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Edición impresa |  CINE

Luis Miñarro

“Desde Madrid se perpetúa un cine anticuado, aún no saben que existió la Nouvelle Vague

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Juan SARDÁ | Publicado el 28/05/2010

Acaba de presentar dos películas en Cannes (Uncle Boonme..., de Weerasethakul y O Estranho caso de Angélica, de Oliveira) y hoy estrena su primer documental como director, Family Strip, en el que cede el protagonismo a sus padres. Comprometido con el cine de autor, fue uno de los impulsores de Cineastas contra la Orden.


Sus películas nunca suscitan grandes colas en los cines pero sí entusiasman a los críticos y son máquinas de cosechar premios en los festivales. Luis Miñarro (Barcelona, 1949) es el productor de algunos de los títulos más arriesgados y prestigiosos de la cinematografía española de la última década. Desde 2003 ha colocado cinco de los catorce filmes que ha producido entre los mejores del año según los críticos de El Cultural. Y es, con diferencia, el productor español más mimado por Cannes. Fue allí donde Albert Serra labró su prestigio internacional con Honor de Cavalleria (2006) y El cant dels ocells (2008). Este mismo año ha conseguido esquivar el mal fario del cine español y presentar dos producciones con sello nacional, eso sí, con cineastas extranjeros de reputado prestigio: el centenario Manoel de Oliveira (O estranho caso de Angelica) y el pujante Apichatpong Weerasethakul (Uncle Boonme Who Can Recall His Past Lives).

Miñarro, curtido en el mundo de la publicidad junto a Isabel Coixet (a la que produjo su primer éxito, Cosas que nunca te dije, 1996), no sólo viene de disfrutar las mieles del éxito en la Costa Azul, también presenta hoy su debut como director, Family Strip, en la que sus nonagenarios padres (cuya muerte se produjo al poco de terminar el rodaje) relatan a través de su experiencia personal los profundos cambios que ha vivido la sociedad española (y barcelonesa en particular) a partir de sus vivencias de inmigrantes andaluces. Miñarro, que fue una de las firmas más destacadas de Cineastas contra la Orden, realiza una defensa a ultranza del cine de bajo presupuesto y acusa al “mainstream” de la industria audiovisual de no “haberse ni enterado que ha existido la Nouvelle Vague”.

- El título de su primera película, Family Strip, no puede ser más descriptivo. Vemos la verdadera intimidad familiar.
- Surgió a partir de un regalo que quise hacerles a mis padres con motivo del 65 aniversario de su matrimonio. Ese regalo era un cuadro y el primer día que comenzamos a posar se me ocurrió que había que filmarlo porque iban a salir cosas interesantes. Fue un rodaje hiperreducido con un técnico de sonido y un cámara.

- ¿De cuánto material grabado dispuso?
- Fueron siete sesiones en el invierno del año pasado, al final habría unas 20 horas. Fue el montador quien me convenció de que aquéllo podía tener interés porque ofrecía un retrato humano sobre lo que ha pasado en este país en los últimos 70 u 80 años. En lo personal, este filme ha sido como una terapia. Por una parte, familiar y, por la otra, me ha ayudado a perder el miedo a dirigir.

- Debuta con una película conmovedora pero sencilla.
- La manipulación, como siempre, está en el montaje. Es el momento en el que hay una decisión, cuando estás filmando ahí entra todo, es espontáneo.

Orígenes diversos
- El filme homenajea a esos andaluces que construyeron Cataluña el siglo pasado.
- Es un canto a favor del mestizaje, yo tengo orígenes muy diversos: italianos, navarros, andaluces... Es una mezcla que reivindico. En Cataluña me llamarían “charnego” y esa figura me parece muy positiva porque ha sido enriquecedora.

- En la película podemos comprobar que usted exhibe una cierta excentricidad. Tiene algo un tanto “daliniano”.
- Es cierto que vistiendo soy excéntrico. Me gusta el color y las cosas extremas. Siempre he creído en la individualidad, en que uno se exprese a su manera. Lo cual no quita para que deteste la arrogancia o el sentirse divino. Por eso no me gusta mucho lo de “daliniano”.

- ¿Cómo se lleva detestar la arrogancia y ser el productor de Albert Serra?
- (Risas) Al principio el personaje no era así. Es una postura por su parte, supongo que cree que vende. Para mí la obra no debe superar a la persona. Él también va diciendo que yo no pinto nada porque sus películas no son de productor. Va como un torpedo. Isabel Coixet también cuenta que para Cosas que nunca te dije tuvo que hipotecar la casa cuando lo cierto es que me deslomé rodando anuncios para que pudiera hacerla. Todo el dinero salió de la productora. De todos modos, ya no trabajo ni con el uno ni con la otra porque a mí no me interesa hacer más de dos películas con cada director. Lo que quiero es descubrir nuevos realizadores. Y si hay que salir fuera, se sale. La prueba la tienes con Apichatpong y Oliveira. Quizá con este último hago una excepción porque es un maestro.

