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Miércoles, 16 de abril de 2014
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Poemas calientes

Bousoño, Gimferrer, Jodra, Colinas, Caballero Bonald...

En este viejo país ineficiente no todo es márketing, mercado o negros. También tienen su espacio los poetas. Hoy EL CULTURAL abre sus páginas a catorce creadores indiscutibles, de aquí y ahora, de generaciones diversas y voces distintas y propias. A sus versos más recientes, ultimísimos, calientes todavía y, en algunos casos, no definitivos. Inéditos. ¿Excusa? Todas y ninguna: el penúltimo congreso de poesía joven, algunas publicaciones, los premios... Versos de última hora, cargados de tradición y de futuro, sensuales, serenos y sabios.


 | 01/11/2000 |  Edición impresa


La hora cerrada

Ya está todo dispuesto,
hay un reloj que marca detenidas
las doce no solares,
la casa está vacía y no hay valija ya que prevenir,
en la estación la niebla aleja aún más
el silbido pretérito,
afantasma en el puerto los cascos de los buques.

¿Podré aún llegar a ti,
ancianísimo espíritu, antes de que obedezcas
la última ley prescrita hacia la nada,
para así devolverte
un reflejo del mundo que me diste,
acercarte el espectro de la vida que amamos,
recibir tu piedad,
ungirte con la mía?
¿Y allí estará él aún, o será ya carencia?
Despoblados los tres
las sombras no serán.
Ni la luz, ni el vacío.
¿Hasta cuándo ahí el mundo?

Francisco BRINES

No tengo los secretos


No tengo los secretos
para cambiar la vida.
Sólo quiero belleza.
Presiento más que digo.
El peso del dolor
infinito del mundo
cae sobre mí y me aplasta,
y me siento morir.
Perpleja, no sé los
secretos de la vida.
No domino la vida
y no temo a la muerte.

Carmen JODRA

La disciplina de la pobreza

Paré en la carretera,
y al salir de aquel bar deshabitado,
noté que me seguían.

La luz del coche ajeno se acercó
a la nuca indefensa de mi coche.
El policía de la incertidumbre
pudo esconderse a tiempo
en la cortina del atardecer.
Y detrás de la curva del pasado,
igual que la linterna de un minero
en el retrovisor,
aparecía y desaparecía
la huella del que estaba persiguiéndome.

Aceleré hasta hundirme
en la venganza de la noche,
mientras el lobo de las autopistas
buscaba soledad y luna llena
en los campos borrados,
en los cruces sin nadie,
en la ciudad sin nadie
borrada por la prisa.

Hubiera preferido detenerme
al llegar a mi casa,
abrir la puerta,
abandonarme al interrogatorio,
dejar que inspeccionaran las sombras de mi archivo,
que revolviesen los cajones.
Pero al estar allí pasé de largo,
doblé la esquina de Correos
y seguí la ciudad
para llevarme el coche
inevitable que me perseguía
a la espuma infectada,
al movimiento inútil de los amaneceres.

No soporté que nadie pudiera descubrir
tan limpio de sospechas el lugar donde vivo,
no soporté el registro que ya no encontrará
los nombres que buscaba, las citas y las pruebas
de la conspiración.

No me acostumbro a ser inexistente.

Luis GARCíA MONTERO

Envejecer

Es el comienzo del no ser, su estrafalaria aurora
que se anticipa y avanza por todos sitios, se afila para entrar en las
venas, insinuante,
tal vez a causa de su supuesta, hipócrita brillantez,
o quizá
se infiltran en ellas por sorpresa al menor descuido en forma de
inoculadora aguja,
y ya allí,
es cuando empieza a inflarse como un globo.

Mas podría ocurrir
que la infamante aurora yazga dentro desde el principio
y se hinche al modo del pulpo, que, fuera del agua,
parece inquietadoramente agrandarse cuando en el estertor
expulsa agua metódica en chorros intermitentes.

El globo adopta con frecuencia formas monstruosas, algo grotescas
por el lado izquierdo; por el derecho,
adquiere de pronto soledad, llena, sobre todo, de aire.

