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Miércoles, 23 de julio de 2014
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Teoría de los sentimientos

Carlos Castilla del Pino

Tusquets. Barcelona, 2000. 377 páginas, 3.000 pesetas

Teoría de los sentimientos me parece una obra de gran madurez, conceptualmente muy precisa, argumentalmente rigurosa, y de atrayente lectura. El diálogo con este libro es iluminador. Les recomiendo que lo lean


José Antonio MARINA | 22/11/2000 |  Edición impresa


“Entre tanta polvareda, perdimos a don Roldán”. El viejo romance puede aplicarse a la psicología contemporánea. Entre miles de investigaciones minuciosas, interesantes, valiosas y desordenadas, hemos perdido al sujeto humano. Los posmodernos han anunciado su muerte, la psicología social lo diluye en una trama de relaciones, las teorías de la personalidad, que deberían integrar el resto de las teorías, se han convertido en una especialidad más dentro del hiperespecializado espacio académico. Se acumulan las piezas de un fantástico puzzle sin encaje, y necesitamos una síntesis, que resulta cada día más urgente y más difícil. Así las cosas, me parece admirable el empeño de Carlos Castilla por elaborar una teoría del sujeto que permita integrar y ordenar tanto saber disperso. En su Introducción a la psiquiatría ya se propuso estudiar el continuo Psicología-Psi(pato)logía-Psiquiatría. Las tres disciplinas tienen un objeto común: la conducta humana como actividad dotada de significado. La palabra “psique” designa, precisamente, el enigmático dominio donde el movimiento físico se transforma en conducta. El sujeto es, fundamentalmente, el donador de sentido.

Al introducir el significado, la intención, la expresión, en el corazón de lo psíquico, era lógico que Castilla del Pino se interesara por el lenguaje. Su Introducción a la hermenéutica del lenguaje lo prueba. No es un lingöista aficionado, sino un investigador consecuente. El desarrollo de su sistema de psico(pato)logía le exigía estudiar el lenguaje, y lo estudió. Utilizo la palabra “sistema” como un gran elogio. Escribir un artículo sobre cualquier cosa es muy sencillo. Con un poco de bibliografía, un poco de labia y unas gotas de descaro, se hacen maravillas. En cambio, articular una teoría comprensiva y comprobable, es muy difícil.

Castilla lo ha hecho a distintos niveles. Con obras sistemáticas, como su Introducción a la psiquiatría. Con monografías sobre temas concretos: Teoría de la alucinación, Un estudio sobre la depresión, La culpa... Con pequeños estudios sobre aspectos psicológicos importantes y esquivos: la obscenidad, el personaje, el silencio, la envidia, la intimidad, la ironía. Se integra, además, en la larga tradición de psicólogos y psiquiatras con muy buen estilo literario: Freud, Janet, Jaspers, Lainh, Bruner, Luria, Rof Carballo, Sackes y muchos otros. La estructura del sujeto es narrativa y hace falta talento narrativo para contarla bien.

Teoría de los sentimientos es un paso más en la construcción de su sistema. Para él los sentimientos cumplen tres funciones: vincularnos a los objetos, expresar esa vinculación, y organizar axiológicamente la realidad. Es decir, los sentimientos revelan el mundo de los valores. Por ello, están inevitablemente relacionados con la ética.

Castilla hace una interesante genealogía de los sentimientos. En el origen del dinamismo emocional están las pulsiones, los deseos. O dicho con más rigor: el deseo de posesión, al que llama protosentimiento, y que incita ya al recién nacido. Para el bebé, el mundo se reduce a los objetos que puede poseer. La experiencia va a convertir ese protosentimiento en un pre-sentimiento. La posesión de un objeto provoca aceptación o rechazo: la primera gran polarización de la realidad vivida. La experiencia continúa ramificándose y aparecen los sentimientos propiamente dichos. Después, como evaluaciones afectivas de esos mismos sentimientos, surgen los metasentimientos. La culpa y la vergöenza, por ejemplo. Por tanto, protosentimientos, presentimientos, sentimientos y metasentimientos son las etapas genealógicas de nuestra evolución emocional. El libro esboza una cartografía de los sentimientos, estudia las estructuras emocionales más consolidadas, los enrevesados problemas del self, y dedica un largo capítulo a distinguir los sentimientos normales, anormales y patológicos.

Como epílogo incluye un trabajo titulado El sujeto como sistema, en el que retoma y detalla sus ideas acerca del sujeto. Mantiene una tesis arriesgada, distinta a mi juicio de la que sostuvo en su Introducción a la psiquiatría. El sujeto crea una multiplicidad de yoes, cada uno de los cuales está diseñado para un contexto determinado. Cada situación, cada actuación, exige un yo distinto. Esos yoes expresan al sujeto que permanece en la sombra, como una misteriosa divinidad impenetrable que sólo se manifiesta en sus encarnaciones. “El sistema del sujeto comprende tanto al sujeto como los Yoes procedentes de él” (pág. 261).

Teoría de los sentimientos me parece una obra de gran madurez, conceptualmente muy precisa, argumentalmente rigurosa, y de atrayente lectura. Castilla del Pino utiliza con gran habilidad la documentación clínica, sobre todo respuestas de pacientes al Test de Apercepción Temática (TAT) de Murray, y esos ejemplos agilizan la narración y aclaran los conceptos. Son, pues, un gran recurso expositivo y una convincente ilustración científica.

Hay dos puntos en los que no estoy de acuerdo con el autor. Primero: creo que conviene separar el nivel pulsional del nivel sentimental. Segundo: no veo la necesidad de identificar el Yo con la actuación, de modo que haya tantos yoes como comportamientos o contextos. No conviene multiplicar los intermediarios, decían los antiguos. De todas formas, el libro es tan consciente que en cuanto termine este comentario me voy a repensar estos dos asuntos. Me interesa mucho saber quién tiene razón, si Castilla o yo. El diálogo con este libro -el diálogo con su autor, a quien admiro sinceramente- me resulta estimulante e iluminador. Les recomiendo que lean Teoría de los sentimientos.




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