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Pancho Villa. Una biografía narrativa

Paco Ignacio Taibo II

Planeta, Barcelona, 2007

La más reciente biografía del héroe libertador mexicano Panco Villa relata, con el estilo vibrante de Paco Ignacio Taibo II, todas las peripecias -desde los detalles más extravagantes hasta los momentos más trascendentes- de un hombre sagaz, abstemio, de mirada magnética, cuya única ley es la que se daba a sí mismo. Fiel al espíritu villista: «Se usa primero ésta -decía Pancho señalando la cabeza- y luego éstos -tomándose los testículos.» Pancho Villa retrata inmejorablemente a un complejo personaje que siempre estuvo en constante fuga, incluso después de muerto. Taibo II desgrana en sus páginas la intensa vida de uno de los más grandes héroes mexicanos, que simboliza, con su vida temeraria y desmedida, saturada de hechos heroicos y trágicos, toda la Revolución mexicana.


 | 21/06/2007 |  Edición impresa


Panco Villa, vestido de 'faena', en la revolución mexicana

CAPITULO CERO

ENTRAR EN LA HISTORIA

I

Aquí se cuenta la vida de un hombre que solía despertarse, casi siempre, en un lugar diferente del que originalmente había elegido para dormir. Tenía este extraño hábito porque más de la mitad de su vida adulta, 17 años de los 30 que vivió antes de sumarse a una revolución, había estado fuera de la ley; había sido prófugo de la justicia, bandolero, ladrón, asaltante de caminos, cuatrero. Y tenía miedo de que la debilidad de las horas de sueño fuera su perdición.

Un hombre que se sentía incómodo teniendo la cabeza descubierta, que habiendo sido llamado en su juventud "el gorra chueca" no solía quitarse el sombrero ni para saludar. Cuando después de años de estar trabajando en el asunto el narrador tuvo la visión de que Villa y sus sombreros parecían inseparables, Martín Luis Guzmán, en El águila y la serpiente, la corroboró: "Villa traía puesto el sombrero […] cosa frecuente en él cuando estaba en su oficina o en su casa". Para darle sustento científico al asunto el narrador revisó 217 fotografías. En ellas sólo aparece en 20 sin sombrero (y en muchos casos se trataba de situaciones que hacían de la ausencia del sombrero obligación: en una está nadando, en otras cuatro asiste a funerales o velorios, en varias más se encuentra muerto y el sombrero debe de haberse caído en el tiroteo. En las 197 restantes porta diferentes sombreros; los hay stetsons texanos simples, sombreros de charro, gorras de uniforme federal de visera, enormes huaripas norteñas de ancha falda y copa alta, tocados huicholes, sombreros anchos de palma comprimida, texanos de tres pedradas, salacots y gorras de plato de las llamadas en aquellos años rusas. Su amor por el sombrero llegó a tanto que una vez que tuvo que ocultar su personalidad, consiguió un bombín que lo hacía parecer "cura de pueblo".

Esta es la historia de un hombre del que se dice que sus métodos de lucha fueron estudiados por Rommel (falso), Mao Tse Tung (falso) y el subcomandante Marcos (cierto); que reclutó a Tom Mix para la Revolución Mexicana (bastante improbable, pero no imposible), se fotografió al lado de Patton (no tiene mucha gracia, George era en aquella época un tenientillo sin mayor importancia), se ligó a María Conesa, la vedette más importante en la historia de México (falso; trató, pero no pudo) y mató a Ambrose Bierce (absolutamente falso). Que compuso "La Adelita" (falso), pero lo dice el "Corrido de la muerte de Pancho Villa", que de pasada le atribuye también "La cucaracha", cosa que tampoco hizo.

