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Sábado, 19 de abril de 2014
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Aki Kaurismäki

“Me gustaría reencarnarme en cualquier personaje de Disney”

Durante estos días todos los caminos del cine conducen al cineasta finlandés Aki Kaurismäki. El Festival de Cannes le ha concedido el Premio del Jurado por su última creación, El hombre sin pasado; el XXX Festival de Cine de Huesca, que comienza mañana, le otorgará el premio Luis Buñuel en reconocimiento a su valiosa carrera, y la Filmoteca de Zaragoza proyecta el grueso de su filmografía durante esta semana. El Cultural ha tenido la oportunidad de hablar con él. Una conversación en la que transmite el mismo tipo de humor seco y absurdo que respira su obra, y en la que analiza su último filme y la evolución de su carrera como cineasta total, excéntrico e imprescindible.


BEATRICE SARTORI | 05/06/2002 |  Edición impresa


Aki Kaurismäki. Foto: Reuters

“Primero, me doy las gracias a mí mismo. Y segundo al Jurado”. Aki Kaurismäki (Orimattila, 1957) hizo historia al proferir el pasado 26 de mayo el más breve e irónico discurso de aceptación de un premio en el Gran Palais del Festival Internacional de Cine de Cannes por su película número 17, Mies vailla menneisyyttä (El hombre sin pasado). Despeinado, algo desgalichado y en posesión de un humor lacónico y seco, Kaurismäki parece uno más de los personajes finlandesamente excéntricos que pueblan una cinematografía que suma ya casi dos decenas de títulos. El Cultural habló con el autor de una película emocionante, loca, esperanzada, gozosa, poética, lunática, humanista y fantasiosa, que el Jurado presidido por David Lynch consideró nada menos que una pequeña obra maestra.

Otro de los récords que el mayor finlandés para la exportación después del vodka logró por una película escrita en una semana y rodada en treinta días fue lograr tres premios más de variada índole y expresar un discurso de aceptación aún más breve. Con un “Gracias, mamá” dedicado a Piitu Kaurismäki, recibió el Premio Ecuménico otorgado “por realizar una película iluminada por la ternura y el humor que constituye una parábola del renacimiento de una persona y, por medio de ella, de una comunidad. Hundido en la pobreza y desposeimiento totales, un hombre sin pasado descubre la solidaridad y se construye con valentía una nueva dignidad”.

Finalmente, este cineasta que se declara un “hombre de familia” (incluyó a su abuela Laika en La vida bohemia y a su madre Piitu en el musical mudo Juha, 1999, inédito en nuestras pantallas) vio cómo su actriz-musa de diez películas, Kati Outinen, se hizo acreedora del premio a la mejor interpretación por la abnegada Irma, silenciosa voluntaria del Ejército de Salvación.

Mejor trabajo perruno
Pero también ha visto cómo su propio can, Tähti, miembro de una famosa saga de perros-actores, quien interpretó a la feroz Hannibal, se hizo con el galardón alternativo al mejor trabajo perruno Palm Dog. Kaurismaki bromea al respecto: “El mérito es de mi mujer, que eligió al nuevo perro de nuestra familia. Aunque ahora que Tähti no nos oye, le diré que el terrier Pietari de Nubes pasajeras tenía aún un mayor carisma”.

Y es que el director -quien en su juventud abandonó los estudios en la universidad de Tampere para ejercer “profesiones honradas” (en sus palabras) como lavaplatos, cartero, ferretero y empleado de imprenta- es una delicia de entrevistar. Logra sorprender afirmando que en su próxima vida le gustaría reencarnarse “en cualquier personaje de las películas de Walt Disney”. O que su película más popular Leningrad Cowboys Go America (1989), con cameo de Jim Jarmusch como vendedor de coches usados, “es la peor de la historia del cine, si exceptuamos de la lista todas las películas de Sylvester Stallone”. Al que, por cierto, dedicó una sátira en Rocky VI (1986), protagonizada por el grupo de tupé y rock Leningrad Cowboys, que él mismo creó y con los que ha realizado películas, documentales, cortometrajes y vídeoclips. De su película anterior, Calamari Union (1985), con los actores que un año después formaron la banda de los botos en pico y en la que realizó un cameo como chófer, recuerda que “la dirigí estando alternativamente borracho o resacoso, en ese orden”.

