publicidad
El Cultural
Lunes, 21 de abril de 2014
El Cultural
  Búsqueda avanzada
Ciencia  

Efecto Mozart

Las neuronas del genio

El llamado ‘Efecto Mozart’ sigue debatiéndose en el mundo científico. ¿Es posible atenuar los efectos de enfermedades como el Alzheimer a través de audiciones de la música del genio salzburgués? ¿Puede demostrarse que desarrolla la inteligencia en los niños? El profesor Manuel Martín-Loeches, del Centro Mixto UCM-ISCIII de Evolución y Comportamiento Humanos, analiza para El Cultural sus características.


 | 26/01/2006 |  Edición impresa


En 1993, tres investigadores del Centro de Neurobiología del Aprendizaje y la Memoria de la Universidad de California en Irvine publicaron un artículo en la prestigiosa revista ‘Nature’. El artículo se titulaba Música y ejecución en tareas espaciales y, a pesar de que ocupaba menos de una página, supuso el comienzo de todo un fenómeno científico y social sin precedentes.

Los investigadores expusieron a sus sujetos de experimentación a tres condiciones distintas. Un grupo escuchó durante diez minutos la Sonata para Dos Pianos en D Mayor (K448) de Mozart. Otro grupo escuchó una grabación con instrucciones para relajarse, también durante diez minutos. El tercer grupo se mantuvo, durante el mismo tiempo, en situación de absoluto silencio. Inmediatamente después de cada una de estas tres condiciones, los sujetos debían realizar tareas que medían su inteligencia espacial. Los resultados fueron sorprendentes. Aquellos sujetos que habían sido expuestos a la sonata de Mozart obtenían puntuaciones ostensiblemente mejores en las pruebas de inteligencia espacial que los otros dos grupos. Los efectos eran sólo temporales, ya que más allá de unos 10 a 15 minutos, los tres grupos no diferían entre sí. Pero la conclusión era muy evidente: escuchar a Mozart es beneficioso para nuestro rendimiento intelectual, particularmente en tareas de razonamiento espacial. El ‘efecto Mozart’ había nacido para la Ciencia.

Ante la epilepsia y el Alzheimer
A aquel estudio le siguieron muchos otros. Con gran asombro, se fue descubriendo que sujetos con epilepsia severa presentaban menor cantidad de descargas epilépticas tras escuchar unos minutos a Mozart, o que pacientes con enfermedad de Alzheimer veían mejorar su ejecución en tareas de inteligencia espacial. Otro descubrimiento fue que niños con edades entre los 3 y los 12 años mejoraban enormemente su capacidad de razonamiento espacial si recibían clases de música, sobre todo si el material didáctico incluía de forma preferentemente piezas de Mozart. A medida que se acumulaban gran cantidad de datos, se iban conociendo cada vez más las virtudes de escuchar a Mozart. Pero también se iban conociendo mejor sus limitaciones. Así, se fue constatando que los beneficios se limitaban casi exclusivamente a tareas de razonamiento espacial. Dentro de éstas, la que mejores resultados daba sistemáticamente era una tarea extraída de la Escala de Inteligencia de Stanford Binet que consistía en decidir, de entre varias opciones, cómo quedaría un papel si tras haber sido doblado en varias partes y sometido a una serie de cortes se volviera a desdoblar. Los efectos de la música de Mozart sobre tareas de otro tipo, como tareas de memoria, atención o fluidez verbal, resultaban prácticamente nulos. Además, era cada vez más evidente que los efectos sólo eran temporales, ya que no duraban más allá de unos minutos. Sólo en el caso de los niños que recibían clases de música se podía hablar de efectos algo más duraderos, pero en todo caso las diferencias con niños que no recibían este tipo de educación se limitaban a los primeros días.

También se fueron definiendo cuáles eran las características que hacían de la música de Mozart ideal para conseguir estos efectos. Tras comprobar que otros tipos de música, incluidas la “pop” de los años 30 o la música de relajación, no tenían efectos, se llegó a la conclusión de que las composiciones debían tener un alto grado de “periodicidad a largo plazo” para ser efectivas. Dicho de otro modo, las secuencias musicales debían ser lo suficientemente largas y complejas como para que su repetición se produjera pasado un mínimo tiempo, de unos 20 ó 30 segundos. Composiciones muy repetitivas y monótonas no provocaban efecto Mozart.

Igualmente surgieron explicaciones fisiológicas del fenómeno. La primera propuesta fue la similitud entre la música de Mozart y la actividad neuronal en cuanto a frecuencias de activación y sus cambios espacio-temporales. Pronto empezó a surgir otra alternativa, quizá complementaria de la primera, según la cual la música de Mozart es capaz de activar áreas del cerebro que otros tipos de música no pueden activar. Esto se comprobó en un experimento en el que se constató que, mientras diversos tipos de composiciones musicales activaban la corteza cerebral auditiva y otras áreas del cerebro relacionadas con las emociones, la música de Mozart fue la única que no sólo activaba esas mismas áreas, sino también otras como las implicadas en la coordinación motora o la visión. Para decepción de los amantes de Beethoven, la obra Para Elisa también se incluyó en el experimento.