Y se da el caso de que es justo en ese momento
cuando el fenómeno de que hablamos
verdaderamente se acentúa, cuando cada cosa rivaliza en actividad,
cuando se inicia la carrera, el salto de vallas,
cuando crece y crece la piel
con rapidez tan fuera de mando y de justo control
que ya no cabe en el espacio estricto
y tiene que adoptar (para que de hecho pueda caber)
la forma sorprendente de infinitas y apretadas arrugas,
más gruesas y profundas a cada instante,
las cuales, sin embargo, resultan ser, pese a la prisa que les acomete,
de gran justeza en el cumplimiento de su ardua misión,
la de que lo mucho pueda, paradójicamente, darse en lo poco.
Es un delicado cálculo, pues, lo que describo,
algo así como si fuesen hechas, todas esas arrugas,
de inspirada ciencia instantánea.

Y es justamente entonces
cuando llegan a su máximo auge, plenamente,
aquella rivalidad y competición a que arriba me referí,
en cuanto que se pone, al fin, en ejercicio sumo,
sin cesar un instante,
(qué cauto paraíso)
el frenesí de la multiplicación, de la división,
(triunfal, universal, el frenesí de la materia galopante).

Y de este modo nos hallamos
en el instante único de aquel dominio extremo con que aumenta,
también sin pausa alguna, de manera imparable, la dimensión de
aquella piel.

Tal fue el secreto de la fecunda ferocidad matemática,
la verdaderamente genial garra aritmética
de aquel tejido sumo,
tan repentinamente gigantesco,
si al desplegarse aniquilando sus arrugas,
sonasen las trompetas invisibles
y se pusiese en pie, contra nosotros,
en amenaza súbita,
esa totalidad,
como una ola
dispuesta a ser tragada por entero,
pese a que lo tragado
(atragantado, enorme)
sea hasta el mismo fondo sólo, sólo amargura,
nada más que amargura y desazón
lo que hoy es todavía,
puesto en pie como digo,
todo el amargo mar, verticalmente.

Pero, además, las cifras desazonadas que he citado,
inteligentes, claro está de por sí (al ser precisamente cifras, esto es,
saber cuantitativo),
aprovechando el lado entreabierto de un extraño artefacto,
entran en la interioridad de éste,
y salen, sólo un instante después,
convertidas ya, increíblemente, en mucho más
(dentro del plano de conocimiento del que partieron),
esto es, transformadas nada menos que en númenes,
númenes, como tales portentosos
(altaneros, despreciativos,
y arrolladores, trágicos).

Y, por otra parte, al revés, en cuanto a la otra situación en que
previamente se hallaban
(no en vano designábamos aquello como “galope”),
tales guarismos se transfiguraban
en velocísimos ciervos, o antílopes,
llenos de terror en la estepa.

Y he de añadir aquí, no sin horror,
que incluso alguno de ellos, sin dejar de correr,
llevaba sobre el lomo, como formando parte íntimamente suya,
un tigre, o un leopardo, o una negra pantera,
que devorando iba a la respectiva víctima aterrada,
aún viva y veloz ésta, pese a todo,
en que cada mordisco atroz de las fauces de espanto
aceleraba más, como acicate vil,
la rapidez de su huida hacia nunca...

Y así las cifras se llenaban de ceros como si fuese aquello un caso de
alta prestidigitación.
Los émbolos funcionan incesantes; penetran de súbito las guitarras
en la sala de máquinas,
y el ámbito se puebla de música. Es el estruendo de estío, el ruido de la procreación
multitudinaria, el alzamiento de una melodía
infinita, pero analizada infinitamente al revés
por un músico experimentado en desórdenes.

Y todo crece ya como un laberinto, complicándose en la interminable
planicie desierta donde nunca termina de hacerse,
mientras ese enigma o embrollo, inacabado e indescifrable,

prosigue allí, con la consiguiente prolijidad e inmisericorde retardo

su tozuda tarea u obstinación,

cansadamente,
repetitivamente
(lenta y acumulada su martirizada monotonía,
su cansancio infinito),

extendiéndose informe, a medio estar,
a medio caminar,
por el extraviado dolor....