- Repasemos sus títulos: las mencionadas de Serra; En la ciudad de Sylvia, de Guerín; Liverpool, de Lissandro Alonso o Las manos vacías, de Marc Recha. Hay quien dice que es el icono del cine basado en ver “crecer la hierba”.
- Tiene que haber de todo. Hay a quien le gusta ver crecer la hierba y tiene derecho. A mí no me interesa el cine de evasión porque ya hay demasiado y siempre está intentando manipularte. Yo me proyecto a través del trabajo que realizan los directores. Por eso escojo las películas que me interesan sin pensar en ningún momento en el dinero. Y me gustan las películas honestas que al final te dejan una puerta abierta. Siento que las imágenes tienen una ética. Por ejemplo, no me interesa la violencia ni el terror. Porque no quiero meter mierda a la gente en la cabeza ni asustarla.

- ¿Ha ganado dinero con alguna película?
- Gané algo con Cosas que nunca te dije, Las manos vacías y En la ciudad de Sylvia. Con las otras no he ganado pero tampoco he perdido. En realidad, cubro gastos gracias a que los dispendios generales de la productora los pago con la publicidad.

- Al destinar el dinero de los spots en cine de autor, ¿se siente como Robin Hood sacándole dinero a los ricos para dárselo a los pobres?
- (Risas) Es cierto que el beneficio que obtengo de hacer de “señor de los amos” lo empleo en hacer películas. Aquí, en Europa, el cine se hace de una forma vocacional.

Intuición y taquilla
- ¿Rechaza de plano cualquier película más narrativa?
- Me llegan pocas porque la gente ya sabe lo que hago. Y no produzco películas por leer un guión, tengo que conocer al director, ver de qué va la apuesta... Me muevo por intuición.

- Intenciones tan puras en lo artístico no se sostienen sin abundantes subvenciones...
- No tantas. Y cada vez va a ser más difícil hacer este tipo de películas. Además, yo no accedo nunca a las amortizaciones porque no llego a los espectadores necesarios. Hay quien compra taquilla para llegar a las cifras. Pero yo tendría que comprar tanta taquilla que ni así me compensa. Además, ahora la nueva ley se ha puesto de una manera que fomenta el cine industrial. Y ya sucedían cosas asombrosas. Por ejemplo, Almodóvar, que gana muchísimo dinero, cobra amortizaciones del Estado debido a su éxito. Eso es una aberración. Ya veremos dentro de unos años qué ha pasado. Habrá más películas industriales pero no está claro si podrán rodar Isaki Lacuesta o Marc Recha. Aunque como siempre, no habrá responsables a los que reclamar.

- Gerardo Herrero argumentaba en El Cultural que el mejor cine de Cannes es caro.
- Leí esa entrevista y lo que dice Herrero, al que respeto, no es cierto. Soy el productor español que más veces ha estado en Cannes en los últimos años y mis películas son baratísimas. La revolución tecnológica va a provocar que en breve haya una explosión de pequeñas producciones.

- ¿Por qué tenemos que subvencionar cine?
- No es el cine, es todo. En Europa hemos creado un sistema en el que desde la naranja hasta las películas dependen del Estado. Lo que nos tenemos que plantear es el sistema en su conjunto, no sólo el cine. En un pueblo del Pirineo al que voy, donde eran campesinos, todos viven del subsidio. Y es tan sencillo como que, si dejas de subvencionar, se acabaron los filmes europeos.

- ¿El cine europeo necesita tantas ayudas?
- En gran parte debido a la mala circulación. En Italia no interesa el cine español ni en España el italiano. Salvo el francés, que interesa a todos.

- ¿Hay una forma de entender el cine distinta desde Barcelona o Madrid?
- No es Madrid y Barcelona sino Madrid y la periferia, hay otra sensibilidad también en Galicia o el País Vasco. La capital acumula poder y perpetúa un cine anticuado, no se han enterado ni de que existió la Nouvelle Vague. Seguimos con el “planteamiento, nudo y desenlace”. En Barcelona quizá somos muy pijos pero tenemos la vista puesta en otro lado. En parte, nos ha venido bien tener presupuestos más pequeños. Y ha habido buenas sinergias con las escuelas de cine.

- Muchos quizá evitan Barcelona por la política lingüística que margina el castellano...
- Ha sido un error no reconocer el bilingüismo de Cataluña. Yo no soy nada nacionalista y la mayoría de la gente no se complica con estos asuntos. Los problemas los crean los políticos y desde Madrid se percibe de forma dramática.






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Luis Miñarro. Foto: Florent Michel.