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Nietzsche y la música de su tiempo

Friedrich Nietzsche, 100 años de su muerte

 | 21/06/2000 |  Edición impresa


Otorgo a la figura, la obra y el pensamiento de Friedrich Nietzsche un importante papel como uno de los protagonistas responsables del desarrollo de la cultura de la segunda mitad del siglo XIX, al igual que toda persona que se acerca con espíritu abierto a este atractivo momento de nuestra historia. Sin embargo, no considero a Friedrich Nietzsche un creador sistemático. Antes bien, lo tengo por un pensador enormemente sugerente e imaginativo, al mismo tiempo que fragmentario y hasta contradictorio. Desde estas personales premisas voy a comentar alguna faceta de su importante y larga relación con la música.

Nietzsche fue un gran conocedor de este arte y al mismo tiempo un músico por vocación y afición: un músico autodidacta pero un músico activo. Sabido es cómo en su juventud dudó largo tiempo antes de decidir dedicar sus principales esfuerzos a algo que no fuera estrictamente musical. Compuso un buen número de obras entre las que me gustaría destacar una extraña obra orquestal escrita en 1864 titulada "Eine Sylvesternacht" y una réplica o continuación de la misma, diez años más tarde que tituló "Nachhall einer Sylvesternacht" ("Una noche de San Silvestre" y "Ecos de una noche de San Silvestre") que demuestran su imaginación y fantasía.

Quiero también resaltar una faceta que considero fundamental en el estudio de su personalidad: su extraordinaria capacidad de improvisación. Podía, ante el piano, estar horas improvisando y, según testimonios tan autorizados como los de Ricardo Wagner y Hans von Bülow, así "crear" una música que superaba en ideas, audacia, creatividad y fantasía a lo que luego quedaba reflejado en la partituras escritas. Toda persona con un mínimo de sensibilidad musical es capaz de intuir en una ráfaga de tiempo, una sonoridad, un contrapunto o una armonía. Si esa sensibilidad se desarrolla, puede llegar a percibir una gran forma completa que está en el tiempo e imaginar en un instante una obra de amplias dimensiones. También, si tiene la técnica mecánica necesaria, será capaz de reflejar ante el piano o cualquier otro instrumento, ideas que nacen en un tiempo real. Ahora bien, esa música imaginada y "sonante", sólo puede adquirir la categoría de obra de creación cuando su autor la fija por medio de unos signos -cualesquiera- para que otra persona  - el intérprete- pueda volver a crear  -a recrear, a interpretar- ese orden formal que en sí mismo está en el tiempo pero que ha de ser fijado en la partitura para poder llegar a ser. .

El elemento esencial de la música es el sonido. Pero ninguno de los cuatro parámetros del mismo -altura, duración, intensidad y timbre- tienen una exacta fijación posible. Para llegar pues, a la perfección en ese juego creativo entre la férrea imposición que obliga lo escrito y la libertad que se le pide al intérprete para que recree la obra, es necesario el dominio de unas técnicas compositivas que sean capaces de racionalizar la intuición del compositor para servir de principio a la creatividad del intérprete. Una técnica mediocre, una técnica solamente aprendida en imitación de lo que ya ha sido hecho, empobrece cualquier pensamiento inicial de su creador. Una técnica nacida de la individualidad del proceso creativo y nacida de la propia necesidad creativa del mismo, engrandece ese pensamiento hasta el infinito. De esta técnica es, según mi criterio, de la que carecía el genio de Nietzsche, más cerca de la pura intuición que de la razón ordenada. Quizá este aspecto de su personalidad podremos constatarlo en algunos de sus escritos, ensayos y crítica y no sólo los realizados sobre la música.

De todos es bien conocida, cómo a partir de sus años de residencia en Leipzig, la pasión y la contundencia con que defendió la obra de Wagner, considerándola como la música del futuro tanto en su concepción técnica, estética como ética. También es suficientemente famoso el cambio de actitud en la última etapa de su vida en la que otorgó a George Bizet y su ópera Carmen la cumbre más alta de la creación musical de la segunda mitad del siglo XIX. En esta música situó el germen sobre el que se iba a construir el futuro, que en su etapa wagneriana había otorgado al compositor alemán y a su entorno.

Nietzsche consideraba al ser humano como el único ser vivo todavía "no fijado". Los otros seres de la naturaleza que componen el mundo animal, tiene en el instinto el medio infalible para llegar a ser lo que son; el hombre, no. Defendía que hay "algo fundamentalmente defectuoso en el hombre", y eso, que es el germen que lo enferma, "constituye al mismo tiempo su máximo valor." Si a este pensamiento añadimos sus ideas de cómo lo negativo es el principio para crear, es decir, primero negar para después afirmar, destruir para crear, aniquilar para producir, y que el aspecto negativo de esta idea corre a cargo de la crítica racional mientras que el lado positivo encuentra en la "absoluta espontaneidad de la libertad humana, el medio mediante el cual el hombre se produce a sí mismo", tendremos un resumen del fundamento donde tiene su base gran parte de su pensamiento. .

Destruir la realidad para después crear un ideal que el hombre debe alcanzar: el superhombre. Enfrentarse a la concepción musical que más cerca está de la razón, como es el mundo wagneriano, para destruirlo y más tarde defender aquellas obras en que la espontaneidad se sitúa en un primer término, tendencia en la que Carmen y la música de su entorno podría ser el mejor ejemplo de ese pensamiento. Estas ideas quedan perfectamente reflejadas en sus escritos de 1873 en los que ensalza a Ricardo Wagner ya su obra, y que culminan en uno de los más bellos e importantes ensayos sobre el autor del Tristán: Ricardo Wagner en Bayreuth. Tan sólo diez años más tarde publica El caso Wagner y Nietzsche contra Wagner, que son más libelos que crítica propiamente dicha. De esos mismos años es un escrito que sólo se publicaría después de la muerte del pensador cuyo título es Glosas marginales de F. Nietzsche sobre la 'Carmen' de Bizet donde se exponen sus nuevas ideas en contradicción total con las de su juventud y en las que se glorifica al máximo posible la obra del compositor francés. Considerando que Ricardo Wagner y Claude Debussy constituyen las columnas básicas sobre las que se asienta la música de finales del siglo XIX y que van a ejercer su influencia durante todo el siglo XX basta bien entrados nuestros días y considerando su crítica feroz al primero y su total silencio respecto al mundo que se abría en la obra del segundo, es por lo que me he atrevido a hacer las afirmaciones del principio de estas líneas: Nietzsche es un pensador sugerente, imaginativo y atractivo; un creador no sistemático, fragmentario y contradictorio al menos en lo que se refleja en sus escritos sobre la creación musical que se estaba realizando en su entorno.

En sus últimos años, en Carmen y, lo que es curioso y significativo, en algunas obras de la zarzuela española del momento, encontró las bases para defender su concepto de la espontaneidad tanto en la condición misma del ser humano como en su faceta de creador de música por encima de cualquier otro valor. Es la etapa en la que criticó duramente y desdeñó toda música en la que la razón y la inteligencia se sitúan en un mismo grado de interés y en la que una técnica racional se pone al servicio de la comunicación sensible.

No en vano era Nietzsche un músico que cuando improvisaba al piano sus ideas musicales, según testimonios del más alto valor, rozaba la genialidad; pero cuando plasmaba esas ideas y las fijaba en una partitura, realidad intemporal que contiene una forma y un pensamiento que se desarrolla en el tiempo, no superaba la mediocridad. Si en el resto de su amplia e importante obra pueden apreciarse características parecidas, lo dejo en mano de los especialistas. Cristóbal HALFFTER




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