Carlos BOUSOñO

Extraña forma de vida

Bajo el yunque de fuego
que el sol de agosto enciende
en el muro encalado, se derriten los pétalos
de una sedienta buganvilia grana.

Qué extraña esta belleza moribunda,
esta desaforada desnudez grandiosa,
esta sílaba escueta del milagro.

Carlos MARZAL

El momento en que la noche termina

Es como si de repente, en el aire,
muriese algo que vuela,
un indeterminado murmullo
de ecos que parecen
venir de un túnel blanco.

Y es también, desde luego,
el ruido de un vaso de cristal cuando se pisa,
su metáfora fría de élitros batientes,
la indecisión de las fieras nocturnas
frente al amanecer.

Si haces un balance de conciencia,
un recuento de magia y libertad,
verás una honda noche confusa que termina
y que se graba a fuego en la memoria,
pues no habrá amanecer que la destruya
ni luz que desmorone la tiniebla
de esa ficción al margen de la vida
cuando llegue el momento
de los pactos urgentes con la vida,
cuando llegue la hora
de rescatar del tiempo el espejismo
de aquella eternidad que fue un instante
detenido en el magma que fluía.

Felipe BENíTEZ REYES

Solamente un cosa

Dejadles libertad:
que hablen, como la Esfinge,
con tinieblas, o con
sencillez de agua joven; con palabras
de autobús y mercado,
pulidas y doradas por el uso
como viejas maderas navales, o con otras
raras y refulgentes
como diamantes negros; que se vuelvan ceniza,
que jueguen, que sollocen, que se acerquen descalzos
o que retumben como rayos bíblicos
desde alguna tribuna
populosa.
Dejad que vuestros versos
persigan la Belleza a su manera,
que cada uno sueñe su camino.
Solamente exigidles una cosa
-pero esto sin ceder ni un palmo a los demonios
de la notoriedad o del dinero-,
solamente una cosa: en la lengua que quieran,
que digan lo imposible.

Miguel d’ORS

Los perros en la noche de agosto

Ladran los perros en la noche de agosto
y los árboles están quietos, ni una hoja se mueve.
Ladran los perros y un perdido pasado también ladra
o maldice o reclama la visión del amanecer.
Es el verano, agosto ardiente, el hielo derritiéndose en el vaso,
polvo y moscas, frenazos, sirenas de ambulancias.
Los perros ladran, tal vez pregunten
el porqué de esta noche, de esta historia,
ignoran que el tiempo repite
sus inútiles lamentos, que el silencio
adivina otro silencio, otra sombra, la sombra.

Juan Luis PANERO


Zamira ama los lobos

Zamira ama los lobos.
Yo quisiera ir con ella a buscarlos
a las tierras más altas,
donde los robledales rojos de Sotillo
han perdido sus hojas en las fuentes,
allá donde los caballos
beben el agua helada de las cascadas
y se espera la nieve
como una bendición.

Tú y yo estamos en este hospital
esperando a la muerte.
No la muerte tuya ni la muerte mía,
sino la de aquellos que nos dieron la vida.
Y éstos ¿a quiénes pasarán,
cuando mueran, sus muertes?
Tú y yo esperando el final,
el vacío del límite,
mientras la vida brilla y tiembla entre nosotros
como un cuchillo inocente.
Y es que, esperando la muerte de los otros,
esperamos, un poco, la muerte nuestra.

Quizá, por ello, Zamira ama los lobos.
Quizá, por ello, yo deseo también
salir a buscarlos con ella este mes de diciembre
a los páramos altos,
a los prados remotos.
Y podríamos ver los espinos,
y las brasas de sangre del sol
en mimbrales morados.
Puesta ya en nuestros ojos
la venda de la nieve,
que no pensemos más, que ya no nos
[deslumbre
el acre resplandor de los quirófanos.

Zamira ama los lobos,
quiere escapar del laberinto de piedra y cristal
del dolor.
Zamira: partamos y no regresemos.

