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Martes, 02 de septiembre de 2014
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Los chicos salvajes

por William S. Burroughs

Descarnado y brutal, al fin ve la luz en España uno de los títulos míticos de William S. Burroughs, Los chicos salvajes es, en palabras de Martin Amis, "un tour de force de erotismo delirante, fragmentado en un torrente de conciencia. Burroughs no quiere convencernos ni transformarnos: él sólo quiere escribir bien y siempre lo consigue".


 | 27/07/2006 |  Edición impresa


William S. Burroughs

El Tío Mate sonríe
La cámara es el ojo de un buitre que sobrevuela una zona de matorrales, escombros y edificios a medio construir en las afueras de la ciudad de México.

Edificio de cinco plantas sin muros, sin escaleras... los ocupas han creado casas provisionales... los pisos están unidos con escaleras de mano... ladridos de perro, cacareos de gallina, un chico en el tejado hace un gesto de meneársela cuando la cámara pasa a su lado.

Cerca del suelo vemos la sombra de nuestras alas, bodegas taponadas con cardos, varillas de hierro oxidado que sobresalen como tallos de metal del hormigón agrietado, una botella rota bajo el sol, cómics de colores manchados de mierda, un niño indio apoyado en una pared, con las rodillas levantadas, comiéndose una naranja espolvoreada de pimentón.

La cámara hace un zoom y pasa por una casa de vecinos de ladrillo rojo llena de balcones donde ondean camisas de chulo de alegres colores: morado, amarillo, rosa, como los estandartes de una fortaleza medieval. En esos balcones vislumbramos flores, perros, gatos, pollos, una cabra con una cadena, un mono, una iguana. Los vecinos se asoman a los balcones para intercambiar cotilleos, aceite de cocina, queroseno y azúcar. Es una antigua pieza folklórica representada año tras año por extras sustitutos.

La cámara se aleja hacia la parte superior del edificio, donde dos balcones destacan contra el cielo. Los balcones no están exactamente uno encima del otro, porque el superior está algo retrasado. Y aquí la cámara se detiene... ESTAMOS EN EL PLATó.

Es una mañana soleada y ventosa color azul porcelana con media luna en el cielo. Joselito, el hijo maricón de la Tía Dolores, ha apoyado un espejo en el barril que recoge la lluvia y se está afeitando los largos pelos sedosos y negros del pecho al viento de la mañana, mientras canta:

—¡NO PEGUEN A MIJO!

Es un sonido intolerable, que hace tintinear las cucharillas encima de los platos y vibrar los cristales de las ventanas. Los vecinos murmuran, hoscos.

—Es el puto que canta.

—El hijo de Dolores —ella se santigua.

Un joven se baja de encima de su mujer, desalentado.

—No puedo con ese puto cantando.

—Es el hijo de Dolores. Ella tiene el ojo malo.

En cada habitación, la cara de Joselito cantando "NO PEGUEN A MIJO" se proyecta en la pared.

En la imagen se ve a un viejo paralizado y la cara de Joselito a sólo unos centímetros de la suya, gritando: "¡NO PEGUEN A MIJO!"

—Recuerda que es el hijo de Dolores.

—Y uno de los "Gatitos" de Lola.

La Tía Dolores es una anciana que lleva un quiosco de prensa y tabaco. Está claro que Joselito es su hijo el profesional.

En la galería de arriba está Esperanza, que acaba de llegar de las montañas porque su marido y todos sus hermanos están en prisión por haber cultivado adormidera. Es una mujer gorda, con los brazos como un luchador y que enseña los dientes en una mueca permanente. Se asoma por encima de la pared de la galería.

—¡Puto grosero, tus chingaos de pelos nos soplan en la cocina!

La imagen muestra los pelos que caen sobre la sopa y espolvorean una tortilla como si fuesen finas hierbas.

El epíteto "grosero" es demasiado para Joselito. Al darse la vuelta con rapidez se corta en el pecho. Se agarra la herida con expresión de consternación, como un santo moribundo en un cuadro de El Greco. Jadea: "¡MAMACITA!" y se inclina hacia las rojas baldosas de la galería, goteando sangre.

Esto saca a la Tía Dolores de su guarida debajo de las escaleras, un nido de ratas lleno de periódicos y revistas viejos. Sus ojos malos se suceden siguiendo un complejo calendario, y esos cálculos le ocupan muchas horas cada noche, instalada en su nido, donde resopla y gorjea y parlotea y garabatea en libretitas amontonadas en torno a su lecho con revistas de astrología... "Mañana, mi ojo de mediodía estará lleno..." Esta tabla de poderes suya es tan precisa que debe saber el día, hora, minuto y segundo para estar segura del ojo ascendente y para ese fin lleva siempre encima un surtido de relojes de pared, y de pulsera, y de sol, con correas y cadenas. Puede conseguir que sus dos ojos hagan cosas distintas, uno girar en el sentido de las agujas del reloj y el otro al contrario, o puede sacar un ojo hasta la mejilla surcado de furiosas venas rojas mientras el otro se hunde en una enigmática rendija gris. últimamente ha organizado un calendario de "ojos dulces", y se ha ganado un cierto renombre como curandera, aunque el Tío Mate dice que preferiría diez ojos malos suyos antes que uno de los dulces. Pero es un viejo amargado, que vive en el pasado.

Dolores es una máquina de guerra formidable, como un tanque ametrallador, que depende de un calendario milimétrico y del disco reflectante de su quiosco, no está bien diseñada para encuentros sorpresa.


Así comienza Los chicos salvajes (El Aleph Editores), de William S. Burroughs, que estará en las librerías el 19 de septiembre de 2006.


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