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revista de libros


Edición impresa |  LIBROS

Del dolor, la verdad y el bien

Miguel García-Baró

Sígueme. Salamanca, 2006. 318 páginas, 18 euros

  • Resultados:

Jacobo MUÑOZ | Publicado el 28/09/2006

El distinguido filósofo inglés A. J. Ayer, introductor en su país del positivismo lógico, gustaba de trazar una nítida línea divisoria entre filósofos “pontífices” y filósofos “jornaleros”. De un lado, pues, como objeto privilegiado del quehacer filosófico, las “ultimidades”, las experiencias “primordiales”, el ser y el sentido, las grandes preguntas-límite que desde siempre inquietaron al hombre y los grandes trazados categoriales. De otro, el modesto trabajo en la preparación del terreno y en la limpieza de algunos escombros que “obstaculizan la marcha del saber”. Va de suyo que la autoexigente elaboración de una metafísica vivida y asumida como aproximación a lo Absoluto o lo que es igual, a la “naturaleza absoluta de la esperanza” a que Miguel García-Baró está entregado desde hace años obliga a situarlo entre los primeros. Sea como fuere, este libro riguroso representa un paso adelante en esta dirección, por lo que García-Baró camina de la mano de Husserl y San Agustín, de Kierkegaard y otros “grandes” de la tradición, entre los que no figura Heidegger, de modo sumamente creativo e independiente.
Fiel a lo que Husserl llamó “el imperativo categórico de la vida teorética”, que impone “no aceptar como verdadero nada que antes no haya sido llevado por quien lo asume hasta la experiencia originaria que le corresponda”, García-Baró filosofa de espaldas al usual tejer y destejer de meros eruditos o simples servidores de modas que pretender oficiar de lo que no sea. Y lo hace con frutos entre los que destacan, por ejemplo, sus acorazadas descripciones fenomenológicas de nuestras experiencias “culminantes”, la “ontológica”, o experiencia del ser, del tiempo, de la verdad, por él mismo definida como matriz de todas las demás”; la “religiosa”, en la que se conjugan “el más largo éxtasis y el más hondo impacto”; la “ética”; la “estética”, la “lógica” y, por último, la “intersubjetiva”. Como son fruto también de este filosofar “puro” que aspira a la lucidez sus aproximaciones a la virtud de la fortaleza, al miedo, al dolor, concebido como experiencia del mal en cuanto tal, al propio mal, identificado por García-Baró con la “cesación del sentido”, al cuerpo, a la infancia, al silencio de Dios, al yo como esencial aventura.

Si a ello se unen las reflexiones dedicadas a la verdad y el bien, a la “crisis contemporánea de la razón”, donde el desvío de nuestro autor respecto del núcleo duro del legado heideggeriano resulta evidente, a la diferencia entre lo sagrado y lo santo o a “otras perspectivas” (Nietzsche, Unamuno y Steiner), será muy difícil no sumarse al creciente reconocimiento de este filosofar sin concesiones, incesantemente renovado sin merma de sus fidelidades básicas.

Es posible que a algunos de sus lectores les parezca el tono general del libro en exceso profético-sacerdotal. O buscadamente hipnótico. Pero ni aún así resultaría fácil negar, y el tiempo lo dirá, la enjundia de esta aportación a la renovación de la metafísica española, pareja quizá en su fuerza a la que podrían representar dos autores tan distintos entre sí y, a la vez, tan comprometidos con esta empresa como Zubiri y E. Trías.





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