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Javier García Sánchez: La insurrección

“Entonces, amén de ingenuo, yo era un imbécil integral”

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José Luis GARCÍA SÁNCHEZ | Publicado el 22/05/2008

Desde muy, muy joven me planteé todo en la vida en términos de insurrección. Las cosas que realmente importaban sólo podían lograrse mediante una batalla. Batalla fragorosa, por supuesto. Y la Literatura (mi mejor pasión junto a la Música) no iba a ser menos. Mi vida literaria empezó como un asedio (a la idea de la belleza) y acabará, lo sé, como Numancia o Cartago, y temo que desde el punto de vista narrativo de los del interior. Por eso creo que debo explicar qué ocurrió con la primera novela que escribí y no tanto con la que publiqué. ésta, Continúa el misterio de los ojos verdes, surgió de un reto, derivado de ciertos hechos acaecidos a resultas de aquella otra primera novela. El reto con los Ojos verdes fue proponerme redactar una novela legible, pero con trama (medio policiaca), etc. Al concluirla, y como estaba plenamente convencido de que ganaría cualquier premio al que me presentase, la envié al Nadal. Mi perplejidad no tuvo límites cuando supe que ni siquiera había llegado a las fases finales.

Bueno, pero ahora quiero contar la intrahistoria de mi auténtica primera novela. Un buen día me dije: “Montemos una gorda” (conmigo mismo, claro). Así que me puse a escribir una novela experimental. Sí, digo bien, experimental. La edad, y la experiencia, me convencieron después de que puede hacerse una novela experimental cuando ya se ha transitado por otros territorios narrativos. Pero entonces, amén de ingenuo, era un imbécil integral, así que la escribí. Hoy sigo teniendo arrebatos de candor, aunque me ha pasado demasiado y he visto lo suficiente como para no sentirme un imbécil integral. Lo cierto es que entonces sí lo era. Y me puse manitas a la obra.

El resultado fue una novela de impronunciable título. También, sospecho, de ilegible contenido. Porque aquello era un artefacto de esencia diabólica. Un delirio barroco que venía a ser mi personal ajuste de cuentas (temo que también prematuro) con el tema del lenguaje. Me había pasado los diez años anteriores leyendo el Diccionario, apuntando cuantas palabras cautivaron mi atención, y allí que solté todo aquel lastre. Si Joyce lo había hecho (para concluir su carrera literaria) con su Finnegans Wake, ¿por qué yo no podía hacer lo propio para inaugurar la mía? ¿Qué importaba que fuese consciente de que los lectores tendrían que recurrir al Diccionario varias veces por página? Si era un reto para mí, ¿por qué no traspasar ese reto a los lectores? De forma que, dado que además de ingenuo e imbécil entonces tenía la insolencia secular de la juventud (hablo de 1980) le dejé mi novela (?) a tres personas cuya opinión literaria era importante para mí: Xavier Berenguel, Mauricio Wacquez y Rafael-Humberto Moreno Durán. Los dos últimos, además de narradores, trabajaban en sendas editoriales.

¡Ay de mí...! Transcurrían las semanas, los meses, y nadie decía ni pío. ¿Qué estaría ocurriendo? Pues lo siguiente: el pobre Berenguel me contestó que la obra era “demasiado” para él, ya octogenario, y que le “abrumaba” mi quehacer lingöístico. Se quedó en la página 30, eso dijo, de un total de casi 300, “atónito” ante tamaña arborescencia sintáctica. Falleció al poco, y confieso mis dudas culpables al respecto a si yo no habría puesto mi granito de arena a tan sentido óbito. Moreno Durán vino a decirme que la novela era un prodigio de léxico, pero faltaba “pulir algo el andamiaje de la obra”, que en sí misma era de “insuperable lectura”. Bueno, en realidad estaba diciéndome que era un perfecto pestiño, pero no quise enterarme. También murió demasiado joven. Mauricio, gay perverso, lector de Proust y chileno de alma parisina, fue algo más críptico (y diplomático, pienso hoy) al decirme: “Mijito, has escrito una novela iniciática...” No conseguí sonsacarle nada más. Por supuesto, también falleció cómo y cuando no debía.

Supongo que me hice mayor (literariamente) muy rápido. Guardé aquel engendro en un cajón y lo olvidé (¡ja!) y me puse a escribir novelas de verdad. Ah, se me olvidaba: también le envié un ejemplar de la novela a Munárriz, editor de Hiperión. Me contestó una amable carta en la que decía, más o menos, que igual yo me sentía Joyce (¿lo ven?) pero que ellos (Hiperión) no estaban tan locos como para editarme eso.

Publico desde hace 30 años, o sea, sé lo que me digo a estas alturas. Ante mi nuevo reto insurreccional, mi futura novela Robespierre, pienso recuperar gran parte de aquel material, pero mejorado hasta la embolia, en un intento ya no sólo de hacer un novelón histórico sino también algo más. O hago una auténtica revolución en la prosa o no la publico. Y es que la literatura es lo que tiene: acaba siendo una cuestión de fijaciones no resuelta en permanente working progress. Mensaje final a mis lectores: tranquilos, que los novelistas de siempre no han dado su brazo a torcer. Y sí (nos) lo vamos a poner más difícil que nunca.


Desde entonces

Javier García Sánchez (Barcelona, 1955) obtuvo el premio Pío Baroja por La dama del viento sur en 1985. Después vendrían Última carta de amor de Carolina von Gunderrode (1986); El mecanógrafo (1989); La historia más triste (1991); El alpe d’Huez (1996) o El otro amor (2008).



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Javier García Sánchez. Foto: Rudy