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Las musas

Walter Otto

Traducción de H. Bauzé. Siruela, 2005. 90 págs, 13’90 e.

Este pequeño libro es un apunte, un boceto, un dibujo. El gran filólogo autor de Dionisio, mito y culto y Los dioses de Grecia llevó a cabo este estudio que nos introduce en el fascinante mundo de las musas, hijas de Zeus y de Mnemosyne, la Memoria.


Eugenio TRIAS | 15/12/2005 |  Edición impresa


El libro las descubre en toda su majestad: inmortales, o casi inmortales, debido a su ascendente paterno, se abrevan de la fuente materna para transfigurar, con sus cánticos, sus danzas y sus escenificaciones dramáticas, el ser mismo de las cosas, del mundo. Habla y cántico permiten la epifanía de la realidad: esa es la sustancia de ese hermoso recurso mítico que constituye una exclusiva del genio griego, ya que no tiene paralelo en otros universos del mismo tronco común indoeuropeo. Hasta aquí Walter Otto, cuya aproximación se culmina con una reflexión filosófica, ontológica, sobre el habla y el cántico. Las musas dan nombre y sentido a esa unión de sonido y voz en la palabra, y en la música, que hermana para siempre a ambas. Walter Otto arranca de un examen de las ninfas, siempre referidas a un lugar de la naturaleza. De su realidad plural, acosada por sátiros y silenos, proceden de manera indirecta, por genial extrapolación, esas hijas de Zeus, nacidas quizás en el propio Olimpo, quizás en el monte Helicón, que son siempre acompañadas por dioses procedentes del padre de todos los inmortales, Apolo especialmente, que no en vano se llama musageta, conductor de las musas. Se sigue en la indagación de los hijos de las musas, dentro de los cuales el más insigne es Orfeo: máxima divinidad de los misterios divinos, capaz de visitar el mundo infernal y salir indemne, o de rescatar, en virtud de sus cánticos, y del tañido de la lira, a su amada la ninfa Eurídice.

El libro nos aproxima, por fin, a figuras como las sirenas, o las cigarras, que tienen también mucho que ver con este acercamiento griego a la música, o al consorcio de música y palabra, o de música y poesía. La música es, en sentido griego, la expresión del canto de las sirenas, monstruos marinos que asaltan al navegante, así en la Odisea. Aves que revolotean de forma amenazante por las embarcaciones. Lo embelesan, lo adormecen, o le provocan la muerte. Acaso también le infunden un saber radical, tan sensual, tan verdadero, tan hermoso, que termina con la vida de los marinos. De ahí la necesidad de tapar los oídos con cera para no escuchar sus cánticos, o de amarrarse con férreos límites, o cadenas inexpugnables, al mástil de la embarcación, como Ulises hace por consejo de la ninfa Circe, la hechicera.

Desarrolla Platón, en boca de Sócrates, en el Fedro, un mito probablemente original del filósofo, el mito del nacimiento de las cigarras, esos animales que pasan toda la vida cantando, desde que nacen hasta que mueren. A esa condición animal quedaron abocados los hombres que asistieron al nacimiento de las nueve musas, hijas de Zeus y de Mnemosyne. Quedaron tan embelesados por su música, por sus cantos y sus danzas que se olvidaron de comer, de beber, de dormir, y fueron muriendo sin remisión. Pero los dioses les permitieron transformarse en cigarras, que cantan toda la vida, sin necesidad de procurarse un alimento del que siempre pueden disponer.

El libro de Walter Otto sólo tiene un grave defecto: es excesivamente breve. El tema es tan apasionante que hubiese deseado el lector un texto diez veces más extenso.




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