Un hombre que fue contemporáneo de Lenin, de Freud, de Kafka, de houdini, de Modigliani, de Gandhi, pero que nunca oyó hablar de ellos, y si lo hizo, porque a veces le leían el periódico, no pareció concederles ninguna importancia porque eran ajenos al territorio que para Villa lo era todo: una pequeña franja del planeta que va desde las ciudades fronterizas texanas hasta la ciudad de México, que por cierto no le gustaba. Un hombre que se había casado, o mantenido estrechas relaciones cuasimaritales, 27 veces, y tuvo al menos 26 hijos (según mis incompletas averiguaciones), pero al que no parecían gustarle en exceso las bodas y los curas, sino más bien las fiestas, el baile y, sobre todo, los compadres.

Un personaje con fama de beodo que sin embargo apenas probó el alcohol en toda su vida, condenó a muerte a sus oficiales borrachos, destruyó garrafas de bebidas alcohólicas en varias ciudades que tomó (dejó las calles de Ciudad Juárez apestando a licor cuando ordenó la destrucción de la bebida en las cantinas), le gustaban las malteadas de fresa, las palanquetas de cacahuate, el queso asadero, los espárragos de lata y la carne cocinada a la lumbre hasta que
quedara como suela de zapato.

Un hombre que cuenta al menos con tres "autobiografías", pero ninguna de ellas fue escrita por su mano.

Una persona que apenas sabía leer y escribir, pero cuando fue gobernador del estado de Chihuahua fundó en un mes 50 escuelas.

Un hombre que en la era de la ametralladora y la guerra de trincheras usó magistralmente la caballería y la combinó con los ataques nocturnos, los aviones, el ferrocarril. Aún queda memoria en México de los penachos de humo del centenar de trenes de la División del Norte avanzando hacia Zacatecas.

Un individuo que a pesar de definirse a sí mismo como un hombre simple, adoraba las máquinas de coser, las motocicletas, los tractores.

Un revolucionario con mentalidad de asaltabancos, que siendo general de una división de 30 mil hombres, se daba tiempo para esconder tesoros en dólares, oro y plata en cuevas y sótanos, en entierros clandestinos; tesoros con los que luego compraba municiones para su ejército, en un país que no producía balas.

Un personaje que a partir del robo organizado de vacas creó la más espectacular red de contrabando al servicio de una revolución.

Un ciudadano que en 1916 propuso la pena de muerte para los que cometieran fraudes electorales, inusitado fenómeno en la historia de México.

El único mexicano que estuvo a punto de comprar un submarino, que fue jinete de un caballo mágico llamado Siete Leguas (que en realidad era una yegua) y cumplió el anhelo de la futura generación del narrador, fugarse de la prisión militar de Tlatelolco.

Un hombre al que odiaban tanto, que para matarlo le dispararon 150 balazos al coche en que viajaba; al que tres años después de asesinarlo le robaron la cabeza; y que ha logrado engañar a sus perseguidores hasta después de muerto, porque aunque oficialmente se dice que reposa en el Monumento a la Revolución de la ciudad de México (esa hosca mole de piedra sin gracia que parece celebrar la defunción de la revolución aplastada por una losa de 50 años de traiciones), sigue enterrado en Parral.

Esta es la historia, pues, de un hombre que contó, y del que contaron, muchas veces sus historias, de tantas y tan variadas maneras que a veces parece imposible desentrañarlas.

El historiador no puede menos que observar al personaje con fascinación.

II

En la memoria de los supervivientes las vacas son más grandes, las montañas más altas, las llanuras siempre interminables, el hambre mayor, el agua más escasa, el miedo, apenas un destello fugaz. No exagera el que cuenta, es un problema de las pocas luces del que escucha. El narrador ha tratado de escuchar en medio de este rumor interminable e inmenso que surge del villismo y de la figura de Pancho. Siente que en ocasiones lo ha logrado, no siempre.

José María Jaurrieta, que acompañó a Villa durante su etapa guerrillera durante tres años, dijo: "Si el lector ha pasado una temporada en el campo, especialmente en la noche, cuando es más desesperante la soledad, habrá observado que la fogata tiene el poder supremo de reunir y hacer hablar a los hombres".