Antonio COLINAS

En vela

Ma seule étoile est morte
G. de Nerval


Muy lejos los relámpagos, de noche, y la alborada,
que me anuncian la furia de la luz matutina:
con alas de sirena, Noche decapitada
por la gruta de sombras ciegamente camina.

Yo habitaba el jardín de la cárcel del hada,
la noche de Semíramis se encendió en el jardín,
y vi la estrella de la noche profanada
que presentía el alba como presiento el fin.

Fue entonces, en el tiempo perlado de romanzas:
tan compulsivamente con el rayo las lanzas
devastaban la máscara maquillada del cielo.

En la Alhambra pintada de la azul galería
la esponja de la noche mis sueños deshacía,
y era mi única estrella, en la tiniebla, hielo.

Pere GIMFERRER
(Traducción de Justo Navarro)


No me interesa la tradición débil

Homenaje a Vicente Núñez

No me interesa la tradición débil
de la literatura. Este verano
leo a San Agustín, a Maquiavelo,
Thomas de Quincey, Esquilo,
Umbral y Montherlant.
No me interesan los emperadores
últimos, que firmaban
su abdicación a lápiz, por si acaso.
Tampoco quienes pliegan el periódico
para no ver algunos titulares.
Esta tarde tenemos
que pasar a la acción urgentemente.
Desandar el sendero de la serenidad
con las personas de temperamento
irregular, con hombres
de cabeza viril y saludable.
Tener con Dios la misma relación
que dos osos que luchan en la cueva.
No me interesa la sabiduría
sino la conmoción.
Me interesa el kilómetro
despedazado, el campo de relámpagos
de Walter de Maria, los lugares
humildes donde acudo a esperar lo sublime.
Mi maestro me ha enseñado
que hasta la erudición es una forma
de la sensualidad.
Ya sólo me interesa
ser igual que Walt Whitman,
un puro protoplasma literario,
un organismo simple que se comunica
de manera directa con el mundo.
Me interesan tus piernas, tu cintura,
tu torso receptivo de claridad,
tu paquete que crece debajo de mi mano,
tu dentadura, esa aristocracia
que es un puñado de naturaleza.
A los treinta y seis años
ya sólo me interesa ser amor.

Juan Antonio GONZáLEZ IGLESIAS


Ha concluido

Ha concluido la vertiginosa
búsqueda de otra luz en otros cielos.
éramos en la noche astros gemelos
y en la tierra una senda peligrosa.

Uno buscaba el centro de la rosa;
otro, el denso licor de los consuelos.
Entre caricia y flor, cuántos anhelos
mordió la boca de placer dudosa.
Y aquí, en la lenta arena sin sonido
en la que yace sin piedad el día,
está esa luz de nuestro gozo pleno.

Era la tarde rosa de un subido
carmesí. Por tu pecho iba un sereno
suspiro renovando mi alegría.

Antonio CARVAJAL


Tiempo

Una luz taciturna de prostíbulo,
de resto de alcohol, de inconsolable
cantina ferroviaria, irrumpe
y persevera en estos transitorios
tramos de la memoria.

Se oye el paso decrépito del tiempo
entre las inconstantes dádivas
de la felicidad, mientras al fin desertan
los cuerpos juveniles y el olvido
otra vez se delata y lame
con su liviana lengua
un penúltimo rastro de deseo.

Edad dilapidada que en lo oscuro
me mira, madre
de los espejos, ¿en qué me he equivocado?

Emigra la verdad como las aves.


José Manuel CABALLERO BONALD



Las dudas de Eros

Montale: los limones fulgentes, entrevistos
en un patio de invierno:
le trombe d´oro della solarità.
No quiero más palabras para eros.
Dejadlo mudo: no crezca su lengua.
No ciego: vea, cante y aprenda con los ojos.
No le des más palabras.
Si lo obligas en cartas, poemas o susurros
de alta noche,
lo corrompes, lo pudres,
lo embalsamas.
No tenga voz, y viva
como los limoneros absortos de Montale.

Aurora LUQUE





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