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Cartas (1927-1984)

LUIS Á. PIÑER Y GERARDO DIEGO

Pre-textos. Valencia, 2001.320 págs, 3.000 ptas

Pese a los reconocimientos oficiales que tuvo al fin de su vida (y al redescubrimiento atento y los muy cuidados estudios de su valedor el profesor Díaz de Guereñu) mi sensación es que Luis Á. Piñer (1910-1999) sigue siendo un poeta menor en la esfera del 27.


LUIS ANTONIO DE VILLENA | 26/09/2001 |  Edición impresa


Un poeta y un amante y pensador de la poesía (pues no quiero olvidar sus Tres ensayos de teoría, escritos a mediados de los 40, pero publicados en 1992) que no tuvo su público a tiempo, y fuera de ese tiempo, si siempre mostró una poesía digna y cuidada, raramente de voz nítida o en hora. Su correspondencia con Gerardo Diego viene a demostrar (aun siendo parcial, no se conservan todas las cartas cambiadas) algo de ese camino desafortunado. Una vez más, Díaz de Guereñu ha hecho un prólogo atinado a esta correspondenciaa la que ha colmado de abundantísimo aparato de notas.

Las cartas (más de Piñer que de Diego) se abren en agosto de 1927, cuando un jovencito Luis álvarez Piñer, desde su natal Gijón, escribe a Gerardo Diego a Santander. Piñer es un muchacho muy interesado por la poesía, y Diego ya un joven maestro. Piñer se muestra como un devoto de la obra de Diego y como un claro interesado por la poesía más nueva. Y adjunta a su carta un poema dedicado al fallecido Juan Gris. La primera carta conservada de Gerardo es de julio de 1934, y es una tarjeta postal desde Santaraille, el pueblo francés de Germaine Marin, la mujer con la que se acaba de casar. La sensación que tiene el lector -teniendo en cuenta que faltan cartas- es que Gerardo Diego llegó a ser buen amigo de Piñer, sin saber en qué medida admiraba la poesía de ese amigo/discípulo que estuvo en sus revistas Carmen y Lola, cercano -de entrada- al creacionismo y al surrealismo moderado. Las más abundantes y más largas cartas de Piñer -sobre todo antes de la Guerra Civil- muestran a un devoto del maestro, a alguien muy metido en el parnasillo literario y que no cesa de enviarle poemas a Diego. En la guerra quedan ambos en bandos contrarios, y mientras a Gerardo no le va mal, a Piñer le va peor. Ahí se derrumban muchas cosas, entre otras, la voluntad o posibilidad de Piñer de conectar con el público. Y en ese tiempo (1938-1941) es cuando las cartas de Gerardo parecen más amistosas. Pero luego de 1945 todo es ocasional ya, y aunque en 1980 (cuando a Gerardo le conceden, junto a Borges, el premio Cervantes) se recupera la conexión -Piñer le felicita por el galardón- las últimas cartas, de 1984, en las que reaparece el tema Larrea-Vallejo, son más circunstanciales y menos apasionadas. Un libro curioso y bien editado que muestra una amistad y una conexión literaria en un poeta, Luis á. Piñer, que sigue pareciendo un buen poeta menor. Un poeta que se sintió inseguro (no de vocación) y al que las circunstancias no ayudaron.





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