Villa contó sus historias centenares de veces en torno de esas fogatas, en las horas muertas durante los viajes en tren, en las interminables cabalgatas. Y otros contaron a otros lo que él les había contado. Y éstos a otros. Y así lo seguimos contando.

Pancho Villa hablaba como si supiera que durante un centenar de años sería sujeto de apasionados amores populares, de enconados odios burgueses y material magistral para novelas que nunca se escribieron. Pero no, lo suyo no es conciencia histórica predatada, lo suyo es simple pasión de magistral narrador oral que sabe que en el detalle está la credibilidad y que toda historia contada se mejora y se empeora, pero las versiones no tienen por qué parecerse absolutamente, obligatoriamente. No existe la historia, existen las historias.

Todo contador de historias sabe que la verosimilitud, la apariencia de verdad de su efímera y personal verdad, a fin de cuentas está en el detalle. No en lo que se dijo, que habría de volverse frase propiedad y uso de eso que llaman la historia, sino en cómo se contó el anillo con una piedra roja falsa que alguien movía con una mano gesticuladora, cómo se habló del color de las botas. El contador de historias sabe que el número exacto es esencial: 321 hombres, 11 caballos y una yegua, 28 de febrero; que la supuesta precisión de la exactitud, así sea falsa, amarra la historia que ha de ser contada, la solidifica, la fija en la galería de lo verdadero de verdad.

Es sabido que no necesariamente las historias más repetidas son las más ciertas; son sólo eso: las más repetidas. Y es conocido y evidente que a lo largo de una vida una persona será muchas personas, con los ecos del que fue cruzándose con el que es, o con el que parece ser.

El que escribe conoce y respeta estas maneras de recuperar el pasado. Pero más allá del respeto, es difícil hacer historia con estos materiales. Optó tanto por tratar de establecer "qué fue realmente lo que pasó", como por dejar muchas veces al lector tomar la decisión, o gozar como él gozó el moverse entre narraciones muchas veces contradictorias. Por eso a lo largo de la historia aparecerán tantas versiones que desafinan en el detalle.

Mientras escribía este libro el narrador sufrió y peleó con este universo de maravillosos cuenteros y "mentirosos" villistas que fueron sacados a patadas de la historia oficial, y regresaron a la historia social y popular por los gloriosos caminos del cuento, la anécdota, la narración oral y la leyenda.

No menos mentirosos fueron sus opositores, pero apelaron y siguen apelando al documento fraudulento, al parte militar que exageraba pero quedaba en el archivo, a la nube de humo que ocultaba, al silencio oficial, a la versión obligatoria, al historiador a sueldo. Mentían desde el poder.

III

El villismo y Villa en particular generan una doble mirada, incluso entre sus admiradores, en el mejor de los casos condescendiente. Una combinación de admiración, repulsión, fascinación, miedo, amor, odio. Para el civilizado (algunas escasas veces) lector del siglo xxi, la venganza social, el furor, el desprecio por la vida propia y ajena, la terrible afinidad con la violencia, desconciertan y espantan. Acercarse a Villa en busca de Robin hood y encontrarse con John Silver suele ser peligroso. Mucho mejor es narrarlo.

Para aquellos a quienes gustaría que el pasado funcionara como una Biblia, una ruta guía, una lección transparente, un manual para corregir el presente, este es el libro equivocado. El pasado es esa caótica historia que se lee conflictivamente desde el hoy y obliga al historiador medianamente inteligente a contar y no a juzgar, a no masticar, ordenar y manipular la información para cuadrarla a una hipótesis. Sobre todo, a no censurar. Que el lector asuma la interpretación, el juicio de la historia, la afinidad, el amor o la reprobación. Esa es su responsabilidad. Partamos del supuesto de que Pancho Villa no se merece una versión edulcorada de sí mismo, ni se la merece el que escribe después de haberle dedicado cuatro años de su vida, y no se la merecen desde luego los lectores.

