Muchas veces las personas mayores no explican nada a los niños. Sin embargo, hay momentos en que, hablando entre ellos, se refieren, sin darse plena cuenta, a las cosas que habían decidido acallar. Hablan para ellos, entre ellos, pero bajando un poco el tono de la voz, lo que para los niños que están delante produce una congoja aún mayor de la que ya llevan encima por tanto misterio inexplicable. Los niños solamente oyen a medias, trasoyen, entreoyen y, al carecer de la experiencia de vida necesaria para entender debidamente, se forman ideas equivocadas o absurdas o erróneas o exageradas o falsas, siempre, empero, con nefastas consecuencias.
Sin embargo, en aquel ambiente de misterios inexplicados y verdades a medias yo sabía que estábamos en guerra, aunque sin saber lo que era una guerra y, desde luego, sin saber lo que era esa guerra. En varias ocasiones hombres armados y de uniforme habían invadido, casi siempre en las tórridas tardes de finales del mes de julio, la casa de la huerta en la vega de Granada donde pasábamos aquel verano de 1936.
A la pesadumbre que ya de por sí producía el calor, contra el que se luchaba oscureciendo y cerrando las ventanas y balcones, se unían los sobresaltos y la angustia que producían en aquellas horas de silencio y tranquilidad el irrumpir de voces imperiosas, los improperios, los ruidos de botas y armas en la placeta primero y ya dentro de la casa por la escalera y en el pasillo después. Invadían la casa sin miramientos, registraban los muebles, siempre con malas y amenazantes maneras, removían los cajones. Una vez hasta levantaron la tapa del piano de cola que había en el salón y, buscando yo no sé qué, también escudriñaron dentro de la caja de caoba del gigantesco reloj de pared que había en el salón.
Muchas cosas habían cambiado de repente. Había miedo y había lloros. Sollozos como nunca había oído en casa, y había dos ausencias, mi padre, Manuel y mi tío Federico, de los que apenas guardo ningún recuerdo físico, y de cuya ausencia no se me dio ninguna explicación. Si quisiera contar mi vida, debería contar mis muertos, afirma Imre Kertesz. Sin duda que los muertos, la falta de vivos, es algo que influye mucho en la vida. Todos los acontecimientos externos, los impuestos desde fuera, las cosas no deseadas, ni queridas, ni previstas van moldeando nuestra vida tanto o más que nuestra propia voluntad. No somos libres para decidir lo que vamos a ser, ni cómo vamos a ser. Nos van haciendo. No somos siempre el autor de nuestra propia vida, dice Paul Ricoeur.
Por mucho que a los niños de la casa, de cinco, cuatro y dos años, nos quisieran ocultar algunos acontecimientos, yo sabía dos cosas: que en la guerra había bandos y que en la guerra había muerte; pero lo que no sabía era cómo comportarme, qué era lo que se suponía que debía hacer yo, porque lo que no debía hacer lo entendí por las malas y bastante pronto. [...]
Entre los miembros del claustro del curso veraniego [de Middlebury, Vermont, en 1941] imperaba un clima de gran intimidad y cohesión, todo muy próximo y familiar. Había muchas idas y venidas de una casa a otra. Muchas visitas que al poco tiempo se devolvían. Hasta intercambio de víveres, pero no solamente entre nuestras dos familias, sino con todas las de los miembros del claustro, refugiados la inmensa mayoría, por no decir todos. Tengo muy vivas varias anécdotas de los frecuentes encuentros con Pedro Salinas, para todos nosotros, siempre, don Pedro. Una tarde salía yo de casa para ir al centro del pueblo a comprar unos puros, producto que se consumía bastante en casa porque había dos asiduos fumadores de habanos, mi abuelo y Julia, la divertida criada puertorriqueña, y no eran raras las veces que me mandaban, el uno o la otra, o los dos a la vez, al centro del pueblo a comprar cigarros. En una ocasión, yendo yo con ese sagrado encargo, me encontré con don Pedro, que venía andando hacia casa por la calle principal de pueblo. Me paró en la acera y aún recuerdo las palabras de nuestro diálogo, que pudieron haber formado parte de un sainete:
-¿Adónde vas, Manolito? -Por puros, don Pedro. -Ah, ¿para tu abuelo? -No, don Pedro, para la criada.
Se echó a reír a carcajadas, literalmente retorciéndose de risa, tanto por lo cómico de la situación en sí, como por la naturalidad con la que yo cumplía mi mandao. Todavía oigo sus carcajadas a mi espalda, calle abajo, mientras sigo mi camino hacia el estanco. Se reía mucho don Pedro, aunque también tenía fama de malas pulgas. Recuerdo otras carcajadas de don Pedro que trajeron cola. Fue quizás ese mismo verano o puede que el siguiente [...].