Kaurismaki abandona momentáneamente el humor lacónico que le caracteriza para hablar de Kati Outinen, que fuera su desdichada Liris en La muchacha de la fábrica de cerillas: “Nada mejor que este premio para recompensar sus diez películas conmigo. El hecho de que sea una gran actriz forjada en el teatro de Kom y que hayamos trabajado en muchas ocasiones juntos, no se lo pone nada fácil. Al contrario, sabe que con cada película partimos de cero. Y ella tiene que trabajar a partir de una absoluta desorientación que yo provoco”. Ella y Markku Peltola (el misterioso “M” de El hombre sin pasado y actor forjado en el teatro de Tampere) protagonizan también los diez minutos de Ten minutes older, el segmento Los perros no van al infierno que Kaurismaki ha realizado en una película de hora y media en que diversos cineastas -Víctor Erice, Spike Lee, Ken Loach, Wim Wenders, Werner Herzog y Chen Kaige- narran y fotografían el paso del tiempo. Ten minutes older fue presentada en la sección “Un Certain Regard”.

Fascinación patológica
Este es el tercer trabajo pero primero protagónico de Peltola (una especie de versión finlandesa de Robert Mitchum) para el director. Por esta cuestión, es invitado a describir los numerosos elementos comunes que vinculan su cine anterior al díptico cinematográfico Nubes pasajeras y El hombre sin pasado, a la espera de la tercera entrega de lo que define como “una trilogía nostálgica de las comedias y dramas del Hollywood de los 40 y 50, un tiempo por el que mantengo una fascinación de carácter patológico. Para la trama de la tercera película que ya escribo he seguido la estructura narrativa de Frank Capra: gentes buenas que sufren un revés de la fortuna. Cuando están en lo más bajo, suceden giros inesperados de última hora en que hay razones para la esperanza de una mejora en sus vidas. Y al final, son esos seres ordinarios los que vencen, aunque sus victorias son aparentemente pequeñas, según el patrón-oro social occidental”. Como siempre, además de Kati, Markku y el recuerdo de Matti, hay perros, coches, ambientes que recrean mundos apartes y algo herméticos, la luz del Báltico, una ironía gélida y a la vez cálida, y anacronismos variados para el siglo XXI, en este caso, una juke box llena de discos de rythim"n" blues y de Blind Lemon Jefferson Blues.

Hay más, porque el director se ha servido de nuevo de la fotografía de su eterno colaborador Timo Salminen, que logra una paleta colorista armónica y evita fuertes contrastes para mantener el tono cálido en lo emocional y visual de todas sus películas. Y que confiere a mundos ostensiblemente realistas, lo que Kaurismaki define como “una hiperrealidad extraña y hermética”. Hay quien ha definido el humor del director finlandés como “un cruce entre Bresson y Buster Keaton” y algunos entusiastas críticos destacados en Cannes han celebrado que rueda con el mismo genio y compasión que Dreyer y Lang, pero con un idiosincrásico clasicismo “salvaje” propio e inimitable. Además, el director ha incluído en las secuencias portuarias un homenaje a L"Atalante de Jean Vigo y el filme es una celebración del espíritu comunitario que desprenden las películas de Jean Renoir.

Una deuda saldada
Medio siglo le ha costado al jurado de Cannes premiar por segunda vez a un cineasta finlandés. La última vez fue en 1953 y a Erik Blomberg por El reno blanco. En realidad, el Festival estaba en deuda con Aki Kaurismäki desde que en 1996 ignoró escandalosamente la deliciosa Nubes pasajeras, primera parte de una trilogía cuya segunda entrega es El hombre sin pasado. Porque pretende clausurar “un tríptico acerca de los mejores sentimientos que oculta el ser humano, con mucha música y personajes algo excéntricos a la manera escandinava aferrados a botellas de cerveza”. Habrá también coches y perros, dos presencias recurrentes en su cine desde el documental codirigido con su hermano Mika, Saimaa-ilmiü en 1981 y su opera prima en solitario, Crimen y castigo (1983). En esta película, producida por él desde su compañía Villealfa (un homenaje a Godard y su Alphaville) incluyó a su grupo favorito, The Renegades (presentes también en la banda sonora de El hombre sin pasado) e inició una larga colaboración con su actor-fetiche Matti Pellonpää, al que dedicó Nubes pasajeras tras su prematura muerte. El enmostachado Pellonpää regresa al cine de Kaurismaki, esta vez desde una fotografía bien visible en El hombre sin pasado.

