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Sábado, 26 de julio de 2014
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El resplandor de la madera

Héctor Aguilar Camín

Alfaguara. Madrid, 1999. 510 páginas, 2.950 pesetas

JOAQUÍN MARCO | 19/12/1999 |  Edición impresa


No sólo por su amplia extensión, sino por su ambición globalizadora y su estilo lleno de fuerza poética y descriptiva, El resplandor de la madera debe entenderse como una novela excepcional en el ámbito de la narrativa mexicana de hoy. Más caribeña, elaborada con recursos de oralidad, se plantea en forma de saga y, a la vez, inevitablemente, pese a sus notables diferencias, nos lleva a recordar Cien años de soledad. También aquí aparecerán recursos mágicos, múltiples historias de parientes y conocidos, situadas en épocas distintas, que confluyen.

El novelista se ha servido de un cronista, Presciliano Caín, hermanastro de los Cesares, convertido en narrador de un pueblo en ruinas, al que acudirá finalmente el último de los Casares, acompañado de su hijo. Y, como un signo característico más de la novela latinoamericana, el lector alcanzará hasta la fundación de Carrizales. El poder de Cien años de soledad sigue gravitando sobre la novela hispanoamericana de mayor aliento. Sin embargo, la “Advertencia” que ha de servir para adentrarse en el libro nos recordará el “Tablero de Dirección” de Rayuela, porque Aguilar Camín nos ofrece tres posibilidades de lectura. Los capítulos llevan como título “Casares”, si se narra en el presente o “Carrizales” si se atiende al pasado, todo ellos numerados. Se alternarán hasta confluir alrededor de la página 397. El espacio de la narración es menos imaginario que Macondo, menos simbólico. Aquí la caoba ha sustituido el banano y las Revoluciones que se suceden apenas alternan el ritmo del un país objeto de la corrupción y víctima de las fuerzas naturales, como el ciclón que arrasará Carrizales y supondrá el inicio de su decadencia.

Los puntos de contacto con la novela -ya un clásico- de García Márquez no finalizan aquí. También en El resplandor... aparecen elementos sobrenaturales. La madre muerta se aparece en sueños a Casares y le acaricia; Julia, su hermana, tiene presagios; hay una eficaz echadora de cartas; figuran profecías, como la de Mariano Casares sobre su hijo. Pero el efecto de los paralelismos y de las simetrías (originadas en Borges y reelaboradas con tanta maestría por García Márquez) constituye, tal vez, lo que nos sugiere el paralelismo de ambas novelas. La ciudad en la que se desarrolla el presente es México D.F., aunque el narrador evite mencionar cualquier referencia urbana. La República de Miranda, donde se talan los bosques de la preciada caoba que habría de constituir la base de la fortuna de los Casares, dispone de un río para el arrastre de los troncos y es navegable, ya que uno de los hermanos posee una flota arrastrera. La otra orilla del río es o fue colonia británica.

En el inicio de la novela podemos adivinar ya el desarrollo de un presente que se convertirá en una lucha contra el destino, encarnado en la figura de Serrano, su socio y posterior enemigo. Aguilar Camín traza con gran efectividad, además, las figuras femeninas que pueblan estas páginas; los los amores y desamores inciden decisivamente en la trama. Pero Rosa se nos antoja la fundadora de la dinastía, hija de un albañil asturiano. Pese a su aparente pasividad, la mujer, desde la casa en la que gobierna o a través de los hijos tejerá el anverso de la trama que el hombre traza en busca del poder y la venganza. El hijo de su enemigo se convertirá casi en su hermano, con el callado asentimiento de Dolores, su madre. Alianzas familiares y corrupciones policiales y políticas, que llevarán hasta el secuestro del hijo de Casares, como marco de una acción trepidante, constituirán el telón de fondo de una acción conducida al ritmo de capítulos cortados en mitad del clímax, siguiendo la tradición de la novela folletinesca. El mundo rural y el urbano constituyen anverso y reverso de unos destinos predeterminados. Si el lector ha elegido, como conviene, la lectura lineal comprobará cómo cada una de las múltiples piezas encaja a la prefección y se nos dará cuenta del destino concedido a cada personaje. Apenas si hay referencias temporales, hacia 1900 (en la pág. 41). Cuando es detenido en el aeropuerto en la ciudad de México el protagonista cuenta cuarenta y tres años (p. 139). La atracción por el dinero, fortunas que se forjan y desaparecen, equivale a la fiebre por la caoba y el monte. Tras ellos, el poder, la Iglesia y el ejército mueven sus hilos sutilmente. Aguilar Camín se nos antoja un brillante ajedrecista: mueve las múltiples piezas a la perfección, traza los destinos de sus personajes con sólida perspicacia. Trata los enredos amorosos con el oportuno dramatismo, si lo requieren, o con humor reconfortante. Desciende hasta el dramatismo de la vejez y el abandono, pero todo parece capaz de girar, de forma inesperada, en dirección contraria, salvo la muerte. La novela se cierra circularmente con la descripción de la fundación de la ciudad de Carrizales, ya en ruinas. El novelista ha sabido hacer desfilar ante nuestros ojos la vida de un mundo desaparecido. Sabemos que hay un presente en la ciudad lejana, aunque lo fundamental para Casares y su hijo parece ser recordar y reconocerse.




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