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Ántología poética. O. V. de L. Milosz

Oscar V. de l. Milosz

Versión de M. álvarez Ortega. Devenir. Madrid, 2008. 265 páginas, 15 euros

ANTONIO COLINAS | 10/04/2008 |  Edición impresa



Con ser muy importante esta antología que presentamos de la poesía de Milosz, urge comenzar aludiendo a su traductor, al poeta cordobés Manuel álvarez Ortega, que no sólo nos ha ofrecido a lo largo de las últimas décadas una de las obras poéticas más personales, depuradas y valiosas -recordemos la muestra antológica que también nos presentó Devenir no hace mucho, Antología poética, 1941-2005-, sino que además es el autor de algunas de las traducciones poéticas imprescindibles de estos últimos años. Recordemos su monumental Poesía francesa contemporánea (Taurus, 1967), que tanto nos marcó a los poetas que nacíamos a la literatura por entonces, su Poesía simbolista francesa (EN, 1975) o la Obra completa de Lautrémont (Akal, 1988). Tampoco debemos olvidar las muestras parciales que nos ha ofrecido de determinados autores, como Perse, De la Tour du Pin, Apollinaire, Laforge, Peguy o Jarry, por citar sólo algunas de sus versiones más relevantes.

Tampoco ha sido nueva la aproximación del poeta álvarez Ortega a la obra del lituano, nacionalizado francés, Milosz. Recordemos que ya nos había ofrecido traducción de dos obras importantes de este autor, Sinfonías/Salmos (Antelia, 2005). Comprendemos que el ejemplar simbolismo de la poesía de Milosz, su lenguaje extremadamente depurado y personal, sintoniza muy bien con la concepción que el propio álvarez Ortega posee de la poesía; algo que facilita su labor, pues lo importante a la hora de traducir poesía es, ante todo y sobre todo, salvar el espíritu del texto. Esto se logra plenamente en esta rotunda Antología de Milosz que nos reconcilia con la aventura, no siempre fácil, de gozar con la lectura de la poesía.

Oscar Vladislas de Lubicz Milosz nació en Czereia (Lituania), en 1877, pero a los 19 años se trasladó a vivir con su familia a París. Seguramente el joven poeta no suponía qué huellas tan profundas iba a dejar en su vida y en su obra la lengua y la cultura francesas. Sólo tres años después de su llegada a Francia ya escribe y publica en francés su primer libro, Le poème des Décadences, y aunque a partir de entonces viajará por varios países, entre ellos España, aunque regresará a Lituania y desempeñará una fecunda labor de diplomático, su destino ya estaba poéticamente unido a la lengua francesa, en la que fue escribiendo y publicando sus libros. La concesión de la nacionalidad francesa y su muerte en Fontainebleau,, fueron el desenlace natural de una vida que, más allá de los avatares vividos por su país (recordemos al respecto los también padecidos por otro poeta lituano, Bobrowski, del que Alfonsina y Clara Janés nos han ofrecido una reciente edición), una lengua concreta, la francesa, sirvió para entramar su vida y dar una armónica coherencia a su obra.

Y es esta coherencia, marcada por una gran fidelidad a la propia palabra, la que destaca en esta antología. Hay, sí, en ella, infinidad de tonalidades -ya desde ese magistral uso del alejandrino hasta la paráfrasis y recreación de los temas bíblicos-, pero a cada momento este poeta se expresa con una pureza de voz, con una emoción contenida y sabia, con una fluidez melodiosa en la dicción, que son exclusivamente suyas. A lo largo de poemas de distintos libros vemos cómo su mundo evoluciona hacia las fértiles penumbras del irracionalismo, del que será el resultado más sorprendente su extraña religiosidad, los cánticos y salmos de sus últimos poemas, los que escribió a lo largo de la década anterior a su muerte, entre 1924 y 1937.

La poesía de Milosz viene a probarnos, una vez más, que la poesía es un verdadero don que no todo el que escribe versos posee. Puede el lector abrir la antología por cualquiera de sus páginas que, en todo momento, se encontrará con la autenticidad, conmovido. Pero hay en esta obra colmada una progresión, una especie de prueba tensa, que se ve enriquecida en los poemas finales. La misión del lenguaje poético es la de ir siempre más allá incluso de la propia voz. Esto es lo que Milosz consigue con una claridad extrema en esos poemas en prosa finales, como el misterioso “Salmo de la Estrella de la Mañana”. Ha tenido que renunciar al verso medido para hacer del poema en prosa un mundo que también debe quebrar. Es a través de esas grietas por donde Milosz deja colar el buen oro de su poesía, de la poesía.


Mediodía

TIENDETE, hazme caso, bajo algún
[alegre árbol
Bien nutrido, con barbas de musgo
[y vestido de verano.
Tu doloroso sueño,
¿No ha huido con tu sueño
[de belleza?
Tiéndete, hazme caso, cantor por
[la salud vencido,
Bajo cualquier árbol sin música
[ni pensamiento,
Sueña en el vacío de la
[malgastada nostalgia
Y sonríe sin rencor a lo que
[te ha abandonado. [...]


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