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CINE
Kathryn Bigelow
Mi gran meta siempre es subvertir los géneros
Beatrice SARTORI | Publicado el 05/09/2002
Artista conceptual, modelo de Mapplethorpe y, sobre todo, cineasta inclasificable, a Kathryn Bigelow le han otorgado el lugar de Martin Scorsese en el cine dirigido por mujeres por su actitud ante la violencia. Tras el atípico thriller El peso del agua, el 13 de septiembre se estrena K-19, un filme guiado por las influencias de Sam Fuller y Anthony Mann y la plástica de De Kooning y Jackson Pollock. El Cultural ha hablado con la directora norteamericana en Nueva York.
El curriculum creativo y profesional de la artista conceptual y directora Kathryn Bigelow definen a una cineasta subversiva e imposible de clasificar. Surgida para el cine hace dos décadas, fue antes pintora, artista conceptual, modelo del fotógrafo Robert Mapplethorpe y teórica post-estructuralista. Matriculada en la Escuela de Cine de la Universidad de Columbia, eligió los cursos de deconstrucción fílmica francesa, así como teoría y crítica cinematográfica dirigidos por Milos Forman.
Ha dirigido una road movie y western de vampiros (Los viajeros de la noche, 1987), el thriller psicológico Acero Azul (1990), la popular película Le llaman Bodhi (1991), el ciberthriller apocalíptico finisecular Días extraños (1995) y la inclasificable El peso del agua (2001). Guillermo Cabrera Infante la definió como la pintora de películas que sangran en la pantalla y la crítica Pauline Kael la tildó de autora enamorada de las posibilidades de la imagen. La conversación con Bigelow, que coproduce el filme desde su compañía First Light, tuvo lugar en el hotel Essex House en una calurosísima tarde neoyorquina que no le impidió lucir su prenda favorita: una gruesa chupa de cuero negro y unos ceñidos vaqueros Diesel.
-K-19 es la primera película que realiza a partir de una propuesta. ¿Por qué aceptó el proyecto?
-Sí, siempre he desarrollado mis propias historias. Las abordo desde dos direcciones: las imágenes que quiero plasmar y la personalidad y motivaciones profundas de los personajes. Después, trato de explotar al máximo la potencialidad de las situaciones que se desarrollan. Me siento atraída por historias duras, extremadas y viscerales en las que los personajes se redefinen a través de pruebas de fuego. En K-19 encontré una propuesta exacta a lo que ambiciono al hacer una película. Y a ello se sumó el beneficio de un ingente material documental, al tratarse de hechos reales que han estado ocultos hasta el colapso de la URSS.
-¿Fue difícil acceder a los documentos de un hecho que las autoridades rusas han querido ocultar durante treinta años?
-Fue un proceso lento. Christine Whitaker, al frente de la división de producción de largometrajes de National Geographic, había adquirido un documental británico sobre el submarino K-19 y decidió que el drama real merecía ser la primera película de la productora. Tras mostrármelo viajé a Rusia en varias ocasiones, donde tuve acceso a los documentos del accidente nuclear. Quise hacer una película coherente con mis propósitos y que hiciera justicia a aquellos hombres que prefirieron sacrificar sus vidas antes de provocar una explosión nuclear con tres veces la capacidad de la de Hiroshima. Unos héroes que no fueron condecorados sino enterrados en la ignominia del silencio, dado que las autoridades rusas jamás admitieron fallos técnicos en sus Fuerzas Armadas.
Al borde de la debacle
K-19 narra el viaje inaugural del primer submarino nuclear soviético en junio de 1961. El K-19 medía 114 metros, pesaba 4.000 toneladas, navegaba propulsado por dos reactores nucleares de 70 megavatios cada uno y estaba armado con tres misiles R-13 con cabezas nucleares de 1.4 megatones y ocho torpedos. La tripulación la constituían 125 oficiales y marineros, además de 14 observadores. Al frente de la nave estaba el capitán Nicolai Zateyev, hijo de un héroe de la Revolución después encarcelado en un Gulag, que estuvo casado con una sobrina de un poderoso miembro del Politburó y con fama de enorme ambición política. El Politburó, deseoso de mostrar su poder a los Estados Unidos, envió una nave no rodada y a una tripulación no experimentada hacia las costas norteamericanas del Atlántico Norte para realizar una prueba nuclear. Pero el fatídico 4 de julio, un fallo en el sistema de ventilación del reactor nuclear convirtió al submarino en un arma mortífera cuya explosión frente a las costas cercanas y paralelas a Washington habría desencadenado la III Guerra Mundial. La película de Bigelow narra la historia de un grupo de hombres jóvenes que sacrificaron sus vidaspara arreglar la avería más allá de intereses de los políticos y patrióticos con el fin de salvar a sus propios compañeros y al mundo de una irreparable debacle nuclear.
