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Jueves, 21 de agosto de 2014
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Gramática de la vanguardia

El viernes comienza la XI Semana de Cine Experimental de Madrid

A partir del viernes, el Círculo de Bellas Artes acogerá la 11 Semana de Cine Experimental de Madrid. Será una cita imprescindible para los rastreadores de joyas cinematográficas, que este año podrán disfrutar de arriesgadas e insólitas propuestas provenientes de 18 países. A los largometrajes inéditos y cortometrajes internacionales de la Sección Oficial, se suman varios ciclos temáticos sobre las cinematografías actuales de Alemania y Turquía


SERGI SÁNCHEZ | 14/11/2001 |  Edición impresa


A qué se llama hoy en día “cine experimental”? En la introducción a Underground Film: A Critical History (Da Capo), impecable ensayo firmado por Parker Tyler, el crítico de “The Village Voice”, J. Hoberman da una definición amplia y bellísima: “Son las películas que surgen de la erupción de las líbidos individuales y discurren debajo de la superficie de la conciencia pública, espectáculos clandestinos producidos para su exhibición en metros o refugios antiaéreos, experiencias compartidas por una subcultura desafiante, películas que deberían ser sujetas a arresto policial; un cine que es antiburgués, antipatriótico, antirreligioso y antiHollywood”. Es decir, hoy en día el cine experimental no existe. Dando un repaso a la programación de la 11ª edición de la Semana de Cine Experimental de Madrid, vemos en qué consiste la propuesta: en ofrecernos la oportunidad de conocer cinematografías inexploradas, en reivindicar cineastas extraños y desconocidos; en descubrirnos, en fin, la cara oculta del cine contemporáneo.

Lejos del canon

Lo que resulta muy interesante, pero está lejos de la definición canónica de “experimental”. Y no es culpa de nadie que lo subterráneo no esté de moda: incluso en sus manifestaciones más marginales y alternativas -véase la iniciativa de “La enana marrón”, local madrileño que proyecta cine secreto e inédito-, el cine ha perdido su capacidad movilizadora.

El cine experimental, que nació en el contexto de las vanguardias estéticas de los años veinte y treinta, tomó carta de naturaleza en los cuarenta en Estados Unidos, cuando una generación de cineastas intensamente influidos por el Surrealismo, el psicoanálisis y la poesía simbolista cogieron sus cámaras y, animados por su juvenil amateurismo, empezaron a producir películas-poema, más cercanas a la digresión artística que a la narración fílmica. Parker Tyler databa el nacimiento del cine underground en el impresionismo pop de La Folie du docteur Tube, en el expresionismo pop de El gabinete del doctor Caligari, en el dadaísmo de Entr"acte, en el surrealismo desquiciado de Un perro andaluz y La edad de oro. Gente como Maya Deren, Sidney Peterson y James Broughton, acompañados de sus discípulos Kenneth Anger, Stan Brakhage, Gregory Markopoulos, Curtis Harrington y Charles Boultenhouse, allanaron el terreno para que la gente de la Warhol Factory tomara las riendas y rompiera un cierto pacto de clandestinidad. En lo prohibido, en lo transgresor estaba lo experimental. El crimen y la locura eran las fuentes de la inspiración poética, según Antonin Artaud. Crimen y locura que, junto a su componente político, han desaparecido de la experimentación cinematográfica. La estética le ha ganado el pulso al contenido.

Fue durante los años sesenta cuando el cine experimental encontró su gloria y su decadencia. En 1959, el crítico de “The Village Voice” y editor de la revista “Film Culture”, Jonas Mekas, escribía una declaración de guerra contra la gramática convencional del cine comercial y el sistema que lo sustentaba. En el Cinema 16 y el The Charles, la intelligentsia neoyorquina podía disfrutar de ciclos de películas mudas, cine europeo sin subtítulos, rarezas prohibidas por la censura norteamericana, extrañas joyas de la serie B y, ocasionalmente, estrenos de películas secretas y anarrativas, realizadas al margen de la industria. Allí pudieron verse, entre otras, Flaming Creatures, de Jack Smith, tal vez el filme underground más célebre de esa época; los trabajos filogays de Kenneth Anger, Fireworks y Scorpio Rising; y épicas marginales -The Flower Thief y The Queen of Sheba Meets the Atom Man- filmadas por Ron Rice y protagonizadas por Taylor Mead. La provocación, formal y de fondo, era la brújula de esta banda de cineastas de guerrilla, que se enfrentaron más de una vez con el secuestro policial y la incomprensión de ciertos sectores de la prensa.