Expresión de genes
El ‘efecto Mozart’ también se demostró en ratas. Si se expone a estos animales a la música de Mozart incluso desde antes del nacimiento, mientras aún están en el útero materno, y se continua estimulándolas hasta la edad de 60 días, luego son más rápidas a la hora de aprender cómo moverse por un laberinto. Una vez más, la tarea es espacial. Pero lo más significativo fue, sin embargo, que las ratas que habían escuchado a Mozart presentaban en sus cerebros un aumento de la expresión de determinados genes imprescindibles para el desarrollo neuronal y que se ponen en juego de manera importante durante procesos de aprendizaje y memoria.

Cambios cognitivos
Pero, a la par que se iban produciendo este tipo de descubrimientos, la mayoría de ellos de la mano de los mismos investigadores que habían publicado el artículo de 1993, iban apareciendo otros trabajos cuya principal conclusión era que el ‘efecto Mozart’ no existía. Algunos estudios no fueron capaces de replicar ni tan siquiera el experimento original de 1993, y comenzaron a surgir críticos y escépticos del ‘efecto Mozart’.

Se empezó a decir, por ejemplo, que el efecto era consecuencia de los cambios de humor que provoca la música. Escuchar a Mozart induciría un estado de ánimo positivo en algunos sujetos, y se sabe desde hace tiempo que en ese estado se trabaja y se rinde mucho mejor. Por eso, si esta situación emocional no se consigue en algunos sujetos, el efecto Mozart no aparece. No obstante, este tipo de explicaciones eran difíciles de aplicar a los estudios hechos con ratas. Pero la mente de los científicos es siempre muy despierta, sobre todo a la hora de sacar defectos al trabajo de otros colegas. Por eso no se tardó en proponer que el efecto Mozart en ratas se parece mucho al encontrado en experimentos en los que a dichos animales se les permite tener gran cantidad de actividad durante su desarrollo, mediante columpios, norias y otro tipo de juguetes. Es ya un clásico que estos “ambientes enriquecidos” provocan cambios cognitivos y cerebrales parecidos al efecto Mozart.

El estado actual de la cuestión, desde el punto de vista científico, es parecido a lo que ocurre con los efectos de los campos magnéticos sobre la salud: hay estudios a favor y estudios en contra de ‘efecto Mozart’, y tanto la presencia como la ausencia de efectos se pueden deber a numerosos factores, aún por determinar. Pero, en paralelo a esta historia científica, surgió otra de carácter más pintoresco.

Desde los años 50 del pasado siglo, el francés Alfred Tomatis había notado efectos beneficiosos de la música de Mozart en el tratamiento de niños con todo tipo de problemas, especialmente de aprendizaje. En 1991 publicó el libro Pourquoi Mozart?, pero sus trabajos carecían de rigor como para ser tomados en serio. Cuando el trabajo de 1993 en Nature pareció respaldar científicamente las ideas de Tomatis, Don Campbell, conocedor de esos trabajos, decidió registrar la marca The Mozart Effect ® y publicar un best-seller en el que clamaba a los cuatro vientos las infinitas bondades de escuchar a Mozart. éstas ya no se limitarían a tareas de razonamiento espacial y sólo durante unos minutos. Todo lo contrario.

Dudas empíricas
El efecto Mozart era duradero y mejoraba la vida en todos los sentidos: hacía a las personas más inteligentes, más sanas, más jóvenes. En niños, el efecto era aún más espectacular. Y así, el boom se desató en todo el mundo. Especialmente en EEUU, donde incluso los programas electorales de algunos políticos contemplaban la compra de CDs de Mozart para todas las guarderías y centros educativos, y hasta en algunos estados como Florida se hizo obligatorio que los niños más pequeños escucharan música clásica cada día en las escuelas públicas. Sería estupendo que el Efecto Mozart fuera cierto en el sentido que le dio Campbell. Lo malo es que no existen estudios científicos que respalden tan suntuosas afirmaciones. En cualquier caso, escuchar a Mozart no puede hacer mal a nadie.

Manuel MARTíN-LOECHES




Imprimir Enviar a un amigo Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir en Meneame



publicidad

Esta semana en CIENCIA
Misión Maven, clima y vida en los poros de Marte - La sonda se encuentran en plena trayectoria hacia el Planeta Rojo
publicidad

Macondo

Concurso de micropoemas conducido
por Joaquín Pérez Azaústre
y patrocinado por Ámbito Cultural

publicidad

publicidad

publicidad