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Rastros luminosos en el Sertão

Girimunho retrata el Brasil más profundo y espiritual

CARLOS REVIRIEGO | 25/05/2012 |  Edición impresa


Bastu, protagonista de Girimunho.

El debate es tan viejo como estéril. Las dinámicas de lo imaginado y las palpitaciones de lo real, la ficción o el documental, Méliès o Lumiére... Girimunho es otra de esas películas capaces de desactivar cualquier orden clasificatorio. Lo corpóreo y lo espectral, el cálculo y la improvisación, la vida y la muerte, el sueño y la vigilia, lo específico y lo universal.

El primer largometraje de los brasileños Clarissa Campolina y Helvécio Marins Jr., surgido de la sección Orizzonti de Venecia para conquistar festivales de todo el mundo atesora la virtud de disolver fronteras sin esfuerzo. Coproducido por el español Luis Miñarro, es un objeto precioso moldeado con manos artesanas, uno de esos raros artificios que conjugan vida y cine para hacerlos intercambiables.

Si queremos etiquetas, sobran: etnografía artística, semidocumental rural, cine del Sertão... La historia (mínima) vendría a ser la misma en cualquier caso. Un pueblo en el interior de Brasil, una mujer octogenaria, Bastu, a quien le gusta cantar y danzar. Trata de crearse una nueva vida tras la muerte de su marido. Convive con sus nietos, su vecina también anciana y la música. En su nueva vida, el espíritu de su difunto esposo no quiere marcharse de la casa. La anciana fuma en pipa en el porche, “imaginando la vida”. En este relato sobre la condición humana, sentimos el fluir del tiempo y esa prosaica sensación de que la vida es igual para todos, aunque todos seamos tan diferentes y vivamos en lugares tan distintos: el Sertão brasileño -que fuera espacio filmíco del director Glauber Rocha- o una ciudad europea -la arcadia urbana de tantos cineastas.

“El tiempo no se detiene -dice Bastu sin petulancia, como solo hablan los espíritus de sabiduría ancestral-. Solo nosotros lo hacemos”. En esta película hay guionista, sí, se llama Felipe Bragança, pero el guión maestro es el que dispone la propia realidad. “Son personas reales que viven en São Romão -explican los directores-. Sus historias son parte de sus recuerdos, sus casas son los espacios donde hemos filmado, sin intervenciones ni interferencias, porque todo ya estaba allí, preparado para ser filmado”. El método, que tanto puede recordarnos a las estrategias de Pedro Costa -aunque a sus resultados los separe un abismo-, no rechaza las composiciones estilizadas, los ritmos calculados, y ese afán por embellecer la realidad que a veces juega en contra del propósito del filme.

Una historia de optimismo y celebración vital como la que nutre a Girimunho, desde rituales cotidianos o fantasmagóricas, es muy infrecuente en estos tiempos de apatía. Aunque solo fuera por el tono preciso que encuentra para canalizar su carácter luminoso, pero nunca vacío, deberíamos atesorar la experiencia casi mágica que propone esta película. Si al final las palabras de Bastu suenan tan ciertas - “la vida y la muerte no existen, son la misma cosa”- es porque la poética que han evocado las imágenes y los sonidos durante noventa minutos nos ha convencido de ello previamente. Girimunho transmite así su visión poética y filosófica con una ligereza hipnótica, sin gravedad, con la indecible belleza de las cosas simples y perdurables. “Si el objetivo apunta hacia el fondo de la verdad, a veces la encuentra”, dijo Jean Renoir.




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