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Hou Hsiao-hsien. El vuelo del cine asiático

El director taiwanés vuelve a unir Francia con Asia

  • ( 17/04/2009 )
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Los lazos entre las cinematografías asiáticas y francesa se estrechan. Hou Hsiao-hsien estrena El vuelo del globo rojo, aproximación poética al mundo de la infancia en la que el minismalismo y los principios del cine galo se dan de la mano. Tsai Ming Lian o Olivier Assayas van a la zaga.

En el célebre artículo que Jacques Rivette dedicó a Kenji Mizoguchi hace cuarenta años en las páginas de Cahiers du cinéma, el director francés defendía la puesta en escena como verdadero lenguaje universal, indiferente a las fronteras idiomáticas y culturales. La puesta en escena es, efectivamente, lo que permite hoy al portugués Pedro Costa ver las películas de Yasujro Ozu sin subtítulos y entenderlas, a Olivier Assayas trabajar indistintamente en Hong Kong o en París, o a Hou Hsiao-hsien y Nobuhiro Suwa rodar con actores galos sin hablar una palabra de francés. Los ecos asiáticos en París o las resonancias parisinas en Asia encuentran en El viaje del globo rojo del taiwanés Hou Hsiao-hsien su penúltimo episodio, además de un perfecto paradigma desde el que poder trazar los caminos de ida y vuelta que han tejido una provechosa red de influencias en el cine de los últimos años.
Se ha convertido en un cliché decir que una película flota. También es un lugar común de la crítica cinematográfica citar a André Bazin. Pero en el caso de El vuelo del globo rojo -película inspirada en El globo rojo (1956) de Albert Lamorisse-, se hace especialmente difícil no recurrir a ellos. Por un lado, pocas experiencias frente a la pantalla grande nos transmiten la percepción vaporosa de estar navegando por la espuma de los días, en este caso por el devenir cotidiano de una madre soltera y su hijo. En el bullicioso apartamento donde viven Suzanne (Juliette Binoche) y Simon, entran y salen constantemente personas de toda índole, desde un afinador de pianos a un vecino moroso, y al otro lado de la ventana, quizá sólo visible a ojos del niño, vuela un globo rojo como si fuera la conciencia del tiempo. La dinámica de su vuelo se apropia de los movimientos etéreos de la cámara, de modo que Hou Hsiao-hsien nos propone sobrevolar con serenidad estas escenas cotidianas, habitarlas discretamente en su tiempo real, hacernos así sentir el flujo de la vida para transmitir con profunda melancolía la muerte de la infancia. En un claro gesto por inocular un rasgo distintivo de su cultura natal en su experiencia europea, el autor de El maestro de marionetas no sólo conjuga el papel de Binoche con un tradicional espectáculo de títeres chino, sino que en la piel de la niñera de Simon incorpora a la estudiante de cine Song Fang como un trasunto de sí mismo: observa discretamente el fluir de la vida y las gentes a su alrededor mientras filma un remake de El globo rojo.

El despegue. Enarbolando una clase de impresionismo basado en las tomas largas y los planos cerrados, el autor de Millenium Mambo es el fraguador de una poética del minimalismo totalmente asociada al cine asiático contemporáneo, que además pone en forma los preceptos de Bazin. La mirada de Hou refuerza la presencia de lo que filma y elude jerarquizar las emociones de los personajes para prestar atención a sus movimientos espontáneos y a esos lapsos de tiempo tan fugitivos como reveladores. Tal como postulaba el padre de la crítica moderna, que precisamente a partir del mediometraje de Lamorisse escribió uno de los capítulos fundamentales de su libro ¿Qué es el cine? (Bazin estaba fascinado con cómo El globo rojo no recurre al montaje para “trucar” la realidad), el cine de Hou confía en el registro de lo real como camino hacia la revelación de las verdaderas posibilidades del cine: la superficie de la imagen bien puede cobijar los secretos del mundo. Entre los acólitos de Hou se encuentra Tsai Ming-liang, cineasta desconocido todavía en las pantallas españolas a pesar de su trascendencia en el cine actual de ojos rasgados. Autor también de piezas decididamente pro-bazinianas como The River, parecía asimismo inevitable que Tsai viajara a París para acercarse a los orígenes de su oficio. En su próximo proyecto, Visages, narra el viaje de un cineasta taiwanés al Louvre para rodar un filme que explora el mito de Salomé. Profundamente influido por la historia del cine galo, el reparto ha reunido a varias generaciones del cine francés, desde Jean-Pierre Léaud hasta Laetita Casta, pasando por Jeanne Moureau, Fanny Ardant y Nathalie Baye.
Junto a los legados bazinianos, resulta igualmente significativo cómo los cineastas asiáticos parecen sentir la necesidad de integrar una coartada museística en sus experiencias parisinas, acaso como forma de tender puentes y establecer puntos de contacto entre culturas tan alejadas entre sí. Si Tsai-Ming Liang rueda en el Louvre y Hou Hsiao-hsien se inspira en una pintura que cuelga en las paredes del museo de Orsay (Le Ballon, que pintó Félix Valloton en 1899), el japonés Nobuhiro Suwa concedió una importancia extrema a los escenarios del museo Rodin para su libre refilmación de Te querré siempre. En gran medida, la experiencia del taiwanés durante la realización de El vuelo del globo rojo se asemeja a la del japonés al rodar Un couple parfait. Ninguno de los dos hablaba francés, por lo tanto debían guiarse por los gestos de los actores, que trabajaban improvisando sus diálogos.

El tiempo que flota. Esa forma de trabajar intuitiva sintetiza el olfato del verdadero cineasta, inmune a barreras cultura- les, pero sobre todo nos indica la capacidad de hibridación entre las formas de representación orientales con el imaginario cinema- tográfico francés. El camino inverso es el que ha tomado el autor galo Olivier Assayas -quien no en vano considera a Hou Hsiao-hsien “el artista más importante producido por el cine chino contemporáneo”-, cuyas dos últimas películas parecen sintetizar todo aquello que ha perseguido a lo largo de los años: el diálogo intercultural entre la tradición y la modernidad de los cines asiático y europeo. En Boarding Gate puede reconocerse en la huida hacia adelante de Asia Argento el camino creativo de Assayas, que con este filme colmó su deseo de escapar de París para rodar en Hong Kong, integrando ambos universos sin fisuras en el mismo espacio, el mismo filme. Luego, con la reciente Las horas del verano -subvencionada como la película de Hou bajo el mismo marco de mecenazgo del museo de Orsay, donde, al igual que El vuelo del globo rojo, transcurre la última escena-, además de plantear una reflexión sobre el arte y el objeto museístico, Assayas extrae las esencias perceptivas del fluir del tiempo con inconfundible pálpito oriental. Un tiempo que flota, como el globo rojo de Hsiao-hsien, por los cielos del mundo (del cine) globalizado.

Carlos REVIRIEGO


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