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Sábado, 19 de abril de 2014
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Simón Marchán, sobre "La deshumanización del arte"

"Ortega asumió la ruptura"

Ortega y Gasset, hoy

El catedrático de Estética de la UNED, Simón Marchán, participará en el congreso sobre Ortega y Gasset con la conferencia Modernidad y vanguardia. Para Marchán, La deshumanización del arte sigue siendo un texto de referencia para abordar la tradición de lo nuevo en un periodo en el que nuestras vanguardias empezaban a desarrollarse.


JAVIER LÓPEZ REJAS | 08/11/2000 |  Edición impresa


El arte y las masas, el arte ante el hombre “egregio”, el arte como temperamento y la hostilidad hacia lo real son algunas de las cuestiones que Ortega y Gasset analiza en La deshumanización del arte, un lúcido ensayo escrito en un época de auténticas convulsiones estéticas en el que, según Simón Marchán, Ortega se presenta como el primero en tomar conciencia del imperativo de la modernidad.

-Desde la perspectiva actual, ¿han sido superadas las consideraciones estéticas realizadas en La deshumanización del arte?
-Creo que sigue siendo una lectura de referencia básica para abordar nuestra tradición de lo nuevo, pues Ortega fue posiblemente el primero en tomar conciencia de lo moderno no sólo como algo superior a lo antiguo, sino en cuanto imperativo para el arte a la altura de los tiempos; se percató con lucidez de los procesos de cambio en curso cuando, en la realidad española, apenas estaban despuntando.

-Según esa realidad, al final Ortega señala categóricamente la imposibilidad de volver hacia atrás en el proceso iniciado con las vanguardias. ¿Pudo equivocarse?
-Ciertamente, la agresividad y la burla frente al arte tradicional, al considerado como viejo, se guían por un instinto futurista que imposibilita o al menos no hace aconsejable volver la vista atrás.

Legitimación de lo nuevo

»Ortega asume sin decirlo dos hipótesis compartidas por los impulsores del arte nuevo: la ideología de la ruptura radical, la ruptura con todo el pasado del arte, por un lado, y la concepción evolutiva, un tanto lineal, de la historia del arte moderno. Abogando por la legitimación de lo nuevo en unas condiciones históricas y culturales nada favorables, no se equivoca en sus pronósticos respecto a su actualidad, si bien no podía vislumbrar el destino postmoderno, postvanguardista, postformalista, posthistórico o como se quiera del arte.

-¿Considera su admiración por la obra de Zuloaga como un reflejo de su concepción estética?
-Me da la impresión de que la nueva sensibilidad estética que Ortega capta atinadamente en La deshumanización del arte se distancia, entra incluso en conflicto con su sensibilidad personal hacia una modernidad más atemperada, casi racial. Precisamente, hacia aquélla que desde unos años antes encarnaba para él la pintura de Zuloaga.

-¿Cuál cree que fueron las intenciones últimas de Ortega?
-Ante todo, intenta comprender sin ira ni entusiasmo los propósitos artísticos compartidos por las diversas tendencias del nuevo arte, la nueva Kunstwollen o voluntad artística colectiva. No obstante, consciente de que en España no existe una vanguardia a la manera de otros países europeos, como Alemania o Francia, propone, sin embargo, a la manera de aquélla, el primado de la teoría y de los programas sobre las mismas obras, las intenciones sobre las realizaciones. Roza así la consideración de la vanguardia no sólo como renovación formal, sino en cuanto proyecto insatisfecho. ¡Lástima que no se moviera más a ras de tierra y nos ofreciera más pistas sobre aquellas manifestaciones o nombres propios que suscitaban sus reflexiones!

-¿Puso las bases “conceptuales” de la Generación del 27?
-Contribuyó a ello, aunque creo que sintonizaba más con la Generación del 98. Sería excesivo prescindir de otros autores coetáneos, sobre todo en el campo literario los ensayos de Guillermo de la Torre.

Un triunfo sobre lo humano

-¿Era necesaria la “deshumanización” del arte para su evolución o revolución? ¿No era esto lo que intentaba insinuar el propio Ortega?
-La deshumanización suponía una eliminación progresiva de los elementos o contenidos humanos. Incluso, un “triunfo sobre lo humano”, en una expresión que habría que matizar. Por vía afirmativa se resolvía en el abandono de la referencialidad, de la representación que entendía la mayoría, y un deslizamiento hacia la estilización formal, hacia la purificación, hacia el ensimismamiento del arte.

-¿Qué papel juega la interpretación filosófica de Ortega en la teorización de estas vanguardias?
-Es fundamental, y no sólo en la situación española, sino, como se ha visto hasta nuestros días, en la europea o norteamericana.

-El arte como vidrio, como transparencia, como cosmética, su negación, la ironía, la burla... conceptos muy gráficos para abrir un camino de reflexión ¿Hubo un antes y un después de estos estudios sobre la llamada estética deshumanizada?
-Los ensayos de Ortega abundan en figuras artísticas que promueven la reflexión sobre lo moderno en unas coordenadas larvadamente kantianas y románticas. Resultan sutiles sus pensamientos sobre el poder de acomodación a lo virtual, a la ficción del arte, otros tantos sinónimos, como buen administrador de la Ilustración, sobre la diferenciación de la experiencia artística respecto a la cotidiana. Entre otras muchas aportaciones, destacaría en primer lugar la introducción en la crítica y el debate teórico sobre la contraposición entre el arte de minorías y el arte de masas, intuición pionera que desplegará en La rebelión de las masas y será uno de los puntos de partida en las posteriores consideraciones postmodernas. Y una segunda que suele pasar más desapercibida: antes que Walter Benjamin y otros, Ortega reflexiona hacia una estética del espectador, hacia una “estética de la recepción”.




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