LUIS ANTONIO DE VILLENA | Publicado el 06/06/2001 | Ver el número en PDF
No es mucha -si mis cuentas no fallan- la poesía de Charles Bukowski (1920-1994) que se ha traducido en España. Mientras vivió fue sobre todo para nosotros, y para muchos otros lectores no anglosajones, un prosista autor de novelas y relatos donde triunfaba una cierta pornografía provocadora, o al menos un inconforme realismo sucio. En esa senda lo dio a conocer Anagrama, hace ya bastantes años, con títulos como Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones o Escritos de un viejo indecente. Fue en una antología póstuma -y muy bien hecha- de la entera labor de Bukowski, Peleando a la contra (1995), donde aparecen, por primera vez en España, gran número de poemas del viejo de la cara picada que arrastraba gustosamente una leyenda de inconforme, borracho y follador. Son poemas -a veces estupendos- de verso irregular, coloquial, narrativo (algo emparentado con Carver) y frecuentemente dotados de gran intensidad, de una enorme potencia lírica, dentro de ese realismo que puede mirarse a un espejo casi curvo. Después apareció El infierno es un lugar solitario (1997), el único libro de poemas hasta hoy del viejo indecente entre nosotros, con textos -mejores o peores- en la línea que acabo de mencionar. Madrigales de la pensión -nos cuenta su traductor y prologuista- aunque publicado en inglés en 1988, recoge los primeros poemas que se conservan de Bukowski, los que publicaba en pequeñas y olvidadas revistas que frecuentemente no pagaban (como ahora) cuando él era un desconocido y desarraigado bohemio que gastaba sus asuetos entre borracheras y mujeres en un mundo sórdido, de cuartos de pensión barata, que se le volvía oneroso y terrible, pero del que Bukowski concluyó por extraer casi toda su obra narrativa y lírica. El Bukowski de antes de la fama -en la década de los 70- cuando acababa de cumplir cincuenta años...