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Rafael NUÑEZ FLORENCIO | Publicado el 16/10/2008
En un libro de gran circulación a comienzos de los setenta, Mis almuerzos con gente importante, José María Pemán dibujaba con trazos precisos los rasgos con los que el general Queipo de Llano ha pasado a la posteridad: arrebatada simpatía, pasión hispánica, elementalidad cultural, sin pelos en la lengua y tendencia a la sal gorda, sobre todo en las arengas. Los opositores añadirían en lo personal querencia por el morapio y en lo militar una actitud inflexible y cruel -con el asunto Lorca como piedra de toque-. En el prólogo de estas Memorias, su nieto -que también lo es del primer presidente de la República- se hace eco de esas acusaciones (la figura de Queipo ha sido deformada, caricaturizada, satanizada) para rechazarlas con indignación, al tiempo que arremete contra la exaltación desmesurada y hasta ridícula de personajes mediocres, incluyendo aquí expresamente a Franco y Azaña.









Queipo asiste a una ceremonia religiosa durante la guerra. Foto: Archivo