Ciudadano ejemplar
En el diario “Libération”, definieron hace unos días a Kaurismäki entusiásticamente como “un ciudadano europeo artístico ejemplar, creador de un espléndido cine modesto en apariencia pero que oculta un sabio conocimiento de las más íntimas pulsiones del ser humano, logrando retratar las vibraciones físicas de la amistad con la obstinación de un niño-poeta”. Lo cierto es que El hombre sin pasado es un blues finlandés, un rock de sesión matinal, una estrofa de poesía humanista y lunática, una película emocionante y contenidamente excéntrica plagada de sensibilidad romántica.

El realizador se confiesa un “finlandés convencido” y argumenta que es el único país que conoce en que los lavaplatos se convierten en directores de cine. Kaurismäki ha rodado todas sus películas en el solar patrio salvo dos excepciones: Yo contraté a un asesino a sueldo (Reino Unido) y La vida bohemia (Francia), ambas con el concurso del actor-fetiche de Truffaut, Jean Pierre Léaud. “Y es que no hay que olvidar que en Finlandia surgió el tango”, advierte este cineasta que ha sido condecorado con la Medalla Presidencial Pro-Finlandia, la más alta recompensa gubernamental de su frío y desconocido país.

Dueño de su propio hotel en la localidad de Karakkila, Oiva, productora (Sputnik Oy) y Festival (Midnight Sun), la obra cinematográfica de Aki y su hermano Mika Kaurismäki, comprenden un quinto del total de la producción cinematográfica anual finlandesa. Autor de una trilogía sobre la clase obrera -Sombras en el paraíso (1986), Ariel (1988) y La muchacha de la fábrica de cerillas (1989), dos de ellas erigidas sobre Kati Outinen-, ahora se dispone a finalizar esta segunda, “a partir de oscuras realidades sociales que me recuerdan a los tiempos de la Depresión norteamericana pero con la cualidad fantástica de cuentos de hadas”, dice para añadir. “En realidad nunca me propongo hacer trilogías. Lo anuncio al empezar la primera con la esperanza de llegar a hacer la tercera”. ¿Nos anticipa algo de la próxima? “Sí, será completamente desesperada”.

Filmografía lacónica y desesperada
Ariel (1988). La historia de un minero finlandés al que la suerte, golpe tras golpe, le da la espalda. Con los moldes del cine negro, Kaurismäki filma de modo tradicional, con un ritmo que se ajusta a su angustiada personalidad, una bella obra realista sobre la desesperanza del ser humano.
Leningrad Cowboys Go America (1989). Comedia surrealista, cuya misión, paradójicamente, no es hacer reír, sino conducirnos a la melancolía y el asombro. Una banda de músicos finlandeses recorre Estados Unidos, con destino México, en busca del éxito que nunca llega. (En la imagen).
Contraté a un asesino a sueldo (1990). Una trama que seguramente hizo las delicias de los hermanos Coen. Un suicida frustado contrata a un asesino a sueldo para que le mate en un futuro próximo. Pero se enamora, cambia de vida e idea... y ya no puede avisar al mercenario.
La chica de la fábrica de cerillas (1990). Puede parecer que en este filme no ocurre nada, excepto el engranaje de la rutina y la confusión amorosa de una joven perdida, pero Kaurismäki tiene una especial habilidad para llenar el silencio de tensión punzante.
Coge tu pañuelo, Tatjana (1994). En un tono absurdo y escandinavo, rodada en impecable blanco y negro, de nuevo Kaurismaki opta por la economía de palabras para construir una comedia de gestos, lacónica, de personajes imposibles.
Nubes pasajeras (1996). Filme social que huye de los dramatismos propios de Francia e Inglaterra, buscando la denuncia desde el minimalismo y la aspereza de las imágenes. De momento, es posiblemente su obra más optimista.




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