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revista de libros


Edición impresa |  LIBROS

Astur

Isabel San Sebastián

La Esfera de los Libros. Madrid, 2008. 485 páginas, 22 euros
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  • Resultados:

María Elena CRUZ VARELA | Publicado el 16/10/2008

Como en esas leyendas contadas a los niños al calor de la lumbre en épocas, por desgracia, ya desaparecidas, Isabel San Sebastián (Santiago de Chile, 1959), periodista de garra donde las haya, cambia de tercio para sacarnos de esta posmodernidad abusadora y conducirnos, a través del tiempo y del espacio, a la Antigöedad Tardía, una etapa en la historia del hombre cuya belleza y brutalidad nos emociona y a la vez nos llena de espanto.

En medio de la tempestad, Naya, Hija del Río, sacerdotisa del culto a la Madre y por linaje líder espiritual del castro de Coaña, atraviesa el bosque aferrada a la mano de una niña de apenas dos años, su única hija. Se dirigen, como manda una tradición cada vez más peligrosa, a la cueva secreta del Guardián que deberá revelar el destino de la criatura y, de acuerdo a estos designios, la dará un nombre. La Diosa Madre dicta sus disposiciones por boca del eremita y las crípticas profecías corroboran lo que Naya sabe por instinto: su hija, que a partir de ese momento será llamada Huma, La que mana, es la elegida por la Madre para dar vida a una nueva era. Es en sí misma el final y el comienzo de un período. Paralelamente, en la lejana Recópolis, Liuva, de ascendente godo, de ocupación recaudador de los tributos locales y padre de tres hijos nacidos de su primer matrimonio, observa preocupado la crianza y educación de su primogénito Ickila, que muestras evidentes signos de poseer un carácter indomable apenas dados los primeros pasos en ese mundo, gobernado, para más zozobra, por los guerreros de Alá.

La historia de los astures y su tenaz negativa a dejarse conquistar por los ocupantes musulmanes a mediados del Siglo VIII, es narrada en Astur con estilo sencillo, sin los rebuscamientos y artificios tan de moda. En ella, además de una cuidadosa investigación para ubicarnos sobre el paisaje en el que transcurren los hechos, Isabel San Sebastián se nos presenta a través de los personajes como portadora de una ternura directamente conectada a la tierra y más allá de cualquier discurso feminista, reivindicadora del Poder generador y sanador de lo femenino activo. Libera a la mujer de la modorra cortesana, donde se desdibuja entre obediencias, intereses y otras mojigaterías, para colocarla en un escenario de amantes guerreras, capaces de seducir y pelear hombro con hombro en el campo de batalla sin perder el contacto con lo que en verdad son: diosas portadoras del origen de la vida.

Entre la valentía del rey Pelayo y la degeneración de Mauregato, una galería de reyes de todos los talantes desfila sobre los caminos de Hispania trazados por los romanos, entrecruzando, junto con lanzas y espadas, los destinos de Hu-ma, La que mana, y el godo Ickila. Así se cumplen las profecías, sin la intervención de la tan socorrida casualidad. Junto al peligro que entrañan ismaelitas, prófugos, recaudadores, amén de hambrunas y azotes naturales, Naya y su heredera Huma tendrán que enfrentarse a los despuntes de un cristianismo mal comprendido y peor aplicado que en forma de hogueras empieza asomarse por todos los rincones, asustando, dividiendo, alejándose a pasos agigantados de las enseñanzas del maestro de Nazaret. El culto a la naturaleza debe practicarse a escondidas y los rituales de sanación son interpretados como pactos satánicos. Estos riesgos tendrán que ser superados por las dos mujeres, entendidas en el lenguaje de los árboles, las flores, los pájaros y el agua. Para ello, disponen de conocimientos y habilidades tan antiguas como el comienzo mismo de la Humanidad.

No estamos ante un libro con aspiraciones trascendentes, pero sí ante un pretexto para instalarnos cómodamente entre sus páginas, como lo haríamos en el regazo de una antigua contadora de mitos que nos lleve, sin temor a las complicaciones existenciales, a esa región donde todavía conservamos el anhelo de una inocencia a la que, más allá de las mundanas máscaras, deseamos volver.





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Isabel San Sebastián. Foto: Carlos Barajas