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Las semillas del estilo 'gonzo'

Delirante, genial y revolucionario, el periodista Hunter S. Thompson ha sido objeto de diversas aproximaciones cinematográficas. La última, 'Los diarios del ron', es la adaptación de su primera novela, que narra su formación como periodista en San Juan de Puerto Rico.


CARLOS REVIRIEGO | 04/05/2012 |  Edición impresa


Johnny Depp en la piel de Hunter S. Thompson.

Junto al documentalista Wayne Ewing, Johnny Depp ha hecho méritos para convertirse en el transmisor cinematográfico del genial y alucinógeno Hunter S. Thompson, padre del periodismo ‘gonzo'. Tres años después de que éste, con 67 años de edad, se despidiera del mundo disparándose en la cabeza, Depp prestó su voz a la narración del documental Vidas y hazañas del Dr. Hunter S. Thompson (Alex Gibney, 2008), que basculaba entre el apunte hagiográfico y el encendido tributo de un amigo personal. A modo de epílogo, el filme ponía en práctica las instrucciones dejadas por Thompson en su testamento: que sus cenizas fueran lanzadas al aire desde un gran cañón que él mismo había diseñado. La excentricidad de su muerte perpetuaba así una vida de extremos: “No recomiendo el uso de drogas peligrosas, el consumo de alcohol o la locura, pero en mi caso han funcionado”, escribió en algún momento.

Lo cierto es que la imagen icónica del doctor Thompson -gafas oscuras, gorra de pesca blanca y el eterno cigarro en los labios- la compuso el propio Depp en la película de culto Miedo y asco en Las Vegas (1998), de Terry Gilliam. La estrella norteamericana volvió a calzarse los zapatos del escritor una década después, protagonizando Los diarios del ron (Bruce Robinson, 2008), un proyecto personal del propio Depp que durmió el sueño de los justos en los cuarteles de distribución de Hollywood y que ahora llega a salas españolas.

No importa demasiado que la novela iniciática de Thompson en que se basa el filme no se cuente entre lo más inspirado del que fuera autor estrella de publicaciones como Esquire o The Rolling Stone, pues la relevancia de su adaptación pasa por reforzar la leyenda de un incorruptible creador viajando a un amable capítulo de su formación periodística. He aquí un Thompson pre-gonzo, cuando ya estaban ahí las semillas de su incendiario estilo -collages de experiencias que reivindicaban la radical subjetividad como único camino a la fidelidad de los hechos-, pero cuando no se había producido aún en su escritura la fusión de la psicodelia con los discursos políticos de su tiempo.

Entre el registro gratamente cómico y los destinos predecibles de una prototípica producción de prestigio cultural, Los diarios del ron narra la estancia de Paul Kemp (alter ego de Thompson) en San Juan de Puerto Rico durante el año 1960, cuando el joven escritor trabajó en una publicación local. En su descripción del ambiente periodístico formado por “jóvenes turcos que querían romper el mundo en dos mitades para empezar de nuevo” y que “degeneraron en perdedores sin esperanzas que apenas podían escribir una postal; en dementes, fugitivos y borrachos peligrosos”, el filme apenas espolvorea gestos de excentricidad y detalles de situación, que concentra sobre todo en los compañeros de fatigas de Kemp: el fotógrafo Sala (Michael Rispoli) y el reportero alcoholizado Moberg (Giovanni Ribisi).

En el frágil marco de exilio tropical y aventura hedonista, el relato se abre en dos direcciones: la crítica a la dominación colonial de Estados Unidos (mediante la “investigación” de una empresa que quiere convertir el paraíso isleño en un complejo turístico) y la historia de atracción sexual entre la fogosa Chenault (Amber Heard) y el protagonista. El director, Bruce Robinson -a quien recordamos como artífice de Withnail and I (1987)-, no oculta a su vez una suerte de desesperación existencial, propia de los cauces del film noir al que, aunque tangencialmente, se adscribe el filme. Lo mejor de la película se concentra en los escasos momentos en los que se deja llevar por el exceso y las mentes desquiciadas de sus personajes (una delirante persecución en coche por las calles de la ciudad), si bien las escenas nunca logran ser todo lo electrizantes que desearían, y las supuestas transgresiones se quedan en la tímida intención y en algún que otro descarado tributo al filme referencial de Gilliam.




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