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Cartas de España

José Blanco White

Trad. y ed. Antonio Garnica. Fundación J.M. Lara. Sevilla, 2004. 496 pp, 24 e.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA | 11/11/2004 |  Edición impresa


Fusilamientos del 2 de mayo de 1808, de Goya

Quisiera uno pensar que el interés por la vida y obra del sevillano José Blanco White (1775-1841) está lo bastante vivo como para que esta edición de sus Cartas de España supusiera el comienzo de una nueva fase en su apreciación.

Vituperado o ignorado por los pocos estudiosos españoles que se ocuparon de su obra durante el siglo XIX, la recuperación de su memoria viene de la mano de Menéndez y Pelayo, que dedica al inconformista sevillano un estudio en su monumental Historia de los heterodoxos españoles. Habría que esperar varias décadas para que la figura de Blanco pasara a ocupar un honroso lugar en la historia del pensamiento liberal español y para que quienes atisbaban un horizonte de reformas políticas en España tras la muerte de Franco viesen en aquél un precursor lejano. Concluida esta fase, parece llegada la hora de una apreciación más ponderada y completa de la figura de Blanco White, que tuviera en cuenta no sólo su faceta de acerado crítico de la vida española de su tiempo, y especialmente del fanatismo religioso, sino también la dolida ecuanimidad con que juzga hechos a menudo ambiguos y comple- jos (la privanza de Godoy, la ocupación francesa, la subsiguiente “revolución” española, etc.) y los frecuentes atisbos de nostalgia con que el exiliado en Inglaterra reconsidera las viejas costumbres, tradiciones y rasgos de carácter de su patria o evoca a sus amigos.

Contribuyen a esta lectura de las Cartas (originariamente escritas en inglés y destinadas a un público inglés) los dos frustrados intentos de reanudación de la serie que Blanco llevó a cabo en 1833 (once años después de su primera edición en libro) y 1835. En ellos, el exiliado muestra bien a las claras que los males derivados de la intolerancia religiosa eran también visibles en la liberal Inglaterra. Igualmente, al iniciar estas tentativas, Blanco comprende que su libro de 1822 era la mascarilla mortuoria de un mundo ya periclitado, último testimonio de primera mano que pudiera alegarse sobre el mismo. El segundo de estos fragmentos ahora recuperados está dedicado a evocar las tentativas literarias del grupo de jóvenes sevilla- nos en el que Blanco sirvió su iniciación en las bellas letras.

Las Cartas abundan en recordatorios de esta clase, cuya mera enumeración bastaría para componer una sentida elegía sobre los destinos frustrados, las expectativas defraudadas y los talentos ahogados por una atmósfera hostil. Como otros libros memorialísticos, éste habla por toda una generación. Quizá sea éste el más romántico de los sentimientos que afloran en estas cartas. También lo es la emoción demorada con que desgrana la sensación de peligro que experimentó en su viaje de Madrid a Sevilla tras los acontecimientos del 2 de mayo de 1808, y la persistente nota de amargura surgida de su constatación de que las cosas siempre hubieran podido ser de otro modo... Habrá que esperar más de cien años para encontrar sentimientos semejantes en otro exiliado sevillano, también contradictoriamente vinculado al mundo anglosajón: el Cernuda de Ocnos. Blanco no pudo, o no quiso, inclinar del todo su balanza a favor de la nostalgia. En eso, que no en amargura o lucidez, le adelantó el poeta.




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