IV

Las fotografías han sido tratadas como material informativo y no como ilustraciones, por eso tienen una distribución muy irregular a lo largo del libro, concentrándose en ciertos momentos de la vida del personaje y prácticamente desapareciendo en otros.

La literatura sobre la revolución ha sido usada en el mismo sentido; se trató de separar la crónica de la ficción (Campobello, Rafael F. Muñoz, Azuela, Martín Luis Guzmán), pero esta última a ratos mostraba la certeza, la riqueza informativa, la reflexión y la impresión subjetiva que se escondía en la crónica y en la historia, y así vino a dar a estas páginas.

Lamentablemente, la voz de Villa que se emplea con frecuencia en el texto entre comillas no es del todo su voz, muchas veces es la voz que le han prestado sus secretarios, sus biógrafos y sus amanuenses. Sin embargo, algo queda.


CAPITULO UNO

LOS QUE NO TIENEN HISTORIA

Alguna vez, el que sería Pancho Villa le dijo al periodista Silvestre Terrazas: "Si mi madre se retrasa 24 horas más de parto, nazco adivino". No está muy claro por qué un retraso en el nacimiento podría producir tal género de transmutación, conversión o futuro oficio, pero nada estará demasiado claro en lo que será una historia dominada por los cuentos, las leyendas, los chismes y las versiones, muchas de ellas contradictorias y enfrentadas. Lo que parece claro es que el acontecimiento se produjo el 5 de junio de 1878 a las tres de la tarde.

Algunos de los que ahí no estaban, narrarían años más tarde, con grandes licencias y abundantes disparates, que ese día "cayó una tormenta y durante los relámpagos hubo un cambio en el tamaño, el color y el curso de Venus: una advertencia del cielo que significaba las dificultades que enfrentaría el recién nacido"; o que "cuando nació, era un monstruo de más de cinco kilos de peso, tenía el cabello rojizo y unos enormes ojos de búho".

El lugar que produciría tan delirantes invenciones no parecía gran cosa. Un punto situado cerca del fin del mundo, un pequeño caserío, ni a rancho llegaba, llamado La Coyotada, a cuatro kilómetros del verdadero rancho, Río Grande, y a ocho kilómetros de San Juan del Río (una minúscula población del estado de Durango, en el centro norte de México). Todo dentro de los inmensos terrenos de la hacienda de Santa Isabel de Berros.

La Coyotada no tenía más de cinco o seis casas de adobe y tejas, sin ventanas, con pequeñas troneras para la ventilación, a orillas del río San Juan. El escenario estaba presidido por una enorme roca que a causa de la erosión había creado algo que semejaba la cabeza de un pato y dominaba el pequeño valle.

En una de esas cabañas aislada en una lomita nacería el que habría de ser registrado por sus padres Agustín y Micaela como Doroteo Arango Arámbula y luego bautizado en la iglesia católica como José Doroteo.

Estos son los hechos, pero…

Durante mucho tiempo los nativos de Durango se disputaron con los chihuahuenses desinformados la región natal de Villa. Una vez el autor escuchó a un chihuahuense decir a su esposa, nacida en Durango, una frase que, en el reconocimiento y derrota, dejaba zanjado el debate: "En Durango habrá nacido, pero en Chihuahua se hizo guerrillero". A lo que su esposa contestaba cantando el corrido de Pancho Villa escrito por ángel Gallardo, que a la letra dice: "Durango, Durango, tierra bendita, donde nació Pancho Villa, caudillo inmortal".

Para hacer de esta disputa inocente algo más barroco, se metieron en el asunto los colombianos aportando exóticos datos respecto del lugar de nacimiento del joven: el Doroteo Arango/ futuro Pancho Villa colombiano, era, según un diccionario editado en 1965, hijo de padre colombiano, Agustín (nativo de Antioquia), y madre mexicana. Pancho, según esto, nació en Medellín (Colombia) y cuando tenía cuatro años sus padres viajaron a Maracaibo (Venezuela) y luego a México, donde se establecieron en Durango. Esta loca versión se había originado en la barcelonesa enciclopedia Sopena en los años treinta.

