Luis MARTÍNEZ | Publicado el 31/12/2009 | Ver el número en PDF
'Amorphophallus titanum'. Es el nombre científico de la flor cadáver, la más grande. La más hermosa y también la más repugnante. Su olor impide contemplarla por más de un minuto. El cine español ha vivido el año que acaba presa del síndrome de esta rara flor. Por primera vez en muchos años, la cinematografía ha recuperado la comunión con su público. El último trimestre, con los estrenos de REC 2, Ágora, El secreto de sus ojos, Celda 211, Planet 51y Spanish Movie ha devuelto a cifras ya olvidadas desde Los otros, hace casi una década. La imaginación visual de Jaume Balagueró y Paco Plaza en su segunda y delirante entrega de su saga de zombis (REC 2); el rigor narrativo vestido de espectacularidad de la más ambiciosa de las cintas de Amenábar (Ágora); la maestría en el montaje y desguace de géneros clásicos de Juan José Campanella (El secreto...), o la visceralidad de Daniel Monzón (Celda 211) son algunos de los ingredientes que han llenado de españoles las salas con cine español. Y el festival de Cannes contó en su sección oficial con hasta tres apuestas nacionales: Los abrazos rotos, Mapa de los sonidos de Tokio y, de nuevo, Ágora. Y en medio, Almodóvar, una vez más camino de los Oscar. Además, aparecieron joyas como Tres días con la familia, el debú de Mar Coll, o 25 kilates, un thriller con pulso de cirujano de otro debutante, Patxi Amezcua. Pero de repente, un amenazante aroma. Pocas veces, con ministra del gremio, el futuro ha sido más incierto. La Orden de Guardans y la financiación de las televisiones hacen que esta rara flor también apeste.