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Crematorio

Rafael Chirbes

Anagrama. Barcelona, 2007. 424 páginas, 20 euros

ÁNGEL BASANTA | 04/10/2007 |  Edición impresa


Foto: Ángel Castaño

La trilogía formada por las últimas novelas de Chirbes (Tabernes, Valencia, 1949) se ha convertido con ésta en tetralogía, pues la revisión crítica de la sociedad española durante el franquismo y la transición se amplía hasta hoy con toda coherencia temática y formal en los cuatro textos. Crematorio es una novela excelente, la mejor de Chirbes y una de las mejores de la literatura española en lo que va de siglo. Es, además, una novela necesaria en este tiempo de levedad, frivolidades y desmemoria. Porque su narración aborda con valentía y lucidez los turbios negocios perpetrados por el capitalismo desaforado en estos años y profundiza en las íntimas y dolientes paradojas y contradicciones del ser humano contemporáneo.

La historia se localiza en el pueblo levantino de Misent, que puede representar a cualquier lugar de la costa. La muerte de Matías, viejo re-volucionario metido a agricultor ecologista, da lugar a 13 capítulos sin numerar en los cuales familiares y amigos recuerdan su relación con el difunto, recreando la vida de todos. Con ello se compone un texto polifónico en el que cada capítulo está dominado por la visión de uno en su relación con los demás. Y así se teje una trama perfectamente organizada en el fragmentarismo y complementariedad de las visiones expuestas en todos los capítulos.

Los actores de esta recreación plural son Rubén, hermano y arquitecto enriquecido en la construcción, su segunda esposa (Mónica), su hija y su yerno (Silvia y Juan), restauradora de arte y catedrático de literatura opuestos al urbanismo salvaje del constructor, un colaborador destruido por el alcohol, la droga y el sexo mercenario, y un amigo de la infancia (Brouard), que ahora es un escritor consumido por la droga y el alcohol. La composición muestra una clara simetría compositiva. Comienza y acaba con la rememoración de Rubén, en primera persona, construida en monodiálogo con su hermano difunto (cap. 1) y con Silvia (cap. 13). En el medio se suceden las rememoraciones de otros personajes dirigidas por un narrador omnisciente que adopta la visión del protagonista de cada capítulo, expresada por medio del estilo indirecto y directo libres, con diálogos recordados fundidos en el tejido narrativo y ráfagas de monólogos interiores.

El perspectivismo enriquece la visión del conjunto, pues todo es analizado desde puntos de vista diferentes y aun opuestos. Aquí está el primer acierto del autor: dar una visión plural, nada simplista ni mani-quea, respetando la íntima verdad de sus criaturas. Me parecen admirables las páginas dedicadas al recuerdo de Berlín (290 y ss.) como espacio en ruinas evocado desde la perspectiva inculta y hortera de Mónica, en contraste con las apreciaciones inteligentes y sensibles de la primera esposa de Rubén. De alto mérito literario son las reflexiones de Brouard acerca de su decrepitud como hombre y su decadencia como escritor (cap. 10). Y lo mismo digo de la defensa que Rubén hace de su obra frente a las críticas de Silvia y Juan (cap. 13), en lo que resulta ser un modelo de fidelidad artística del autor hacia un personaje.

El perspectivismo múltiple permite abordar sin panfletos ideológicos una época tan calamitosa como la nuestra en la que unos cuantos especuladores sin escrúpulos se han enriquecido a costa de la destrucción del medio ambiente. Aquí la han llevado a término individuos cultos como Rubén, que en su juventud formó parte del taller artístico que pretendía reunir arquitectura (él), pintura (Montoliu) y literatura (Brouard). De aquellos ideales no queda nada. Rubén se enriqueció con el tráfico de drogas y blanqueó sus negocios en la construcción. Matías pasó de la extrema izquierda al pesebre socialista en los 80 y cuando renegó de aquello se refugió en la agricultura ecológica.

El título es dilógico: designa el crematorio donde serán incinerados los restos de Matías y, en sentido profundo, apunta a la extinción de ideales quemados por las generaciones que han llegado al poder en el presente y en nuestro pasado reciente. También esconde una elegía por la infancia perdida con el paso del tiempo, que ha destruido ilusiones y playas casi desiertas. Es un texto de ritmo, tensión e intensidad crecientes, que envuelve al lector, cautivado por su prosa caudalosa, llena de efectos plásticos y musicales, originales imágenes, y matices de colores, olores, sabores y sonidos, enriquecida por un léxico variado y preciso, y por una amplia gama de tonos que van del amor y el odio hasta la ternura del autor implícito, por más que no tenga piedad en su denuncia. He aquí una novela sazonada de pensamiento, de sabiduría literaria y de otras disciplinas, pesimista en su visión de la sociedad y las contradicciones del ser humano e incluso de la literatura y su dolorida gestación desde la autenticidad. Por ello Crematorio es de lectura imprescindible. Y Chirbes encarna hoy al escritor que mejor ha novelado la evolución de la sociedad española en las últimas décadas.


Cuatro cuestiones para Rafael Chirbes
l¿Qué ha aprendido con El crematorio, y qué cree que aprenderá el lector?
lEn esta novela intento llevar al límite lo que empecé en las dos novelas anteriores (La caída de Madrid, y, sobre todo, Los viejos amigos): demoler todos los lenguajes con los que nos hemos construido, descubrir que son -en palabras de Victor Hugo- postizos que ocultan lo real. Lubricantes, consoladores. Mis guías en el viaje han sido Lucrecio y La Celestina, dos auténticas trituradoras del mundo que les tocó en suerte.
l¿La realidad es tan desoladora como su novela?
-Hemos perdido la idea de participar como alfareros del mundo. Son otros los que lo están haciendo a su monstruosa medida, y nosotros lo vemos desde fuera, ni siquiera atónitos: más bien entre pasmados y asustados. Cualquier idea de razón, de justicia, de equilibrio, o valores como la fidelidad y la bondad, han sido sepultados en la práctica. Jamás había tenido una sensación tan grande de que vivimos en sombras, abandonados por los dioses, en un mundo ajeno. Debajo del paraíso contemporáneo, hay una escombrera y un lago de basura, o un cadáver cuyo hedor hay que tapar.
l¿Qué ha prestado de sí mismo a los personajes, a Rubén y Matías?
-En realidad, todas mis novelas son, a la vez, un paseo por el entorno de Chirbes y una excavación en sus pozos oscuros. Cuanto más miro hacia fuera, más sale lo de dentro como un eco sombrío de esa música ambiental. Matías, Rubén, o los protagonistas malvados de Los disparos del cazador y de La caída de Madrid, me sirven como muro sobre el que estalla la fragilidad -y falacia-de mis buenas intenciones. Frente a la cháchara de los biempensantes, el malo tiene una indigerible dosis de realidad. Es lo que hay, sin tapujos. Ahí, el modelo es ese inalcanzable Torquemada de Galdós. Quién hiciera un personaje así.
l¿Teme la respuesta de la crítica?
-Escribo de lo que puedo, de lo que -ni yo mismo sé por qué- se me impone. Qué le voy a hacer. Tengo mis fantasmas. Vivo solo, escribo a solas, me reconcomo, dudo, me convenzo de mi torpeza, y salgo por donde puedo en esto de la literatura. En Crematorio se me ha escapado el horror de que nada de cuanto he -o hemos- hecho haya servido para nada. Me dan mucho miedo todos esos muertos sin herederos en los que nos hemos convertido. Las únicas semillas fértiles parece que las ha plantado el diablo.


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