Edición impresa |
CIENCIA
De la materia a la vida
Análisis de 2008: Ciencia
José Manuel SÁNCHEZ RON | Publicado el 31/12/2008
Vida. Esta es la gran palabra que ha marcado 2008. Para el académico y catedrático de Historia de la Ciencia de la UAM José Manuel Sánchez Ron lo mejor ha resultado de los trabajos realizados por Craig Venter.
La ciencia es como un gigantesco y multidimensional rompecabezas, en el que es cada vez más difícil -salvo para el especialista en una determinada, y reducida, parcela- identificar las piezas aisladas, entender qué significan e insertarlas en algo así como una visión del mundo, por muy primitiva que ésta sea. Debido a esa especialización superlativa, no sería extraño que a la hora de seleccionar los avances científicos más destacados de un año fuese complicado presentarlos en una publicación destinada a un público general. No es así, afortunadamente, con el año -en este sentido de gracia- que ahora acaba, porque entre los hitos científicos que se han producido en él se encuentran algunos cuyo significado para esa visión del mundo a la que me acabo de referir es fácil de entender. Y lo es porque entre los pilares básicos de cualquier cosmovisión hay dos que no pueden faltar: los elementos últimos de que está compuesto todo lo que hay en el universo, y la vida, que aunque tal vez no sea sino un raro suceso que se da en algunos lugares del cosmos, para nosotros es particularmente valorada.
La física de altas energías (antaño llamada de partículas elementales), la que se ocupa de averiguar de qué está hecha la materia, fue una de las ramas de la ciencia más importantes del siglo XX. Prototipo de Big Science (Gran Ciencia), obtuvo durante medio siglo los cuantiosos recursos que necesitaba para construir aceleradores cada vez más grandes y potentes. La inversión resultó rentable por los resultados obtenidos, que nos han enseñado mucho -no podíamos imaginar cuánto- sobre la estructura de la materia. Pero llegó un momento en el que esa gigantesca física comenzó a experimentar dificultades; un momento significativo fue cuando en 1993 el Congreso de Estados Unidos negó la financiación para la construcción de un gran acelerador que tendría una circunferencia de cerca de noventa kilómetros de longitud. A través del CERN, Europa llegó al rescate de esa física y hace un par de meses se anunció a bombo y platillo (los esfuerzos del laboratorio de Ginebra por obtener rentabilidad publicitaria han sido evidentes... y significativos) la entrada en funcionamiento del LHC (Large Hadron Collider), un acelerador que puede alcanzar energías en las que, si existe (y es ciertamente vital saberlo), se debería detectar el denominado bosón de Higgs. Es, pues, una buena noticia para la ciencia fundamental, aunque empañada por el problema técnico que enseguida surgió y que está demorando la puesta en marcha de esta máquina.
El LHC nos dirá mucho sobre las entrañas de la materia, pero no necesitamos ese conocimiento para buscar agregados de materia interesantes. Y el universo esconde aún muchas sorpresas. Es cierto que este año no se han encontrado objetos tan sorprendentes como en el pasado fueron, por ejemplo, los cuásares o los púlsares, o superagujeros negros localizados en centros de galaxias, pero sí que se ha avanzado en un apartado que nos interesa especialmente: el de planetas extrasolares. Cada vez es mayor el número de ellos detectado (el primero lo fue en 1992), pero ahora, y gracias al telescopio espacial Hubble (cuya jubilación la NASA nos anuncia una y otra vez), se ha detectado directamente -esto es, no deduciendo su existencia a partir del movimiento de la estrella en torno a la que orbita- uno nuevo, Fomalhaut b, del que nos separan 25 años-luz. Me encanta la idea de un universo pleno de sistemas solares similares al nuestro, con planetas en los que acaso haya surgido vida.
Vida, la gran (para nosotros) palabra. Pues bien, en este apartado 2008 ha sido testigo de un gran acontecimiento, para mí el más importante: la construcción, a cargo del equipo dirigido por Craig Venter, de un genoma bacteriano a partir de elementos químicos. Ya sé que el genoma de la bacteria en cuestión, el Mycoplasma genitalium, es extremadamente simple, pero ¡se ha creado vida a partir de elementos químicos, de materia inanimada! Los libros de texto del futuro seguramente recordarán este momento, que abre con rotundidad algo que ya esperábamos: la construcción de vida a la carta!. Las implicaciones tecnológicas, comerciales y, en última instancia, sociales son casi inimaginables (como ya lleva tiempo sucediendo, la ciencia supera a la ciencia-ficción).
Hasta aquí lo que más aprecio de la ciencia de 2008; de la ciencia universal, pero escribiendo como lo estoy haciendo desde un país, España, concreto, que pugna por eliminar sus carencias científicas para así incorporarse, o acercarse, al pelotón de cabeza de la ciencia internacional, es inevitable preguntarse si el año que ahora acaba nos ha permitido avanzar en este sentido. Se creó un nuevo ministerio, el de Ciencia e Innovación, para facilitar tal fin, poniendo a su cabeza a una mujer -Cristina Garmendia- con buena formación científica y empresarial. Se anunciaron importantes novedades y dispendios, pero ha llegado la crisis y no está claro lo segundo, ni las novedades han sido hasta el momento tantas. Lo último que escucho es que se quiere transformar al CSIC para que se incorporen a él otros organismos públicos de investigación, convirtiéndolo en una superagencia, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y Tecnológicas. En otras palabras, parece que continuamos discutiendo si no las mismas cosas, casi. Como si el tiempo no pasara.