En esta conjura surrealista terciaron los estadounidenses, quienes también reclamaron la nacionalidad del futuro personaje. Varios soldados del 10º batallón de Caballería juraron en 1914, y decían que otros de sus compañeros podían confirmarlo, que Pancho participó en la campaña de 1882 contra los indios (de ser así, tendría cuatro años) siendo estadounidense, negro y sargento primero. Su nombre real era Goldsby y se incorporó al ejército en Maryland. Goldsby/ Villa tuvo problemas en Fort Davies y cruzó el Río Grande para volverse bandido en México bajo el nombre de Rondota. Era un negro de color muy claro y podía pasar por mexicano. Los testigos decían que lo habían reconocido por fotografías y cruzaron la frontera para hablar con él. Que Pancho Villa gozó conversando con ellos y no negó la historia que le contaban (¿Cómo la iba a negar? ¡Le habría encantado!).

Para hacer esta historia aún más absurda, en 1956 Maurilio T. álvarez sugirió que Villa era centroamericano. Sus argumentos no eran demasiado consistentes, decía que "babeaba", que "usaba sombrero a media cabeza, como se usa en las pampas (que como todo el mundo sabe están en Centroamérica) y no como lo llevan hacia delante los nobles hombres del campo norteño"; argumentaba que a Pancho y a sus hermanos los conocían con el mote de "los guatemaltecos", que nadie en Durango o en Chihuahua da el trato de "muchachito" a otra persona y que además hablaba con "vocablos no usuales en México".

Por su parte, el historiador soviético Lavretsky (seudónimo de Iósif Grigulévich) aseguraba que Villa "era un mestizo de origen español e indígena tarahumara", y el estadounidense John Eisenhower decía que "Villa era un indio, no había españoles en su pasado". Estas últimas afirmaciones dejan mucho que desear, porque en Durango no habitan tarahumaras y porque Doroteo no tenía rasgos indígenas; era lo que los nativos de Durango llaman "un göero requemao", blanco, de pelo castaño.

Para que las cosas no fueran tan sencillas uno de sus biógrafos, Federico Cervantes, aseguraba que era descendiente de vascos, basado en el origen sin duda vasco del apellido Arango, que quiere decir en eusquera "detrás del valle", y el sin duda origen vasco del apellido Arámbula.

Pero no sólo el origen nacional de Doroteo Arango estuvo y está a perpetua discusión. A lo largo de los años la identidad de su padre ha sido sujeto de mil y una especulaciones. Reconstruyamos. Agustín Arango y Micaela Arámbula, de la que tenemos una descripción muy escasa: "era muy blanca", se casan el 5 de mayo de 1877 (un año y un mes antes del nacimiento de Doroteo) en San Fermín de Pánuco, no muy lejos de Río Grande. Los cuatro abuelos de Pancho son campesinos de la zona. En los siguientes años la pareja tiene otros cuatro hijos: María Ana, nacida en Río Grande, 1879; José Antonio, nacido en El Potrero de Parra, 1880; María Martina, nacida en Río Grande, 1882; y José hipólito, nacido en El Mezquite, en 1883. La variación en los lugares de nacimiento indica que la pareja de campesinos, muy pobres, trabajaban como medieros en las tierras de la hacienda e iban cambiando de casa siguiendo labores y cosechas.

El padre, Agustín Arango, probablemente morirá o abandonará a su familia en 1884-1885 o, tras haberla abandonado en esas fechas, morirá en 1892 en el mineral de San Lucas. Lo que todos acuerdan es que su desaparición o muerte deja en la miseria a su mujer y sus cinco hijos. El personaje ha sido una sombra, nadie lo conoció, ninguno de los muchos testigos que hablaron de la infancia de Villa lo recuerda o lo menciona, el propio Villa en sus versiones autobiográficas lo resuelve con una frase: "Mi padre murió cuando todos éramos muy pequeños".

