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¿Qué es Occidente?

Philippe Nemo

Traducción de Lourdes Bigorra. Gota a gota. Madrid, 2006. 164 páginas, 20 euros

Profesor de la European School of Management y de la école des Hautes études Commerciales de París, Philippe Nemo (1949) es director científico del Centre de Recherche en Philosophie économique. Filósofo e historiador de ideas morales y política, es considerado el mayor especialista francés en la obra de Hayek y un experto en pedagogía. Tras el éxito de ¿Qué es Occidente?, traducido a cinco idiomas, Philippe Nemo prepara en la actualidad una Historia del liberalismo en Europa.


JUAN AVILÉS | 13/07/2006 |  Edición impresa


Philippe Nemo

Todos sabemos que Occidente existe, pero no es fácil definirlo, cuanto menos identificar sus orígenes. Philippe Nemo lo ha hecho de manera brillante en un pequeño libro que traza los rasgos fundamentales de nuestra identidad occidental, a partir de sus orígenes en Atenas, Roma y Jerusalén.

La dificultad de enfrentarse al concepto de Occidente viene de que se trata de una de las varias civilizaciones que hoy existen, pero es aquélla en la que nacieron históricamente algunas ideas que ya son patrimonio común de toda la humanidad. Aportaciones como los derechos humanos, la democracia o la economía de mercado han surgido en buena medida en el marco occidental, pero se están convirtiendo en el denominador común de todas las sociedades humanas, sin que ello implique una desaparición de las identidades culturales diferenciadas. ¿Cuál es pues la especificidad de Occidente? Nemo cree que hay que buscarla en el legado de una historia milenaria, de la que ha surgido una manera de ver el mundo que no resulta fácil de asimilar para quienes tienen tras de sí una tradición cultural distinta.

La síntesis que hace Nemo del legado griego, romano y bíblico resulta magistral, pues resume en muy pocas palabras un bagaje histórico que todos deberíamos haber asimilado en la escuela, pero que pocos en realidad han recibido. En las polis griegas surgió el concepto del Estado de derecho, basado en la igualdad jurídica de los ciudadanos y en la libertad bajo la ley, al mismo tiempo que se sentaban las bases de la ciencia, a partir del concepto de que la naturaleza se rige por leyes impersonales. Roma aportó sobre todo su derecho, que consagró el principio de la propiedad privada individual y proporcionó las bases jurídicas de la economía de mercado. Se trataba de un derecho universal que comenzó a surgir cuando los magistrados se plantearon la necesidad de unas normas aplicables a una creciente población inmigrante, ajena a las tradiciones romanas.

La tradición judeocristiana aportó por último unos elementos más difíciles de definir, pero no menos importantes: la insatisfacción ética respecto a la realidad existente y la aspiración a un mundo mejor. Frente a la serena visión del pensamiento grecolatino, que concibe la justicia como una cuestión de medidas y de límites, la Biblia plantea la aspiración a una perfección inalcanzable en este mundo, que ha dado lugar tanto a lecturas violentas del combate contra el mal, como a una interpretación pacífica que todo lo espera de la conversión de las mentes y los corazones. Pero en todo caso, es el corazón inquieto, en palabras de Agustín, el que caracteriza al hombre según esta tradición, que en tiempos contemporáneos se ha manifestado también en versiones laicas. Y otro momento crucial en el devenir de Occidente fue la que el autor denomina “revolución papal” de los siglos XI a XIII, en el contexto de la cual se habría producido la convergencia de las tradiciones grecolatina y judeocristiana, a través de una santificación de la razón que puso a la ciencia griega y al derecho romano al servicio de la ética y la escatología bíblicas.

El último de los capítulos históricos lo consagra el autor al triunfo contemporáneo de la libertad, en el triple terreno de la libertad intelectual, la democracia política y el liberalismo económico. Todo lo cual supone la difícil admisión del concepto de que el pluralismo conduce a un orden autoorganizado, en contraposición con el orden natural con el que a veces sueña la derecha y el orden estatal al que a veces aspira la izquierda. Nemo concluye su libro con una defensa de la especificidad occidental. Pretende incluso fijar unas fronteras a Occidente, limitándolo a Europa occidental, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Su pretensión de excluir del pleno Occidente, aunque sea de manera provisional, a la Europa centro-oriental, a América latina y a Israel no parece sin embargo muy fundada. Y tampoco parece muy realista su propuesta de fundar una Unión Occidental euroatlántica. Pero ello no quita valor a un libro que explica muy bien quiénes somos y de dónde venimos los occidentales.




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