-Una película producida por National Geographic no puede permitirse licencias históricas.
-Este es un drama de dos horas que contiene toda la esencia de la historia real. El corazón de la película la constituyen las ocho horas en que la nave pudo explotar en cualquier momento. Cuando los voluntarios fueron alternándose en la reparación tan solo equipados de chubasqueros y botas de plástico, sabiendo que después morirían entre terribles sufrimientos. Hemos condensado a los 22 voluntarios en unos cuantos personajes con los que el público ha tenido tiempo de identificarse, en aras de la dinámica narrativa. También se ha alterado el nombre de Nikolai Zateyev por el ficticio de Alexei Vostrikov, por respeto a su viuda e hija Irina. Y el personaje del segundo oficial Vladimir Yenin, que interpreta Liam Neeson, es totalmente ficticio, para resaltar el drama y el choque de dos estrategias de mando en el interior de la nave. Eso es todo. Todos los hombres de la nave son el retrato del heroísmo, el sacrificio y la humanidad.
La quintaesencia del héroe
-Ha elegido a Harrison Ford, la quintaesencia del héroe aventurero norteamericano, para interpretar a un militar soviético durante la guerra fría, un personaje que es el cliché del eterno enemigo para los estadounidenses.
-Aquí no hay buenos contra malos. No es una película de submarino ni un filme político. Es una película que exalta la valentía, la generosidad y el sacrificio. La tripulación del K-19 era el enemigo para los americanos y unos parias para los gobernantes del Politburó. Me pareció interesante contar una historia de extremado heroísmo protagonizada por hombres ordinarios a los que una situación límite convirtió en héroes. Y me pareció original contarlo desde la perspectiva rusa.
-¿Qué cualidades en concreto cree que aporta Harrison Ford a a la película?
-Trato de que mis películas sumerjan al espectador en lo impredecible. Pero cuando una audiencia ve a una estrella reconocida, cree saber lo que espera de ella: no muere, salva la aventura, se lleva a la chica... pero el capitán Vostrikov aparece como un enigma, es un tipo muy duro, casi cruel, dueño de una firmeza de titanio, apenas conocido y se ignoran sus proyectos. No es un protagonista fácil de aceptar. Harrison aporta una formidable presencia, credibilidad y carisma. Y para él, ha sido un rol que jamás antes ha interpretado. La película se beneficia de él y Harrison de un personaje que viene a ser un nuevo punto de partida en su carrera.
Rodada durante la tragedia del submarino ruso Kursk, en el que perecieron 118 hombres, Kathryn Bigelow se enorgullece de que su producción de 90 millones de dólares (la de mayor presupuesto jamás manejada antes por una directora en Hollywood) haya sido capaz de nimios pero importantes detalles como obtener el documental sobre el candidato presidencial Richard Nixon y sus animadoras, las Nixonettes, que se enseñaba a los militares soviéticos para mostrar la degradación de la política norteamericana. Y también, de disponer de la Orquesta Kirov bajo la batuta de Valery Gergiev ejecutando la Obertura Claro de Luna, de Ludwig van Beethoven y las partituras creadas para la película por Klaus Badelt. Apasionada de la obra de Peckinpah y amante del cine de Serie B de los años 50, durante la entrevista Bigelow designa dos películas como referentes para la creación de K-19: el drama de submarino de Samuel Fuller El diablo de las aguas turbias (Hell and High Water, 1954) y Crime Wave, de Anthony Mann.
Aunque ya apenas pinta ni dibuja -si acaso esbozos de story boards, que después envía a perfeccionar-, dice haber utilizado como referencias pictóricas para el filme las expresiones puras de los lienzos de Willem De Kooning y Jackson Pollock. Esta cineasta creadora de trágicos relatos protagonizados por rebeldes nietzscheanos en películas de aura anarquista dice, cuando el tiempo de la charla se agota, mi gran meta es poder siempre subvertir los géneros, crear lo impredecible, sorprender y fascinar al espectador. Por conseguirlo, caminaría descalza sobre fuego.