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El otoño alemán

Eugenia Rico

Premio Ateneo de Sevilla, 2006. Algaida. 309 páginas

RICARDO SENABRE | 23/11/2006 |  Edición impresa


Eugenia Rico. Foto: Antonio Heredia

El retorno de un personaje al lugar donde muchos años antes pasó por experiencias que han dejado una profunda huella en su recuerdo, constituye un planteamiento narrativo mil veces utilizado. Cuando el personaje tiene, además, el propósito de hallar explicación a algún hecho misterioso que vivió en aquella época -una muerte, por ejemplo-, se prolonga una estructura narrativa que, de puro repetida, es ya tópica. A este esquema responde El otoño alemán (como lo hace otra novela reciente, La sangre oscura, de Miguel García-Posada, publicada en la misma editorial). Enmarcados por la introducción y el epílogo, que narran el viaje de vuelta que realiza Ilse a Giessen, los diecisiete capítulos en que se divide la historia encierran el relato de unos días de fiesta pasados por Ilse y la española Fátima con dos amigos alemanes, Werner y Ulrich. Todos ellos pertenecen al programa Erasmus, es decir, las generaciones de estudiantes que se han beneficiado durante los últimos años de las becas ofrecidas por la Unión Europea para favorecer el intercambio de alumnos entre distintos países. Pero lo cierto es que, salvo las menciones iniciales de esta circunstancia, la condición de estudiantes no se refleja en absoluto en estos personajes, que, pese a los esfuerzos de la narradora, resultan, por su comportamiento y sus actitudes, bastante inconsistentes. La nota de contracubierta señala que esta generación “vive el sueño idílico de un mundo que ha abolido las fronteras y la lucha de clases”, y que la novela constituye “una alegoría de la Europa del último siglo, y un conmovedor relato sobre la pérdida de la inocencia y el final de la juventud”. Es más que probable que éste fuera el propósito de la autora. Por mi parte, confieso que no acierto a descubrir el trasfondo alegórico de la obra ni la pérdida de la inocencia. Es lo que ocurre a menudo cuando el producto se examina desde diferentes ángulos.

Lo que sí hay en El otoño alemán, aunque no se halle absolutamente conseguido, es un relato acerca de las trampas y las insuficiencias de la memoria. La historia de las relaciones entre los cuatro jóvenes, evocada por uno de ellos, deja en penumbra muchos datos -entre ellos, el de la misteriosa muerte de Fátima- y permite dudar de la exactitud de otros; el tiempo transcurrido, la conciencia y una oscura sensación de culpa han podido contribuir a emborronar los recuerdos, y el lector puede rellenar libremente los huecos de la información que se le ofrece. Pero ciertos aspectos lastran el desarrollo de la novela. En primer lugar, el escaso relieve de los hechos narrados; en segundo, las dimensiones excesivas que cobra la historia intercalada de la abuela Gertraud; por último, el exceso de párrafos digresivos que, a fuerza de buscar la trascendencia, caen muchas veces en la trivialidad: “Yo creía que volvía por fin al origen, sin saber que el origen es uno de los muchos nombres del fin” (pag. 27); “me hubiera gustado parar el sol y hacer que el tiempo no corriera tan deprisa, pero me di cuenta de que la vida sólo era posible mientras el tiempo siguiera corriendo tan deprisa. Los muertos eran los únicos que tenían el tiempo parado [...] El tiempo era la vida, pero la vida corría deprisa y alegremente hacia la muerte” (pag. 67). O se dice de la perra de Ulrich: “De corazón, cree ser una mujer y no comprende por qué Ulrich la margina en sus juegos. No tiene conciencia de que pertenecen a especies distintas, y está enamorada de él como ninguna mujer podría estarlo” (pag. 250).

Tampoco parece verosímil atribuir estas reflexiones a una niña: “Cuando era niña estuvo convencida durante más de dos semanas de que la vida no existía, y por lo tanto la muerte tampoco. Le invadió la certeza de que un ser perverso y superior proyectaba una película con algún sofisticado proyector en muchas dimensiones” (pag. 71). Hubiera sido conveniente podar bastantes pasajes, y también corregir pequeños lunares de otra naturaleza: “saludarle [a ella]”, pag. 49; “fue a causa de Fátima que...”, pag. 26, o “encontro” (pag. 276) por “encuentro”, entre otros deslices.




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