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Sueños de un seductor

por Jorge Berlanga

JORGE BERLANGA | 16/01/2003 |  Edición impresa


Woody Allen y Diane Keaton en Sueños de un seductor

La cinefilia, como algunos ilustres psicólogos saben, puede ser enfermiza. Lo mismo que a la vez puede ser de forma a veces inaudita, sorprendentemente creativa. Aunque intentar que la vida se parezca al cine pueda llevar a que la vida se parezca al cine. Eso es más o menos lo que le pudo ocurrir a un joven Woody Allen cuando se le ocurrió escribir una obra de teatro.

El chico bajito, acomplejado, con la mente revuelta a base de sartenazos, caceroladas y purés de una educación judía y urbana, en la que la única salida es el humor para liberarse de todas las normas mostrencas de los ritos y hábitos delirantes es salir a la calle a hacer chistes, o refugiarse en el anonimato de los estadios de base-ball, o en la oscuridad de las salas de cine, decidió aliviar todos sus traumas haciéndose cómico, liberándose de sus complejos riéndose de sí mismo, de su entorno particular y de la sociedad en general, fabricándose un personaje que con el tiempo se ha convertido en árbitro y genio de una forma de entender la civilización, con el ánimo del limpiabotas que le saca brillo hasta a la suela de la inteligencia.

Como un mindundi ingenioso, se las arregló para contar sus penas hilarantes en bares de mala muerte, para entrar como guionista televisivo en magníficos programas infames, o para empezar a escribir para el cine, como disparatado enclenque estrafalario con buenas ocurrencias. Hasta que se miró al espejo, encaramado en un taburete, y vio detrás la sombra de Bogart, que también era chaparrillo, subido en el bidé. La sombra de Bogart era alargada, y Woody se dijo, “¿Qué haría yo, si en vez de ser un neurótico cucarachero y onanista enciclopédico tuviera los cojones de Rick en el momento en que decide tirar un martini y se encuentra a Ingrid Bergman de bruces?” Pues nada, decir, “Tócala otra vez, Sam”. La verdad es que Bogart no quería que Sam volviera a tocar el As times goes by. En el fondo, como mucho, quería volver a tocar a la Bergman, que quería la muy suya ser tocada pero acababa convirtiéndose en intocable. Una historia de voluble ardor femenino y masculinidad estoica que en el triste dolor de la insatisfacción hacía descomponerse al inseguro Allen, decidido a rascar con sarcasmos hasta la última arista de sus miserias, descreído de sí mismo, descreído del mundo y sin esperanzas de tener más amoríos que los que le pudiera ofrecer la pantalla. La reflexión, llena de ironía y fondo melancólico que tenía su obra, donde Bogart daba consejos de macho, cuando Bogart nunca tampoco supo muy bien qué hacer, salvo juntar los labios cortados y silvar para que llegase a su lado la maravillosa Lauren Bacall, se transformó en la pantalla en una deliciosa comedia, que para eso contaba con el supercompetente Herbert Ross como director, aunque aquí contase con el equivocado título de Sueños de un seductor, cuando la historia precisamente trata de todo lo contrario a lo que puede ser un seductor.

Como mucho, de las vicisitudes que puede tener alguien que mezcla los sueños imposibles con el disparate cotidiano de la realidad, hasta encontrar por fin el amor verdadero, que no se sabe muy bien cómo va a acabar cuando se corra el telón, o cuando el avión parta. Lo cierto es que el primer Allen anuncia y refuerza al posterior Allen, ese brillante duende que nos obsequia periódicamente con luminosas y ligeras introspecciones. Mostrándose a sí mismo como si fuera un espejo donde nos vemos a nosotros mismos, deseando, riéndonos en color, cuando la vida se vuelve en blanco y negro, que el fiel Sam vuelva a tocar su piano.

Edición en bruto
PARAMOUNT
Sueños de un seductor (Play it again, Sam, 1972), de Herbert Ross. Color
Formato 1:78:1
Dolby digital mono
Idiomas: inglés, francés, alemán e italiano
Subtítulos: inglés, alemán, francés, danés, español, holandés, sueco, noruego y turco
Precio recomendado: 24.01 euros
No contiene extras




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