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Jueves, 17 de abril de 2014
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Francisco Pizarro y la conquista del imperio inca

Bernard Lavallé

Traducción de Sandra Recarte. Espasa. Madrid, 2005. 340 páginas, 24’90 euros

La historia de la conquista del Nuevo Mundo mezcla hazañas colectivas e individuales, que bien pudieran haber formado parte de la épica clásica, con altas dosis de crueldad. Las primeras nos siguen sorprendiendo, al comparar los medios de la época y las increíbles dificultades del entorno, con la tenacidad y el valor de sus protagonistas, guiados esencialmente por el afán de poder y riqueza.


LUIS RIBOT | 24/11/2005 |  Edición impresa


Las crueldades aún nos sobrecogen, si bien eran bastante habituales también en las guerras europeas, o en la mayoría de los procedimientos judiciales. No podemos caer en el absurdo de considerar a los españoles peores que otros pueblos. Como escribe Lavallé, ¿qué conquista, en la historia del mundo, se ha ahorrado crímenes y tragedias? Los propios pueblos indígenas de América eran bastante sanguinarios y recurrían habitualmente al engaño y la crueldad con los españoles.

Lo dicho hasta aquí nos da una de las claves de esta biografía de Pizarro: su equilibrio y mesura, lejos tanto de exaltaciones como de condenas. Una segunda característica es su condición de libro de síntesis, pues no se basa en una investigación original, sino en las biografías existentes -en especial la del peruano José Antonio Del Busto Duthurburu-, así como en un buen conocimiento de las crónicas de la conquista. El estilo ágil y una notable capacidad narrativa -deudora en muchos casos de las crónicas- facilitan su lectura. Lástima que en la traducción, por lo general correcta, se haya deslizado algún error, como hablar de un “uniforme” -en lugar de un hábito- de la orden de Santiago (pág. 262).

La vida de Francisco Pizarro es sintomática de las posibilidades -y los riesgos- que la aventura de la conquista ofrecía a personalidades ambiciosas y decididas. Hijo natural de un hidalgo extremeño y analfabeto, fue probablemente soldado en Italia (1595-1598), para pasar después al Nuevo Mundo, enrolado a las órdenes de Nicolás de Ovando (1502). En Santo Domingo participaría seguramente en las sangrientas expediciones de “sometimiento” de los indios, o de captura de mano de obra y búsqueda de oro en la costa del continente. Allí comenzó a tener un cierto protagonismo, que se incrementaría posteriormente merced a su participación en el descubrimiento y conquista del Istmo, hasta convertirse, a comienzos de los años veinte, en lugarteniente del gobernador Pedrarias Dávila y regidor de Panamá, la primera ciudad fundada en el Pacífico. Allí concibió sus proyectos de avanzar hacia el sur, para lo cual, en 1522 constituiría la Compañía de Levante, teniendo como socios a Diego de Almagro y el clérigo Hernando de Luque. Tras el fracaso de los primeros intentos y el viaje a España en el que firmó con la corona las capitulaciones de Toledo para la conquista del Perú (1529), regresó a América acompañado de sus hermanos, que junto con parientes y conocidos extremeños habrían de tener una gran importancia en los descubrimientos.

Los años siguientes constituyen el centro y la parte mejor conocida de la vida de Pizarro. El libro se detiene pormenorizadamente en la descripción de la conquista del imperio incaico, marcada por la inteligencia y valor del conquistador, el arrojo de sus hombres, el temor que despertaban entre los indios sus armas y caballos, o la habilidad para dividir a los indios, aprovechando el odio hacia los incas o la propia división de éstos. Las conquistas de Cajamarca y Cuzco, la fundación de Lima y otra serie de episodios son analizados con detalle, lo mismo que los enfrentamientos que comenzaron a surgir pronto entre los españoles, divididos por las ambiciones, rencores, y diferencias en el reparto del botín. Tras el éxito, culminado en 1534-1535, las luchas entre bandos, que darían lugar a las guerras del Perú, acabaron enfrentando a los partidarios de Almagro -ajusticiado por Hernando Pizarro- con los de su hermano Francisco, el gobernador, asesinado por aquellos en 1541. Finalmente, Lavallé estudia las vicisitudes posteriores de los Pizarro, y los conflictos provocados por las leyes nuevas (1542), que marcaban el fin de la era de los conquistadores y la progresiva dependencia de los territorios indianos con respecto a la corona.




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