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Viernes, 22 de agosto de 2014
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Diccionario de los sentimientos

José Antonio Marina y Marisa López Penas

Anagrama. Barcelona, 1999. 468 páginas, 2.960 pesetas

Este diccionario pretende mostrar las relaciones del léxico con el conocimiento. De difícil clasificación, se trata de un riguroso trabajo, tamizado por algunos rasgos de humor


JOAQUÍN MARCO | 09/01/2000 |  Edición impresa


En La selva del lenguaje (1998) José Antonio Marina anunciaba ya la avanzada elaboración del presente libro. De hecho, aquél se nos presentaba como la introducción teórica del presente. Sin embargo, ambos pueden leerse con provecho por separado. Tampoco el lector debe impresionarse por su calificación como “diccionario”. Como apunta ya al comienzo: “es un diccionario cognitivo que pretende mostrar las relaciones del léxico con el conocimiento”. Y se muestra consciente de que “este libro estalla por todas sus costuras”. Su clasificación resulta difícil y el papel de “diccionario” con el que aparece se aplica con mucha flexibilidad. De hecho, un índice final de palabras, cuidadosamente elaborado, nos puede llevar al interior del estudio. Porque se trata de un riguroso trabajo, tamizado por algunos rasgos de humor, más que de un ensayo, aunque hayan imaginado que su autor aparezca como el extraterrestre Usbek, quien pretenderá averiguar las claves principales del alma humana. Ni es Gurb, el personaje de Mendoza, aunque se busque de otra forma el perspectivismo de las “Cartas” dieciochescas, ni el texto posee la menor relación con lo imaginario narrativo. Desde el comienzo se nos precisa cuál ha sido la distribución del trabajo: López Penas “ha cargado con el peso de la documentación léxica, tarea que al otro autor le ha parecido magistral y abrumadora” y Marina “ha aportado la documentación psicológica y antropológica, y es responsable de la redacción y de sus excesos”. Todo queda claro antes de adentrarse en la selva de sugerencias aptas para quienes, aún no siendo filólogos ni estudiosos de las ciencias del espíritu muestren interés por el lenguaje.

El objeto del análisis es la zona del lenguaje que Marina calificó de “sentimental”, cuya “selva [...] es así de enrevesada y magnífica”. Los materiales objeto del análisis son las definiciones de los diccionarios de la lengua española que, en parte, se relacionan al final. Hubieran podido ampliarse si los autores hubieran tomado en consideración el que en el mundo latino y en el germánico, los calificados como “diccionarios enciclipédicos” contienen también definiciones léxicas, algunas renovadoras. Por ejemplo, el Espasa, el “Salvat universal”, el Brockhaus o el Webster. Pero ir añadiendo materiales a la ingente cantidad de fichas con que los autores han trabajado no hubiera variado las conclusiones. Este Diccionario de los sentimientos puede no entenderse como diccionario, aunque se base en ellos. No se trata de una suma de definiciones. Como ya se ha dicho, los autores han buscado un “diccionario cognitivo”. Sin velar la metodología, ni las amplias lecturas realizadas cuya referencia se encontrará en el “Epílogo archierudito para hiperespecialistas, que puede leer todo el mundo” con agrado y provecho, en uno de los apéndices Marina traza los límites de la investigación: “Hemos comenzado analizando las palabras que designan emociones, afectos, sentimientos, sin ser muy estrictos en su selección, dejando que el mismo diccionario nos guiara. Cada uno de los sentimientos pertenece a una familia léxica (amor, amar, amante, enamorar, enamoradizo, amable, etc.) Prolongando el análisis hemos comprobado que las familias no permanecen aisladas, sino que por medio de referencias cruzadas o de elementos comunes se agrupan en clanes, y éstos en tribus. Por ejemplo, nostalgia y añoranza forman un clan. Y junto a melancolía, tristeza, desamparo y compasión forman la tribu de los sentimientos de pérdida”. Una vez determinadas esas tribus sentimentales castellanas se han comparado con las de otras lenguas y los comportamientos con otros exóticos, siguiendo las pautas de la antropología cultural y desbordando diversas disciplinas.

El lenguaje constituye la base, pero cuando Marina escribe: “Hay un peculiar tipo de admiración desencadenada por el comportamiento de un ser humano. En ella se fundó durante mucho tiempo la enseñanza moral. Es lo que Bergson llamó la atracción del héroe, un sentimiento que en la actualidad ha caído en desuso. Más aún, es visto con desconfianza. Los humanos occidentales sostienen una confusa idea de igualdad” ¿se mueve en el ámbito de la filosofía, de la ética, de la crítica a la sociedad? No importa, porque el análisis semántico escapa de los límites y, por ello, el libro es un ejemplo de estudio multidisciplinar, en el que cabe valorar la capacidad expositiva y el sentido didáctico que le otorga su autor. No descubre una palabra, en castellano, para designar la experiencia estética: “Todas las culturas tienen experiencia de la belleza. Me ha llamado la atención la palabra tzamal, usada por los tojolabales, un pueblo maya de los altos Chiapas. Suele traducirse por bello, pero significa lo que manifiesta el corazón alegre de las cosas y de las personas. Lo que en indoeuropeo significaba la raíz due-. El mundo es un pañuelo”, concluye. El capítulo VI, dedicado a “Historias del amor”, resultará el más frecuentado. Sigue en parte el esquema orteguiano, aunque le añade múltiples consideraciones que escapan al tema, porque “hay tantos tipos de amor como tipos de objetos y tipos de deseo”. El objetivo consistirá en catalogarlos. Los 18 capítulos, en su mayor parte “Historias”, en los que divide el estudio se sintetizan en lo que califica como “mapas léxicos” (términos generales, taxonomía afectiva y tribus motivacionales y sentimentales). El índice nos situará cada palabra en su taxonomía. La conclusión de tamaño esfuerzo no se reduce a comprobar que el lenguaje humano carece de precisión. Su objetivo consiste en demostrar, a través de someter las palabras a un peculiar psicoanálisis, que “hay experiencias que afectan al ser humano en su totalidad”. El camino de las definiciones de los diccionarios resulta tan bueno como otro cualquiera, aunque los lexicógrafos se desmanden en ocasiones. Pero usamos el lenguaje sin tener plena conciencia de sus contenidos, de sus recónditas y evidentes significaciones. Marina pretende demostrar que los conjuntos no son fruto del desorden y podrían resultar universales.




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