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Miércoles, 16 de abril de 2014
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El arte de la memoria

Frances A. Yates

Traducción de Ignacio Gómez de Liaño. Siruela. Madrid, 2005. 495 páginas, 34 euros

No hace muchas semanas que al comentar la obra de Aby Warburg, El renacimiento del paganismo, hablaba de los buenos frutos que había dado el Instituto Warburg a partir de su traslado de Alemania a Londres en 1933.


ANTONIO COLINAS | 22/09/2005 |  Edición impresa


Frances A. Yates. Foto: Archivo

Pues bien, Frances Yates, ha sido una de las personas claves del mismo, así como sus estudios sobre lo que podríamos reconocer a grandes rasgos como el pensamiento hermético o iniciado, que están ya prácticamente traducidos al español, aunque no siempre en ediciones asequibles. Recordemos su Giordano Bruno y la tradición hermética, el Iluminismo Rosacruz, o algunos de sus Ensayos reunidos, referidos también a las figuras de Bruno y de quien mucho influyera sobre él, Ramon Llull.

De continuo se interrelacionan los temas en la obra de Yates y la figura del napolitano Giordano Bruno resulta primordial en su análisis. Así sucede en el libro que hoy comentamos, El Arte de la memoria, que ha tenido al traductor español ideal en Ignacio Gómez de Liaño, el cual, además de las significativas obras que nos ha ofrecido últimamente tiene en su haber un libro al que Bruno no es ajeno, El idioma de la imaginación. La versión que Liaño nos ofrece de El arte de la memoria es muy clara y precisa, cualidades necesarias en una obra de desarrollo extremadamente sutil y complejo como es ésta.

El arte de la memoria bien pudo nacer al tiempo que el pensamiento filosófico y que su inicial creador, el poeta griego Simónides de Ceos, hacia el año 500 a. de C.. El arte de la memoria tuvo, a partir de entonces, una presencia muy viva en las culturas griega y romana. Se reavivará en el Medievo a través de la escolástica e irrumpirá con más fuerza en el Renacimiento con el neoplatonismo y el lulismo. El nombre central de este extraño y misterioso arte acabará siendo Giordano Bruno, cuyo dominio de dicho saber se disputarán las cortes europeas tras su huida de Italia. Ya de regreso a su país, uno de sus últimos protectores, Giovanni Mocenigo -quizá por no entregarle Bruno el secreto total de su extraordinario conocimiento memorístico-, lo pondrá en manos del Santo Oficio romano, que lo entregó a la hoguera. Sobre los diálogos de Bruno y sobre sus últimas obras, se centran una buena parte de los capítulos del libro de Yates.

Antes, nos ha ido desvelando los orígenes en Simónides -basados en una anécdota ciceroniana-, y el puntual desarrollo del arte de la memoria, que pasa luego por dos nombres y una obra claves del mundo latino -Quintiliano, Cicerón, Ad Herennium-, para centrarse más tarde en el análisis de la imaginería memorística de la Edad Media. Dos capítulos dedica la autora al Teatro de la Memoria de Giulio Camillo, que en el libro se nos sintetiza y despliega en un minucioso gráfico. Camillo, un profesor nacido en Bolonia hacia 1480 y que dedicó su vida a esta ideación por la que mostró un especial interés la corte del rey de Francia, había llegado a crear una gran maqueta de su teatro plagada de imágenes explicativas, pero no dejó expuesto en libro la compleja teoría de su teatro. En otro capítulo, Yates estudia la conexión de Camillo y de su teatro con el renacimiento veneciano.

Antes de pasar al estudio de Bruno, Yates dedica un capítulo a un reformador educativo del XVI, el francés Pierre de la Ramée (Petrus Ramus), otro devoto de la memoria y padre de los que se reconoce como ramismo. Yates cierra su libro estudiando el tema de los teatros de Robert Fludd y del shakespeariano del Globo, así como el desarrollo de este arte en el método científico. Los capítulos centrales sobre Giordano Bruno tienen la amenidad de un relato. Las peripecias de su vida, sus viajes y la originalidad ideas, acrecientan el interés del lector que busca razones sugestivas, y no ficciones, precisamente en estos tiempos en que triunfa en el mercado literario tanta superchería en torno al pensamiento hermético. El arte de la memoria es en Bruno algo esencial e inseparable de su pensamiento, de su panteísmo religioso y de su vida. Esa vida que, precisamente, le acabó arrancando su arte de la memoria, pues como afirma Frances A. Yates: “el arte de la memoria está en el mismísimo centro de la vida y muerte de Bruno”.




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