En Cannes, lo mejor no está sólo en la sección oficial. Las películas de algunos de los grandes cineastas del mundo como Bong Joon Ho, Cristian Mungiu o Kore-Eda estarán en los lujosos aledaños del certamen.
Las otras secciones del certamen francés ofrecen el mejor panorama del cine mundial: un festival dentro del festival. Después de Cannes, Cannes. Dentro de Cannes, Cannes. El festival de la Palma de Oro alcanza este año el carácter de pesadilla. Asomarse a su programación oficial da vértigo (Tarantino, Von Trier, Resnais, Almodóvar...). Están todos, o casi, los cineastas que en los últimos años han dicho algo en esto del cine. No es difícil imaginar a ese rebaño de cinéfilos, con su acreditación a modo de cencerro, correr desesperados con la enfermiza intención de abarcarlo todo. Como un niño en la fábrica Wonka de chocolate. Pero eso no es todo. Leer el programa completo, las secciones paralelas, conduce al psiquiátrico.
No falta nadie. Para empezar, la Quincena de los Realizadores, ese contra-festival inventado en 1969 tras las algaradas del año anterior, recibe al que ganara la Palma de Oro en 1979. Coppola vuelve. Tetro -una producción española con Maribel Verdú, Carmen Maura, Vincent Gallo y sin Javier Bardem- regresa a la familia. El director aquejado de una especie de segunda juventud abre un certamen por el que, por citar tres a la carrera, pasarán el coreano Hong Sangsoo con una nueva disección del cuerpo de la cotidianeidad que responde al nombre de Like you know it all (una especie de mutación extraña de Eric Rohmer); el portugués Pedro Costa y su Ne change rien, o el pope nipón avant la lettre (uno de ellos) Nobuhiro Suwa, que, en compañía del francés Hippolyte Girardot, firma Yuki & Nina.
El plato fuerte llega con Un certain regard. Los directores de cualquier festival internacional (Venecia, Berlín y San Sebastián) llorarían por tener a alguno de sus integrantes. Ahí aparece Bong Joon Ho, el director de la relectura posmoderna del cine de terror y monstruos que fue The Host, con Mother. A su lado, la plana mayor del nuevo cine rumano. Desde el premiadísimo Cristian Mungiu (Cuatro meses, tres semanas y dos días) a Constantin Popescu pasando por Corneliu Porumboiu (el responsable de la desangelada maravilla 12:08 Al este de Bucarest). Entre todos (hay tres nombres más) firman dos películas: la conjunta Tales from the Golden Age y Police, adjective (ésta, del último citado). Auténtico manifiesto de una generación en marcha que busca su sitio fuera de su país.
Mirada de Oriente. Por lo demás, Oriente entero ofrece también su determinada mirada. Junto al citado Joon Ho, el japonés Hirokazu Kore-Eda, el heredero más elegante de Ozu y viejo conocido de San Sebastián, presenta Air doll; el tailandés Pen-Ek Ratanaruang, lírico, violento y, todo sea dicho, gracioso (inolvidable Last Life in the Universe), ofrece Nymph; el filipino, enfant terrible y genio minimal, Raya Martin sorprenderá (para escarnio de gente bien) con Independence, y el iraní Bahman Ghobadi (nada que ver con los anteriores) regresa tras Las tortugas también vuelan con más animales: Nobody Knows about the Persian Cats. Y todos ellos, junto al insobornable e impasible al desaliento Alain Cavalier, referencia de irreductibles, que presenta Irene, y cerca del nuevo talento de Mia Hansen-Love (Le père de mes enfants).
Si a todo lo arriba mentado se suman Alejandro Amenábar con su megaproducción maltesa ágora y la película póstuma del oscarizado Heath Ledger, The imaginarium of doctor Parnassus, de Terry Gilliam, el panorama es, en efecto, de psiquiátrico. Y eso que dejamos fuera a la Semana de la Crítica (cuyos padrinos son Juan Antonio Bayona y Juan Carlos Fresnadillo), que también existe. Angustia. Dulce angustia.