 |  Edición impresa


Esta historia tiene un comienzo de película. En 1994, la directora de cine egipcio Asma el-Bakri quiso filmar las columnas y esculturas que yacían bajo las aguas vecinas al fuerte de Qaitbay, en la costa de Alejandría. En el curso del rodaje observó que el flujo de sedimentos de la escollera de hormigón amenazaba con sepultar el lecho sembrado de ruinas. El escándalo público montado por la directora puso en marcha una investigación arqueológica oficial, a cargo del especialista Jean-Yves Empereur.
Desde entonces, y a consecuencia de dichas prospecciones, de esos fondos del Mediterráneo oriental viene emergiendo un cortejo incesante de esfinges, obeliscos, estatuas y columnas. Gradualmente, la ciudad sumergida comienza a salir a flote y su vieja gloria vuelve a ver la luz, recuerda Empereur en el último número de la revista “Archaeology”.
No se trata de cualquier yacimiento arqueológico. Fundada por Alejandro Magno en el año 332 A. C., Alejandría fue una de las grandes metrópolis de la Antigöedad, encrucijada de civilizaciones y morada de pensadores de la talla de Euclides y Estrabón; además, albergó dos de las grandes maravillas del mundo antiguo, la Biblioteca y el Faro. Emplazada en la desembocadura del Nilo, sirvió de escenario a dos grandes romances de la historia, los de la última reina egipcia, Cleopatra, y los caudillos romanos, Julio César y Marco Antonio.
De esa ciudad mítica es muy poco lo que permanece visible. El área más fastuosa y residencial, situada a las orillas de la Gran Bahía, la “tragaron” las aguas después de una serie de terremotos y olas gigantes. Amos Nur, geofísico de la Universidad de Stanford (EEU UU) estima que no menos de 23 seísmos devastaron la costa egipcia entre los años 320 y 1303 de nuestra era. La inestabilidad geológica se debería a la existencia de una falla submarina extendida de El Cairo a Sicilia.
Al visitante, la Alejandría actual, la segunda ciudad de Egipto con 4,5 millones de habitantes, le presenta la fisonomía de las ciudades modernas: congestiones de tráfico, contaminación, estrépito de claxones, apiñamiento de edificios. La Alejandría ensalzada por los antiguos se halla oculta bajo la superficie.
Oculta, pero no perdida. Basta con arañar un poco el suelo urbano para ver aflorar las ruinas. Así lo comprobaron las autoridades con ocasión de las obras de construcción del primer metro de la ciudad. A poco de comenzar los trabajos, las excavadoras tropezaron con un zócalo heteróclito de piezas helenísticas, romanas y cristianas. Cementerios, templos, baños y teatros, una red de cloacas y posiblemente la tumba de Alejandro y los cimientos de la célebre Biblioteca se hallan sepultados a pocos metros de profundidad.
Lógicamente, desenterrar todas esas joyas históricas supondría poner la ciudad patas arriba. Más factible se perfila la recuperación de los tesoros hundidos en el puerto desde que los sismos empujaron la línea costera hacia dentro, cubriendo el barrio de los palacios con una capa de agua turbia.
Ahora, después de un letargo de más de 16 siglos, la ciudad sumergida a pocos metros de distancia de la actual ribera marítima de Alejandría, vuelve a bullir de ajetreo. Dos equipos de arqueólogos vienen buceando por sus solitarias avenidas, cartografiando sus edificios y sacando de su tumba de sedimentos toda clase de piezas, diseminadas por el lecho a tan sólo seis metros de profundidad.

