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revista de libros


Edición impresa |  LIBROS

No importa

Agota Kristof

Traducción de Julieta Carmona. El Aleph, 2008. 101 pp., 16 e.

  • Resultados:

Darío VILLANUEVA | Publicado el 31/07/2008

Agota Kristof (1935) es una escritora húngara que, veinteañera, huyó al estallar la revolución de 1956 para refugiarse en Suiza. Escribe en francés y cobró relevancia internacional a raíz del Prix du Livre Inter, obtenido por su primera obra, El gran cuaderno, y sobre todo gracias a que uno de los nuevos directores del cine italiano, Silvio Soldati, basase el filme Brucio nel Vento en su novela Hier. El presente volumen nos ofrece el conjunto de sus relatos que, sin embargo, conectan directamente con las otras dos facetas de la autora con las que en el exilio empezó a velar sus armas literarias: la poesía y el teatro.

Precisamente, la pieza de tan solo dos páginas que identifica toda esta colección de textos se nos presenta como una especie de poema dramatizable en el que dos voces sin nombre dialogan en tres situaciones inconexas, un tanto incongruentes, resueltas con notable concentración expresiva, suma ambigöedad y la recurrencia del título a modo de refrán. Y esa limitada polifonía se reduce al puro monólogo lírico en “Mi casa”, otro poema en prosa de cierto desarrollo narrativo. En todo caso, de los veintiséis textos que componen No importa tan solo cinco ocupan entre seis y once páginas. Uno de ellos, “La casa”, cuyo tema en cierto modo se reitera luego en “Las calles”, aprovecha también la estructura dialogada para plantear el mismo tema que Mujica Láinez ya había hecho suyo en una novela de 1954 donde cobraba vida una vieja mansión de la calle Florida para hacer cierto el lema de Eliot: Houses live and die. Porque Kristof maneja con rara habilidad las transiciones entre el absurdo y la fantasía, en una síntesis que apunta tanto a Kafka e Ionesco como a nuestro realismo mágico. Teatralidad e imaginación que tienen un posible punto de encuentro en el impulso oral, invocado incluso en los relatos en primera persona cuando el narrador hace precisiones acerca de su modo de contar (“Los profesores”) o interpela a sus lectores como si del público de un cabaret se tratase (“El buzón”). “Los números incorrectos” es un texto más extenso, y en él brilla la impronta singular que la autora le da a su escritura: el artificio de la llamada errónea da lugar a una sarta de conversaciones que precipitan un desenlace sorprendente, engañando lopescamente con la verdad al don nadie que narra.

La inanidad de las vidas adultas, la añoranza de una niñez que sin embargo no fue feliz, la nostalgia de la casa materna y de la ciudad natal que ya no son lo que eran aparecen como otros tantos motivos reiterados en este libro. Son excelentes las breves páginas, de perceptibles ecos autobiográficos, dedicadas al regreso del protagonista para asistir al “entierro socialista” del padre. El cuento “El producto” nos ilustra de nuevo acerca de los posibles ecos que resuenan en la voz de los personajes creados por Kristof: el protagonista carece de nombre, es un mero “señor B”, y la peripecia que le acompaña es similar a la del Willy Loman de Arthur Miller. La escritora sabe envolver sus narraciones de una ternura con frecuencia paradójica, que no excluye la violencia, el odio y, sobre todo, el sentimiento del miedo que alienta en la más extensa de todas, “¿Dónde estás, Mathias?”, ya al final del volumen: una pieza más dramática que narrativa, entre la poesía y el absurdo, protagonizada por niños.





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