Sentencia de muerte


Toda vez que convertía el cine experimental en un fenómeno cultural a pequeña escala, Andy Warhol también se ocuparía de finiquitarlo. El éxito de The Chelsea Girls, que fue exhibida en sesiones de medianoche a lo largo y ancho de los Estados Unidos y reclamada por el Festival de Cannes, firmó la sentencia de muerte de la edad de oro del cine experimental. Los ensayos fílmicos que Warhol firmó durante los sesenta, a medio camino entre el minimalismo severo y el cinema verité irónico (Sleep, Empire, Screen Test), habían construido una imagen cool, rabiosamente moderna y coyuntural, del cine underground. En su voluntad expresa de luchar contra el sistema, Warhol estaba ideando otra manera de integrarse en él, de convertirse en una moda que le pudiera dar fama aunque sólo fuera por quince minutos. Tyler calificaba al cine de Warhol como un significativo anticlímax para los movimientos de vanguardia. En cierto modo, el cine experimental había creado su propio virus, y estaba condenado a morir desde dentro. Su futuro en la era post-contracultural era tan incierto como el destino de todos los cineastas que habían crecido en su seno.

¿Dónde está el verdadero cine experimental hoy en día? Más allá de los aislados y rompedores hallazgos formales de Moulin Rouge o Réquiem por un sueño, el cine experimental es sinónimo de Internet. Los franceses han detectado dónde está el futuro. En VJ Culture, un artículo publicado recientemente en la revista “Cahiers du Cinéma”, Sylvain Coumoul hablaba del concepto del Video Jockey comparándolo con el Disc Jockey musical. La mezcla de imágenes en discotecas tecno, con frecuencia integradas en páginas web, proponen una nueva disciplina artística, que no casualmente tiene mucho que ver con las películas de Baz Luhrmann y Darren Aronofsky que hemos citado anteriormente. Páginas como www.machinemolle.com o www.emovie.org concentran propuestas visuales, a menudo interactivas, en muchas ocasiones en formato bucle (ensayando estructuras circulares, que combinan ralentís y acelerados, tiempos proyectados hacia el infinito y retraídos hasta el grado cero de su significado), a las que el espectador- internauta puede acceder libremente.

Si el cine experimental es una cuestión política, qué mejor que este cine de consumo democrático para demostrarnos que la revolución, afortunadamente, aún está por llegar. Sobre todo si sus imágenes comunican un estado de apocalipsis que, en efecto, tiene mucho de mensaje de alerta: sin ir más lejos, las imágenes de los atentados a las Torres Gemelas del pasado 11 de septiembre, repetidas una y otra vez, con distintas cadencias y desde diferentes perspectivas, en todas las cadenas de televisión, eran la mejor película experimental que la realidad podía regalarnos. Esto es, un brevísimo cortometraje sin argumento que ponía a prueba nuestros mecanismos emocionales, nuestra reacción a una “construcción” real que parecía fruto de un perverso artificio ideológico. Lo que J. Hoberman llamaría puro cine experimental para degustar en los sótanos de la conciencia capitalista.

Imágenes ineludibles

La decimoprimera edición de la Semana de Cine Experimental de Madrid propone varias citas ineludibles: una mirada al cine turco contemporáneo, completamente desconocido en estos lares (deberíamos remitirnos al breve éxito de Yilmaz Guney a principios de los ochenta para recordar una película turca estrenada en salas comerciales en nuestro país); una retrospectiva de cine húngaro moderno, con 22 títulos; un ciclo dedicado a Michael Brynntrup, uno de los más radicales representantes del nuevo cine alemán; un ciclo de cineastas españolas en la década de los noventa, que incluye películas como Sexo oral, Hola, ¿estás sola?, Boom, boom o Cosas que nunca te dije; una muestra de cine mexicano, y de trabajos publicitarios dirigidos por reputados realizadores españoles. Si a todo ello añadimos que el festival se inaugura y clausura con sendas producciones españolas que están sufriendo lo suyo para llegar al público convencional -Nómadas, de Gonzalo López-Gallego, y El Factor Pilgrim, de Santi Amodeo y Alberto Rodríguez-, no podemos negar que la Semana puede llegar a cumplir con éxito su función: no tanto abrir un hueco para el mal llamado cine experimental sino darnos la oportunidad de descubrir un tipo de cine que la distribución española almacena en el limbo de los justos.


Semana de Cine Experimental en Madrid
Del 16 al 23 de noviembre de 2001
www.septima-ars.com


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