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Jueves, 17 de abril de 2014
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El legado del cristianismo

César Vidal

Espasa, Masdrid, 2000, 310 páginas, 2.300 pesetas

Vidal ha escrito un libro para agnósticos y también para quienes quieran ver hasta qué punto la figura de Cristo resiste un tratamiento histórico. Creo que ése es el mérito de este volumen. Que se lee con la mayor facilidad, gracias a su estilo expeditivo y directo.


JOSÉ ANDRÉS-GALLEGO | 03/05/2000 |  Edición impresa


El título de este libro es equívoco, por más que sea legítimo. Una de las cosas más difíciles de precisar y, sin embargo, más ciertas e importantes en la historia del mundo es la forma en que el cristianismo contribuyó a perfilar la cultura helenista y, por tanto, la cultura occidental, o sea la que, creyentes o no en el cristianismo, tenemos ya la mayor parte de los humanos. Pero no es esto lo que pretende el libro de César Vidal, sino dejar constancia de lo importante que ha sido el cristianismo para el desenvolvimiento de Occidente. Se me dirá que es lo mismo pero no es así. Yo me refiero a la constitución, mental principalmente, del alma de los occidentales, a las maneras de pensar y de estar ante la vida, y César Vidal trata en cambio de cómo el cristianismo fue definido, se extendió seguidamente hasta tamizar la cultura grecolatina, impregnar con ella -después- toda Europa, convertir más tarde a la propia Europa en avanzada de la humanidad -con la revolución científica y la democracia- y, por último, salvar a la misma Europa de sus propios y personalísimos desvaríos (el marxismo y el fascismo). Vidal cuenta todo esto como una historia -digamos- humana. Quiero decir que rehuye el problema de lo sobrenatural; presenta todo este proceso, incluido Jesús de Nazaret, como realidades exclusivamente históricas, sin introducir en el relato elementos tomados de la fe. Esto es difícil, desde luego, y algunos pensarán que es además erróneo. Pero a mí me parece que alguien tiene que hacerlo. Sea cual fuere el pensamiento y la creencia del autor, es la única manera de que algunos se asomen a la figura del protagonista de este relato: despojándolo de lo que la propia cultura occidental nos ha legado (en parte, un conjunto de fórmulas que, para el no creyente, carecen de sentido) y contando las cosas de otra forma, de una manera histórica, aunque resulte agnóstica.

Entendido de este modo, como un relato para el que no es creyente sino curioso, el resultado es -a mi juicio- bueno. Diría además que es un resultado fruto de una actitud independiente. Asumido un agnosticismo por lo menos metódico, nada hubiera sido más fácil que tomar la interpretación “liberal” de la figura de Cristo, sobre todo la interpretación protestante de los Evangelios como mera expresión simbólica, tardíamente redactada, de una vida que, en realidad, habría sido de otro modo. Muy al contrario, el autor dedica un apéndice a demostrar que todos y cada uno de los Evangelios fueron redactados antes del año 70, incluso el de Juan (que se supone más tardío) y que, por tanto, no son relatos míticos, sino descripciones de gente que vio directamente o recibió de primera mano los testimonios de lo que narra y que escribió esos textos convencida de que relataba unos hechos ciertos.

Hay un punto del libro que no resiste a mi entender la crítica histórica. Me refiero a la idea de que el luteranismo fue una inyección de libertad en el cristianismo y que, por eso, a él se deben la revolución científica y la democracia. El autor no critica por eso el catolicismo; al revés, viene a decir que se trata de dos orientaciones que se completan eficazmente, porque el catolicismo tiene en su haber una creatividad espiritual, filosófica y artística extraordinaria. El luteranismo sería el hacedor de la creatividad pragmática y el catolicismo el de la creatividad trascendental. Pero, en realidad, la revolución científica no nació protestante. Al contrario, Copérnico (si en él puede ponerse el punto de partida) era canónigo católico, fue aplaudido desde la Santa Sede y condenado en cambio por Lutero y Calvino, que defendían como cosa segura que el sol daba vueltas alrededor de la tierra y que había que perseguir a quien dijera lo contrario.

En cuanto a la democracia, el primer pensamiento democrático está -en germen- en la doctrina populista de la Segunda Escolástica, la salmantina y alcalaína -principalmente- del siglo XVI y de ella -concretamente, del jesuita Francisco Suárez- lo toma el padre de la democracia protestante, que es Grocio. Lo que ocurre es que, por un proceso que sería largo explicar, desde la segunda mitad del siglo XVI no la lógica interna sino elementos exteriores provocaron un cambio de papeles entre unos y otros: la Iglesia católica se cerró al tiempo en que las principales confesiones pro-testantes se abrían. Y luego vino algo que ha estudiado en el terreno de la filosofía del derecho Francisco Carpintero y que debería ser más conocido. Me refiero a la decisión de Pufendorff y los suyos de negar las raíces católicas del pensamiento político de Grocio, negando de ese modo lo evidente y explícito, que era la inspiración del pensamiento grociano en la filosofía del jesuita Suárez. Hasta la famosa frase de Grocio (habría que gobernar conforme a la ley natural “aunque Dios no existiera”) está tomada de Suárez, quien, a su vez, la tomó de un filósofo italiano medieval; está ya In librum secundum Sententiarum de Gregorio de Rímini, que se editó en Venecia en 1522 y había sido escrito seguramente más de dos siglos antes. (Lo dije ya en uno de esos volúmenes misceláneos que llegan a muy pocos pero que no deben desconocer los especialistas.)

En suma, un libro para agnósticos y también para quienes quieran ver hasta qué punto la figura de Cristo resiste un tratamiento histórico. Creo que ése es el mérito de este volumen. Que se lee con la mayor facilidad. Se diría que la formación anglosajona de la que presume el autor le ha dado ese estilo directo y expeditivo con que ingleses y norteamericanos suelen despachar los mayores problemas.




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