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revista de libros


Edición impresa |  LIBROS

Todos los peces se llaman Eduardo

Francisco Mora

Exlibris. Madrid, 2008. 160 páginas, 20’90 euros

  • Resultados:

ÁNGEL BASANTA | Publicado el 22/05/2008

A veces se publican en editoriales pequeñas buenos textos de autores poco o nada conocidos que, por ambas razones, pueden no recibir la atención que merecen o incluso pasar desapercibidos. éste es el caso de Francisco Mora (Valverde de Júcar, Cuenca, 1960), autor de varios libros de poemas y un volumen de cuentos publicado en 1984, a los cuales se añaden ahora los reunidos en Todos los peces se llaman Eduardo. Son 31 cuentos que, en su conjunto, revelan a un escritor con muchas lecturas, que sa-be aunar vida y literatura en la crea-ción de atmósferas perturbadoras por medio de tramas absurdas que indagan en los pliegues irracionales y misteriosos de la existencia cotidiana. En su proceso creativo el autor ha probado su capacidad para la observación de la realidad, enriquecida con la herencia asimilada de maestros de la narrativa corta, desde Kafka, Borges, Rulfo y Cortázar hasta Monterroso, Merino y L. M. Díez, pasando por Pirandello, entre otros autores que han profundizado en la dificultad de discernir los límites entre la realidad y la ficción.

Hay en esta treintena de relatos una notoria variedad temática y formal. Sus historias están contadas, en su mayoría, por narradores en primera o en tercera persona. Pero el conjunto se enriquece con el ensayo de otros modos de narrar. Entre los más destacados cabe citar, por ejemplo, el monólogo del preso en la soledad de su celda con diálogos fundidos en el soliloquio de Vivar, que es el último y el más largo de los cuentos (12 páginas); el relato oral de un narrador testigo dirigido a un receptor mudo llamado “muchacho” en Raffaello; y el angustioso monólogo interior en segunda persona autorreflexiva de la joven violada en El mal, con fundido final en ráfagas de los diálogos de sus cuatro violadores. Semejante diversidad se aprecia igualmente en los diferentes enfoques y perspectivas en el asedio de la realidad actual, sin precisiones temporales explícitas, sometida a un tratamiento cambiante desde la extrañeza que tanto puede adoptar una visión fantástica, onírica e incluso surrealista como complacerse en la deformación hiperbólica y absurda de una realidad esencialmente inaprehensible. No todos los relatos alcanzan la misma calidad, pero no hay ningún relato desdeñable. Y muchos atesoran un indudable mérito literario por su narración contenida de sucesos absurdos o fantásticos en un estilo elaborado con propiedad y pulcritud y desde una visión irracional que descubre una lúcida reflexión sobre nuestra sociedad, fragmentada y desquiciada en sus miedos y violencias. Lo cual tiene su certera imagen en el desamparo del ser humano en el laberinto de nuestro tiempo, como le ocurre al inmigrante protagonista de Línea 22, perdido en la gran ciudad.





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Francisco Mora. Foto: Archivo del autor