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Miércoles, 30 de julio de 2014
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Historia del anticlericalismo español

Julio Caro Baroja

Prólogo de Jon Juaristi. Caro Raggio Ed. Madrid, 2008. 240 páginas, 18 euros

JOSÉ ANDRÉS-GALLEGO | 19/06/2008 |  Edición impresa


Retrato de Carmen Caro.

La Historia del anticlericalismo de Julio Caro Baroja (Madrid, 1914-1995) es un libro breve que, como todos los suyos, está lleno de enjundia y de sentido común y se expresa con un estilo sencillo y fluido que hace la lectura sumamente agradable. Se trata, ya se comprende, de abocetar la historia de algo que se presupone en el título, y es que, en España, hay una actitud anticlerical que viene de siglos. Algo de tanta envergadura como lo que acabo de decir -una actitud anticlerical- requeriría una definición previa: la de “actitud” (anticlerical). Y esa definición podría dar lugar al desarrollo de un método. Julio Caro no era hombre, sin embargo, que se ocupara de esas cosas, por más que no las desconociera. Claro es que tenía un método. Pero no requería ninguna explicación previa: era el método propio de un lector empedernido no sólo de lo que nos puede ser familiar a todos, sino de libros raros y olvidados, a veces no raros sino rarísimos, que descubría en su sed insaciable de bibliófilo exquisito La biblioteca que dejó en Itzea es una de las joyas que debemos a los Baroja, incluido él mismo sin duda. Muy pocos pueblos de España -está en la casona familiar de Vera del Bidasoa- pueden presumir de un tesoro parejo. En la lectura de esos y de otros libros, llamaban la atención del historiador y etnólogo las respuestas que pudieran surgir para las muchas cosas singulares que llevaba en la cabeza (una, el anticlericalismo) y eso, hecho durante años y años, le permitió pergeñar obras como ésta. Quizá precisamente eso, la necesidad de que surgiera de la acumulación de muchos años de trabajo, contribuye a explicar que a Caro Baroja, le llegara en el último tercio de su vida el reconocimiento académico que merecía.

En la Historia del anticlericalismo, va enhebrando textos literarios conocidos y desconocidos de carácter anticlerical y los comenta al hilo de su propia reflexión. El resultado es, como digo, un libro muy ameno. La reflexión personal de Julio Caro, en este caso como en todos los demás de sus libros, está cuajada de sentido común. Sencillamente, muestra cómo, desde el origen de nuestra lengua, se ha expresado una actitud que venía de mucho antes y que consistía en poner de relieve la existencia de un estereotipo anticlerical -sobre todo relacionado con la gastronomía, el sexo o el dinero- que no empañaba sin embargo las convicciones cristianas de todos o de la mayoría de los que ponían aquellas cosas por escrito. Caro Baroja tiene que señalar que, en el siglo XIX, hubo un sesgo claro en esa constante y que fue sobre todo un sesgo político y, sólo en una instancia posterior, propiamente antirreligioso. Lo político irrumpió con la revolución liberal y expresó una actitud distinta desde el momento -años treinta del siglo XIX- en que se encauzó por quemas de conventos y matanzas de frailes. Esa sangrienta innovación, que continuó presente en nuestra historia hasta la última guerra civil, obliga a Julio Caro a ir tomando partido, por decirlo así, y hablar de los dos bandos y de los respectivos clichés con que se desdibujaban mutuamente. Hay pronunciamientos del autor contra personajes “clericales” de la época que, sólo en una ocasión (el padre Claret), llaman la atención por lo gruesos. El libro se publicó en 1980 y, si algo hay que lamentar, es que no hablara más de lo ocurrido entre 1931 y 1939. A eso consagra sólo unos párrafos donde dice lo imprescindible, como quien escribe para personas que saben ya lo suficiente sobre lo que hubo de anticlericalismo en aquellos años. No faltan desde luego anotaciones a lo que vino enseguida, el régimen de Franco, y a su fachada religiosa. Pero se diría que Julio Caro evitó un asunto que, en 1980 (y, de nuevo, hoy), estaba excesivamente vivo y podía ser presa fácil, demasiado fácil quizás.

No hay más ni menos en esta obra: anotaciones de lector empedernido y atento a lo singular, hábilmente hilvanadas con un estilo sencillo y ameno y presentadas como fruto de una persona que no era desde luego “clerical” pero que salió al paso públicamente cuando a alguien se le ocurrió relacionar, en un periódico, a su tío Pío Baroja con la violencia antirreligiosa de la guerra civil. Una cosa era, para Julio Caro (y también para don Pío), poner de manifiesto los defectos más o menos frecuentes en las personas y otra muy distinta, matarlas.


Se edita, tras 60 años, la Causa General
La Guerra Civil Española fue bautizada como “Cruzada”, por el bando nacional, pues la lucha contra el “ateísmo” de la República supuso una de las principales motivaciones de los sublevados. En respuesta, durante el conflicto tuvieron lugar en la zona republicana numerosas ejecuciones de sacerdotes y ardieron las iglesias. Todo ello se recoge en la Causa general. La dominación roja en España (Akrón, 2008), que se publica ahora por primera vez desde la edición oficial de 1943. Contiene un amplio resumen, ordenado y dotado de un útil índice onomástico, del proceso judicial que sirvió al nuevo estado para ajustar cuentas con los vencidos. Un catálogo de crímenes y tropelías, ilustrado con truculentas fotos de ajusticiados con las manos atadas, de ominosas checas y de iglesias devastadas. Historiado-res no afines precisamente al franquismo, como Javier Tusell, han elogiado la ayuda que la Causa General ofrece como fuente documental de primer orden pese a no estar exenta de falsificaciones.


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