Un nuevo Indiana Jones
Uno de ellos es el equipo del francés Jean-Yves Empereur, fundador del Centro de Estudios Alejandrinos; el otro lo encabeza Frank Goddio, también galo, director del Instituto Europeo de Arqueología Marina de París.
Empereur llevaba más de 25 años practicando arqueología de pico y pala en el subsuelo de Alejandría, antes de incursionar en la Bahía. Goddio, en cambio, tiene el aire de un “Indiana Jones” de la arqueología submarina, conocido por haber localizado y recuperado el galeón español San Diego entre 1992 y 1994, entre otras diez embarcaciones naufragadas de valor histórico. Matemático-estadístico por formación, Goddio se graduó de arqueólogo en la vieja escuela autodidacta.
Después de miles de zambullidas, los buzos de ambos equipos no dejan de sorprender al mundo, rivalizando en los tesoros hallados. De forma parecida a lo ocurrido en Pompeya, lo repentino de la catástrofe impidió a los alejandrinos de antaño retirar sus pertenencias, que ahora tapizan el fondo marino.
Empereur ha descubierto una colosal estatua de un faraón, más de 25 esfinges, esculturas, cientos de columnas, lingotes de plomo y miles de bloques de construcción.
Quizás su hallazgo más sonado lo representen los restos del famoso Faro. Este edificio de más de 100 metros de altura figura entre las más elevadas construcciones de la historia hasta el alzamiento de la torre Eiffel. Severamente dañado por varios terremotos, hasta que en 1349 se desmoronó por completo. Uno de sus lados yace disperso en el lecho marino, en bloques de 75 toneladas de peso, según descubrió Empereur.
A pesar de que la ciudad pertenece a la época grecolatina, muchas columnas y fragmentos de obeliscos llevan el sello de faraones legendarios, como Ramsés II y Seti, de la época del Nuevo Imperio (s. XVI-XI AC).
La expedición de Goddio no le ha ido a la zaga; sus 35 integrantes han rescatado una rara estatua del Gran Sacerdote de Isis, dos esfinges, una de las cuales sería de Ptolomeo XII, el padre de Cleopatra; una cabeza de granito negro que probablemente represente al emperador romano Augusto; una estatua de tamaño natural de otro rey ptolomeico; madera de un espigón del siglo V AC; y restos de un barco de madera de 30 metros de largo naufragado hacia el 90 A.C., con su cargamento de cerámicas, joyas, aparejos y tiestos de vidrio.
Semejante mezcolanza de pe-
ríodos temporales se explica por la afición de los helénicos a colocar objetos de la época faraónica en sus templos con el fin de acercarse culturalmente al pueblo egipcio.
Ante la envergadura de los descubrimientos, cuesta creer que este filón haya permanecido intacto a través de los siglos, a reparo de los saqueadores de tumbas y demás expoliadores. El aparente misterio tiene su explicación: en primer lugar, las condiciones de la Bahía, donde los vertidos humanos y los procedentes del Nilo impiden ver bajo el agua a más de un metro. Este entorno desfavorable ha preservado a la zona de los buscadores de tesoros.

Riquezas en tierra firme
El otro factor que desvió la atención de los depredadores ha sido la extraordinaria riqueza enterrada en las tumbas del Valle de los Reyes.
Saqueadores y arqueólogos han tendido a seguir las mismas huellas; por eso las actividades de los equipos de submarinistas constituyen una novedad en la egiptología, tanto por el medio como por la época estudiada. “Con tantos yacimientos en tierra firme del período faraónico esperando ser excavados, los investigadores prestaron poca atención a los restos de la época Clásica”, explica Luis Manuel González, conservador del Museo Egipcio de Barcelona.
Las condiciones de búsqueda no son tan fáciles como parecen; las aguas residuales y la basura vertida en esa región costera obligan a los buzos a moverse en un mar de detritos de escas visibilidad.
Las pesquisas se han visto facilitadas por los avances en el instrumental de la arqueología submarina, compuesto por sonares y sistemas de localización por satélite adaptados al uso submarino; e incluso un magnetómetro de resonancia nuclear, un instrumento hasta ahora de exclusivo uso militar que mide ínfimas variaciones en los campos magnéticos del lecho del mar y permite a los buscadores detectar objetos enterrados.

