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CINE
Padre nuestro
Director: Christopher Zalla
Estados Unidos, 2007. Intérpretes: Jesús Ochoa, Armando Hernández, Jorge Adrián Espíndola. Guión: Christpher Zalla. Duración: 110 mins.
Alejandro G. CALVO | Publicado el 04/10/2007
Padre nuestro comienza y finaliza mostrándonos a Pedro corriendo, intentando escapar de sus perseguidores, al inicio son unos mexicanos de aspecto siniestro, al final es la policía neoyorquina. Se nos cuenta entre líneas que ésta es una huida continua, un viaje a ninguna parte en busca de una felicidad que se muestra imposible. Pedro es un ser despreciable, capaz de engañar, robar y hasta asesinar con tal de conseguir sus propósitos. Cuando su personaje colisiona con el de Juan -un infeliz bondadoso en busca de su padre- en un camión de inmigrantes ilegales con destino a Nueva York la tragedia empieza a mascarse. Lo que entonces debería ser una historia más sobre las calamidades de los inmigrantes ilegales en sus países de destino, como en Pan y rosas (2000, Ken Loach) o María llena eres de gracia (2004, Joshua Marston), se transforma en algo mucho más rico (y siniestro): Pedro roba a Juan y decide intercambiar sus personalidades para así robar al confundido padre, un lavaplatos que malvive en un cuartucho de Brooklyn escondiendo todo el dinero que gana.
El filme va mutando a medida que avanza; las historias cruzadas parecen no encontrarse nunca (o lo hacen de forma errónea) y las vías de escape se van reduciendo hasta asfixiar a todos los personajes. El mayor acierto del debutante Christopher Zalla consiste en convertir el escenario en un laberinto hiperrealista, las calles (oscuras, angostas, sucias, tétricas) de Brooklyn toman cuerpo de un tóxico inframundo donde nadie conoce a nadie, pese a estar unos y otros moviéndose continuamente en paralelo. La dureza de la nueva vida acaba invirtiendo los papeles: Pedro se comporta como el verdadero hijo, Juan se comporta con vileza cuando la situación es insostenible. Padre nuestro trata de explicar que la gente sin dinero son algo parecido a fantasmas, nadie los ve, nadie los reconoce; aunque quizás lo que esté contando es que el ser humano se adapta a cualquier situación, que no existe tanta diferencia entre un ser inocente y un asesino. Sin embargo a medida que avanza la película la confusión de los personajes se transmite al texto: la historia social de tintes trágicos a lo Dardenne se transforma en una fábula de terror psicológico -hasta podría parecer un flash-back de la serie de televisión Perdidos- donde la única moraleja posible es que si has de golpear, hazlo el primero y lo más fuerte posible. Zalla acierta cuando decide distanciarse de los personajes. No existe ningún juicio moral en su mirada, sólo un retrato de la desesperación, un viaje inquietante y tembloroso acompañando a unos desgraciados protagonistas. Es en esta mirada cuando se supera la anécdota argumental, entonces queda claro que da igual cuanto se huya, no hay salida posible. Ni fácil, ni difícil, simplemente no existe. La inocencia parece no haber existido nunca, nadie es libre de culpa, todas las figuras de la representación -incluso las más breves- resultan mezquinas, sólo se diferencian por su diferente grado de fragilidad.
Padre nuestro acaba funcionando por pura desesperación. Era básico trascender el carácter social -y político-, el drama familiar, y hasta la ingenua historia de amor, para poder asentar lo terrorífico de la propuesta: el eterno viaje circular de los que, literalmente, no tienen ni donde caerse muertos. Puede que al final de la película Pedro haya conseguido su objetivo, pero sólo ha conseguido añadir más miseria a su vida, y así lo vemos por última vez: corriendo angustiado sin saber hacia dónde se dirige.