Edición impresa | CINE
Sergi SÁNCHEZ | Publicado el 19/05/2005
Tirarse al vacío sin paracaídas debe ser lo mismo que empezar desde cero: un ansia de muerte y un anhelo de renacimiento. Era evidente que Gus Van Sant quería deshacerse de una mochila llena de piedras (y dólares) que empezaba a resultar demasiado pesada. Desde su remake de Psicosis, que podía entenderse como una broma conceptual o como un ejercicio de estilo con ganas de provocar, el director de Drugstore Cowboy nos estaba explicando, a su manera irónicamente oblicua, que quería desaparecer. Lo hizo, y resucitó, anticipando la violenta belleza de Elephant, con este Gerry que es a la vez un borrador y una depuración extrema y minimalista de la que iba a convertirse en su doble Palma de Oro. No es Gerry una película fácil porque exige del espectador un nivel de participación solidario y entregado. Como el Sleep o el Empire de Andy Warhol (o el Wavelenght de Michael Snow), Van Sant propone un cine de no-acción donde las coordenadas de espacio y tiempo se reúnen en un punto de fuga que desconocemos. Es, no obstante, una no-acción circularmente dinámica que se materializa en un western abstracto, un cruce entre el paisajismo existencial de John Ford o Anthony Mann y el cruel teatro del absurdo de Beckett.









Matt Damon y Casey Affleck en Gerry, de Gus Van Sant