Métodos discutidos
No todos los métodos se han distinguido por su delicadeza. El empleo por la gente de Goddio de una manguera de succión de diez pulgadas para quitar la arena depositada sobre los objetos ha suscitado fuertes reparos entre los arqueólogos más ortodoxos, que no ven con buenos ojos una práctica capaz de dañar piezas únicas.
Goddio argumenta que utiliza mangueras de distinto tamaño, adaptadas a la ocasión. “En las manos de nuestros diestros buzos, pueden utilizarse para despejar la arena de un trozo de papiro del tamaño de una uña sin tocarlo”.
Entre los dos equipos existe cierta rivalidad. Si bien ambos cuentan con los permisos preceptivos, el de Empereur es considerado el “oficial” por las autoridades y el mundo académico. Ese espíritu competitivo se ve reflejado en las declaraciones del heterodoxo Goddio poniendo en duda el hallazgo de los restos del Faro por su rival: “La localización está completamente equivocada”, ha dicho con contundencia.
En la línea de la arqueología más espectacular, de gran cobertura periodística, al estilo de la asociada a la apertura de la tumba de Tutankamón, Goddio se ha fijado por meta encontrar el fabuloso palacio de Cleopatra VII, supuestamente localizado en la isla real de Antirhodos.
En este terreno, Goddio parece llevar ventaja. Sus hombres han localizado adoquines antiguos junto con bloques de piedra caliza cubiertos con edificios, lo cual coincide con las descripciones de la época.
“Desde la conquista de Egipto por Napoleón se han trazado más de 30 mapas de la Alejandría ptolomeica y romana, sobre todo de la bahía, ninguno de ellos exacto”, apunta Goddio, quien asegura haber elaborado el mapa más completo de esos fondos, de un kilómetro por un kilómetro, con la posición de más de 1.000 artefactos y elementos arquitectónicos, entre ellos el Puerto Real de Cabo Loquías y el santuario de Poseidón, en la península donde Marco Antonio tenía su palacio, el Timonium, el escenario de su suicidio en el año 30 A.C. Las tumbas de Cleopatra y Antonio se localizarían en otro punto de la Bahía.
Goddio expresa la convicción de encontrarse en la senda correcta. La calidad de los materiales identificados constituye un indicio: “estamos encontrando bloques de calcita, basalto, mármol, granito rojo, materiales de gran valor usados en construcciones de lujo”, señala.
Las autoridades egipcias han tomado el anuncio del hallazgo con precaución, y han señalado la necesidad de nuevas excavaciones a fin de confirmar su autenticidad.

Mercadotecnia arqueológica
La parafernalia mediática y publicitaria montada por Goddio y, en menor medida, por Empereur, no le parece reprochable al conservador del Museo Egipcio de Barcelona. “La arqueología necesita seguir llamando la atención de los medios para conseguir financiación”, señala González.
En ese sentido, el objetivo de sensibilizar a la opinión pública y las autoridades ha dado frutos tangibles. Las autoridades egipcias se han comprometido a prohibir el vertido de basura en la bahía, para facilitar los trabajos de buceo. Además, han dispuesto la creación de un nuevo Departamento de Arqueología Submarina, una disciplina hasta ahora inexistente en Egipto.
“Este es el primero paso en un proyecto muy largo. Ya hemos hecho la base y confiamos en seguir trabajando en él por un largo período de años”, ha manifestado Goddio, que alternará la búsqueda del palacio de Cleopatra con prospecciones de los pecios de la flota de Napoleón, naufragados en el combate con los ingleses de Nelson en la batalla de Aboukir, en 1798.
Si la suerte le sonríe, cualquier día de estos anunciará al mundo el hallazgo de los aposentos de Cleopatra. De ocurrir esa posibilidad, nos enteraremos a través de la televisión, ya que la cadena estadounidense “Discovery” se ha asegurado los derechos de trasmisión mediante el patrocinio de las exploraciones.




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