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Mandela el invicto

Eastwood y Freeman juegan por Suráfrica

Morgan Freeman es Nelson Mandela. Y Clint Eastwood el director de Invictus, película que llega hoy a nuestras pantallas y que recrea la histórica final del Mundial de rugby de 1995 en la que Suráfrica ganó algo más que un partido.


ALEJANDRO G. CALVO | 29/01/2010 |  Edición impresa


Morgan Freeman y Matt Damon, en la final de Invictus

Aterriza en la cartelera la nueva película de Clint Eastwood, Invictus, basada en la novela El factor humano, de John Carlin, y con guión de Anthony Peckham (también firmante de la reciente Sherlock Holmes de Guy Ritchie), tras el empeño del actor principal, Morgan Freeman, de plasmar en la gran pantalla la vida de Nelson Mandela. No puede parecer más atinado ni oportuno que dos grandes del cine que rozan los ochenta años se hagan cargo del retrato de la gran obra de un Mandela septuagenario. Y es que Invictus está lejos de ser un biopic pero partir de un acontecimiento relevante facilita dar forma a toda una vida de esfuerzo vital, político y social.

Un leve encadenado de imágenes resume en pocos minutos la excarcelación, las elecciones y el nombramiento de Nelson Mandela como presidente de Suráfrica. Eastwood, fiel a su semántica directa y clásica, se centra en un acto en concreto para reconstruir un sentimiento globalizado. Algo parecido había hecho ya en su díptico sobre la Segunda Guerra Mundial -Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima, ambas de 2006-, nada que ver con su revulsivo y deconstructivista biopic sobre la figura del jazz Charlie Parker.

Una vez más el cine toma forma de instrumento primario para la pervivencia de la memoria. Las calamidades argumentales (infinitas) se mezclan con bárbaros aciertos (S.M. Eisenstein, John Ford, Roberto Rossellini, Anthony Mann, Luchino Visconti, Francis Ford Coppola, Terrence Malick), dejando constancia tanto de su impureza como de su innegable conexión con el gran público. Todo ello forma parte de un género bastardo y, usualmente, partidista donde realidad y ficción conviven buscando la espectacularidad.

La figura de Nelson Mandela había sido abordada en el cine con anterioridad, ya fuera mediante tv movies espeluznantes como Mandela (1987) o Mandela and de Klerk (1997), aproximándose al biopic en su rama más purista con las caras de Danny Glover y Sidney Poitier, respectivamente, o fallidos intentos de ensalzar su humanismo -Cf: Adiós Bafana (2007) del desprestigiado Bille August-. Resulta normal que el retrato de Eastwood/ Freeman/Carlin acabe erigiéndose como el panegírico oficial de su figura, con todos los riesgos que ello conlleva. La decisión de Mandela de unificar un país a través de un mundial de rugby fue, como mínimo, sorprendente.

El peligro de la hagiografía
Es comprensible, que no lógico o lícito, que en la pasión de un autor por atrapar la esencia de una figura de la importancia de Nelson Mandela acabe cayendo en la trampa de la hagiografía; al fin y al cabo, las personas no dejan de ser personas por más actos milagrosos que realicen. En el largo recorrido que posee un libro puede resultar más sencillo esquivar la emoción por medio del matiz. En el cine es algo más complejo, por lo que el uso de la metáfora es básico. Dicho tic figurativo queda reflejado en Invictus a la hora de representar los fuertes conflictos raciales y políticos mediante el corpúsculo social que conforman los guardaespaldas del presidente. El pequeño grupo formado por la antigua guardia pretoriana (blancos) y hombres fuertes del CNA (negro) parten de la desconfianza y el odio tamizado hacia los abrazos y las felicitaciones -incluso llegan a jugar al rugby juntos- una vez obtenido el triunfo deportivo.

La obviedad del gesto es transparente en exceso, deja entrever la distancia que separa al Eastwood que capta la lírica de la derrota y del que retrata la épica de la victoria. En términos cinematográficos: lo importante de Space cowboys (2000) no es el éxito de los que se salvan sino el romanticismo del que da la vida por salvar la de sus compañeros. La sequedad y elegancia con la que el director de Million Dollar Baby (2004) pone en escena la tragedia tiene poco o nada que ver con el estilo que exhibe para retratar la victoria. Pero que eso no lleve a engaños: la capacidad de Eastwood para emocionar sigue intacta; es sólo que, en esta ocasión, han cambiado las formas.





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