Ese nebuloso personaje, Agustín Arango, ¿era el padre de Doroteo?

Villa, muchos años más tarde, le confesó a la periodista Esperanza Velázquez que el apellido Arango era de su abuelo materno, que él era hijo de un judío español apellidado Germán. Su madre no se lo contó: "Yo llegué a descubrir, ya grande, que mi verdadero apellido no era ni Villa, ni Arango. Y me enteré, hasta hace pocos años, quién era mi verdadero padre. hace algunos años que revolucionaba por Parral, tuve conocimiento de un anciano que conocía bien a mi madre y a mi abuelo. De acuerdo con su relato, mi padre se apellidaba Germán y yo ignoro por qué mi madre se acostumbró a llevar el apellido de Villa. Así que mis hijos y yo, somos germanos".

Pero la historia no era muy coherente, ni Arango era el apellido de su abuelo materno ni su madre usó nunca el apellido Villa.

Para hacerlo más complicado, el propio Villa ofrecería otra información en la versión de su biografía dictada a Bauche Alcalde: "Mi señor padre, don Agustín Arango, fue hijo natural de Jesús Villa". Y para seguir esta tradición caótica recién inaugurada, uno de sus biógrafos, Ramón Puente, decía que Villa se llamaba originalmente Doroteo Arango Germán ("el verdadero nombre de la madre de Doroteo era Micaela Germán, no Micaela Arámbula. Y debido a que Agustín Arango no era su verdadero padre, sino su padrastro, Francisco Villa debería llevar el apellido de su madre y llamarse Doroteo Germán"). No quedará allí la cosa. Antonio Castellanos lo llama Francisco Germán y de pasada cambia el lugar de nacimiento a una ranchería llamada Gorgojito, y Montes de Oca cuenta: "El padre del cabecilla fue un rico hacendado apellidado Fermán. Fue producto de amoríos pasajeros con una moza simpática del lugarejo, Micaela Arámbula. El progenitor no lo reconoció y un sujeto llamado Trinidad Arango, que pasaba por abuelo, se encargó de criarlo". Y si esto no bastara, el historiador folclórico estadounidense haldeen Braddy, escribe que Agustín Arango había "consolado" a la madre de Doroteo, Micaela Arámbula, después de que ésta fue abandonada por el padre de la criatura (el hecho es que Agustín se casó con Micaela 13 meses antes de que el niño naciera). Y si el lector no tiene suficiente, el hermano de Doroteo, hipólito, decía que "nuestros padres fueron Agustín Villa y Micaela Arámbula: las constancias de nuestros bautizos están en los archivos parroquiales de San Juan del Río, Durango". El argumento sería válido si no fuera porque las actas de nacimiento están corregidas para que diga "Villa" donde decía "Arango".

¿Entonces?

Uno de los más acuciosos historiadores del villismo, Rubén Osorio, trató de desentrañar la historia de los "germanes" y descubrió en la zona de San Juan del Río la existencia de un hacendado llamado Luis Fermán, cuya familia era originaria de Liechtenstein. Es tradición oral en esa familia que Villa era hijo ilegítimo de Luis y de Micaela, quien algún tiempo trabajó en la hacienda de la Ciénaga de San José de Basoco como sirvienta. Si bien cualquier historia familiar no por compartida es cierta, ésta da sustento al asunto de los "germanes" que ronda la historia familiar de Villa. También es cierto que las fotos que reproduce Osorio de un supuesto medio hermano de Doroteo Arango muestran un notable parecido.

Un argumento parece desmentir toda la historia y enviarnos hacia el principio, el simple principio de Agustín y Micaela. Doroteo, Antonio e hipólito se parecen mucho. ¿La herencia materna?

En fin, fuese hijo del desvanecido Agustín o hijo ilegítimo del hacendado Fermán, el hecho es que hacia 1884 o 1885, Doroteo tendría entre seis y siete años cuando se produjo el abandono o la muerte de su padre.

