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Los chicos salvajes

William S. Burroughs

Traducción de Ana Herrera. El Aleph. 2006. 173 páginas, 18 euros

JOSÉ ANTONIO GURPEGUI | 28/09/2006 |  Edición impresa


William S. Burroughs. Foto: L. J.World.com

Apunta Luis Antonio de Villena en el Prólogo de Los chicos salvajes la posibilidad de encontrarnos ante la obra de Burroughs donde “... mejor combina experimentalismo y tradición, alegato político y continua sensualidad”, para concluir afirmando “Otro mundo es posible” (pág. 10). Difícilmente puede sintetizarse de forma más acertada lo que el lector encontrará en esta novela; si acaso puede completarse con “Otra literatura es posible”. Se trataría de la literatura de Burroughs caracterizada por su vocación experimentalista y trasgresora llegando a convertir lo uno y lo otro en esencia y núcleo de la creación artística. Una literatura sin concesiones, al estilo de su vida, donde se cuestionan todos los principios sociales, morales, religiosos y nada puede asumirse por principio; tal y como dejó claro desde su primeriza Yonqui, “Ser drogadicto no es una circunstancia, es un modo de vida”. Pero aún no había encontrado su propio estilo, que alcanzará su máxima representación en El almuerzo desnudo. “Make it new” había espetado Pound, y la máxima le resulta a Burroughs anticuada, aun cuando, co-mo el modernista, parezca recrearse con la idea de la literatura por la literatura: “Anguilas eléctricas lesbianas se contorsionan en una marisma haciendo chisporrotear sus vaginas... ” (pág. 28). La sexualidad que rebosan las páginas se traduce en una sensualidad narrativa casi pornográfica aunque para Burroughs “el porno como género aparte ha dejado de existir. Mostramos el sexo tal y como ocurre como parte de la vida.” (pág. 66).

El distanciamiento temporal en esta historia de tintes futuristas -respecto al momento de su redacción (1969)-, bien pudiéramos interpretarlo como un distanciamiento conceptual al más puro estilo austeriano de El país de las últimas cosas; de igual forma las digresiones espaciales -de México a Marruecos- tienen más de formal que de sustancial. Una sustancia argumental que se va perfilando bien avanzada la novela: en el norte de áfrica bandas de jóvenes adolescentes homosexuales, los chicos salvajes, han iniciado una revolución con el propósito de pulverizar el modelo social de finales del siglo XX: “Nos proponemos atacar la maquinaria policial por todas partes... Nos proponemos destruir todos los sistemas verbales dogmáticos... No queremos oír hablar ya más de familia, de madres, de padres, de policías, de curas, de países ni de partidos.” (pág. 133). USA y Europa no están dispuestos a permitir el desmadre e intentarán detener el avance de estas hordas de vándalos.

La historia se articula al modo de un rompecabezas en el que no todas las piezas tienen relación con el conjunto aunque, a modo de comodines, también pueden encajar en el conjunto. Incluso alguna de ellas resultan más interesantes como relato breve que como capítulo. Merece la pena destacar “El niño muerto” y también “Llamadme solo Joe”, que representa el nudo gordiano de la novela. Los chicos salvajes no es un libro de fácil lectura, pero Burroughs es un autor que “engancha”.




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