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Crónica barojiana

Pío Caro Baroja

Caro Raggio. Madrid, 2000. 415 páginas. 2.500 pesetas. Pío Baroja: OPINIONES Y PARADOJAS. Tusquets. Barcelona, 2000. 274 páginas, 2.000 pesetas.

Inagotable, arbitrario, lúcido, cascarrabias Baroja, creador de docenas de inolvidables personajes, pero ninguno tan memorable como él mismo. Pero no sólo fue creador de personajes Pío Baroja; también le gustaba opinar


JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN | 13/12/2000 |  Edición impresa


Pío Caro Baroja, porn Gusi Bejar

¿Cúantos libros se han publicado sobre Pío Baroja? Incontables, desde el inicial de Miguel Pérez-Ferrero, en los años cuarenta, hasta el reciente, derramado y lírico, Derrotero de Pío Baroja, de Sánchez-Ostiz, quien además acaba de recopilar sus contundentes opiniones. Y no se agota la veta, todavía nos sigue apasionando como el primer día el escritor vasco.

Ahora Pío Caro Baroja, sobrino de don Pío, el último superviviente de una familia prodigiosa, reúne en Crónica barojiana todos sus escritos sobre el novelista y también sobre el resto del clan familiar.

Inicia el volumen la reedición de un libro que publicó en México en 1952, La soledad de Pío Baroja. Con modestia muy barojiana, el autor nos cuenta que en esas páginas escribió “cosas que no me hubieran dejado decir en España, cosas entonces desconocidas o censuradas, y que leídas hoy parecen reiterativas, como la detención en Santesteban, también defensas o ataques que en aquel momento podían tener algún significado y que hoy han perdido validez”.

No han perdido validez, aunque ya conozcamos muchas de las anécdotas, las divagaciones apasionadas de Pío Caro sobre la vida y la obra de su tío, escritas en un barojiano estilo, descuidado y lleno de encanto. Así nos presenta al novelista en sus últimos años: “Es como un gran gato al que le gusta estar cerca del fuego y ser acariciado, pero es un gato de los antiguos, de estufa y un poco de tejado, que aún es capaz de soñar con sus salidas”.

La casa de Baroja, en la calle Ruiz de Alarcón, estaba abierta a todo el mundo y por eso pasaba por ella “la gente más absurda de toda la tierra”, gente buena por lo común, aunque tampoco faltan los que “aprovechan lo que allí oyeron para especular y zaherir”; a uno de estos últimos, Castillo Puche, se le replica ásperamente en estas páginas, por lo general más melancólicas que malhumoradas.

A La soledad de Pío Baroja añade el autor un puñado de artículos escritos a lo largo del tiempo y dispersos en diversas publicaciones. Encontramos en ellos diversos acercamientos a la obra barojiana (Baroja y el cine, Baroja y las mujeres), junto a sugestivas páginas, de fuerte color autobiográfico, sobre el resto de la familia: su tío, Ricardo Baroja, escritor y pintor, revolucionario y atrabiliario, personaje de novela antigua; su padre, Rafael Caro Raggio, editor; su hermano, Julio Caro Baroja, antropólogo, dibujante, solterón, hombre de bien; su abuelo, Serafín Baroja, que compuso una ópera “en la que los pobres mineros de Tarsis, allá abajo en la Bética, y en tiempos del Imperio Romano, entonaban sus gorgoritos en eusquera”.

De Baroja nos pueden contar una y otra vez las mismas cosas y siempre nos parecen nuevas: “En una revista mexicana, leyendo un artículo de Indalecio Prieto, he visto que decía de mi tío que habiéndose encontrado con él en una estación y siendo mi tío aclamado por un grupo de jóvenes republicanos, desde la ventanilla del tren don Pío saludó con el puño cerrado y cuando se fue alejando fue abriéndolo poco a poco hasta saludar con la mano extendida como los fascistas”. Y añade Pío Caro que Prieto concluía con la siguiente apostilla: “Este es Baroja”.

Inagotable, arbitrario, lúcido, cascarrabias Baroja, creador de docenas de inolvidables personajes, pero ninguno tan memorable como él mismo.

Pero no sólo fue creador de personajes Pío Baroja; también le gustaba opinar -y hacer opinar a sus criaturas- sobre esto y aquello, sobre todo lo humano y lo divino. Aunque esas opiniones están a menudo tocadas de arbitrariedad y no exentas de prejuicios, no se pueden desdeñar como la ganga de su labor de novelista. Baroja, a su manera, fue un estudioso y un pensador; desdeñaba el lugar común, le gustaba tener opinión propia sobre todo, y nunca le faltó curiosidad por los temas filosóficos y científicos.

Miguel Sánchez-Ostiz, barojiano de siempre, ha dejado de lado sus novelas (algunas tan especialmente fértiles como la trilogía Agonías de nuestro tiempo) para espigar un buen puñado de Opiniones y paradojas de don Pío y disponerlas luego por orden alfabético.

“A contrapelo” es la primera entrada de ese peculiar diccionario, que aclara bien al lector lo que se va a encontrar en estas páginas: “Para los que no dependemos del público, ni nos importa el ambiente periodístico, la opinión general no nos intranquiliza. Hay que nadar contra corriente; eso es todo”.

Contra corriente del tópico, e incluso a veces, como es bien sabido, de la gramática (debería haber escrito “a los que no dependemos del público...”), divaga Pío Baroja en estas fragmentarias páginas, discutibles a menudo, lúcidas con frecuencia, siempre llenas de deslabazado encanto.




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