Según Nicolás Fernández, uno de sus futuros lugartenientes que dependía de una memoria poco confiable, el terrateniente López Negrete le había arrendado una yunta al padre de Doroteo para que sembrara, y al morir éste dejó una deuda de 300 pesos que pasó a su familia. López Negrete los mandó llamar a la hacienda de Santa Isabel de Berros y le dijo a la madre que tenían que pagar la deuda. Doroteo tendría diez años y la asumió. Con esas precisiones que vuelven loco al historiador porque aparentan credibilidad donde no la hay, Nicolás Fernández contaría 40 años más tarde que el primer año Doroteo pagó 50 pesos con maíz y 25 con frijol.

Parece ser que forzado por la muerte o la desaparición de su padre, el mayor de los Arango, que debería tener entre ocho y doce años, trabajó como leñador ayudado por sus hermanos menores. "Mientras era leñador tuve muy pocos amigos y mis conversaciones las sostenía conmigo mismo, cuando no era con el burro, mi amigo de siempre". El burro se llamaba Canelo, aunque Guillermo Martínez lo llamará Maximiliano.

Poca historia tienen los que no tienen historia. Pero en el caso de Doroteo Arango, futuro Pancho Villa, la ausencia de historia se encuentra reemplazada por la abundancia de historias. Una familia de campesinos sin tierra, una mujer sin hombre y cinco niños, hambre, miseria. El futuro secretario de Villa, Enrique Pérez Rul, narra que el jefe le contaba que debía levantarse a las tres de la mañana porque la labor quedaba a más de 15 kilómetros y había que empezar a las cinco. Frío en invierno, un calor terrible en verano.

Montes de Oca, que en los años 1930 entrevistó a vecinos de aquella zona de Durango, apunta que el joven Doroteo trabajó en el campo, hacía mandados o se dedicaba a la recolección de maíz.

Curiosamente, hacia 1889 o 1890, cuando tenía once o doce años, aparece un burro de nuevo. Comprado con la ayuda de un amigo de la familia, el comerciante Pablo Valenzuela, con el animal andará Villa vendiendo baratijas por los pueblos. "Aburrido de ser leñador me hice luchón en el comercio". Con las ganancias pudo comprar sarapes para que sus hermanos durmieran cubiertos en el suelo. La ropa: "huaraches, calzón de manta, sombreros de petate, rebozos".

Montes de Oca dice que Doroteo estuvo en la escuela de San Juan del Río. Duró en ella sólo ocho días. Dirigía el plantel don Francisco Lireno, quien tenía el apodo de "el maistro que te ama", porque se dedicaba a declarar su amor a todas las mujeres que se le cruzaban. Un compañero recordaba a Arango y "decía que era muy travieso y muy aplicado". Quizás era mucho recordar para los ocho días que pasó en el colegio. Pero Pancho Villa, en una entrevista al New York Times en 1914, ni siquiera admitía esos ocho días y asentaba: "No fui a la escuela ni un día en toda mi vida".

Los testigos parecen coincidir en que era un precoz y admirable jugador de cartas y "un verdadero mocetón", "de constitución robusta", y que se metía en frecuentes riñas. Y por contar, también se cuenta que su primer amor fue una campesina de familia muy pobre, adolescente alta y morena llamada María Encarnación Gómez, quien luego trabajó de sirvienta en la hacienda.

Hay una historia que no por falsa deja de tener gracia: en San Juan del Río, uno de los locales le contó a José María Jaurrieta que una vez, de niños, hicieron una competencia a ver quien hacía la raya más recta y ganó Doroteo con mucho, y luego les explicó: "Ustedes ven el suelo, yo veo la meta". Puede ser que en materia de hacer rayas Doroteo Arango viera la meta, pero en aquella sociedad cerrada, dominada por la miseria, de su futuro poco podía ver.






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