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Casi nunca

Daniel Sada

Premio Herralde. Anagrama, 2008. 384 pp., 18 euros
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JOAQUÍN MARCO | 11/12/2008 |  Edición impresa


Daniel Sada. Foto: Domenec Umbert

Daniel Sada (Mexicali, México, 1953) no puede decirse que resulte un descubrimiento para el lector español, pese a que el editor haya elegido en la solapa del libro elogios de Mutis, de Villoro, de Christopher Domínguez Michael, de Fuentes y de Bolaño. Porque antes de que su novela Casi nunca obtuviera el premio Herralde, su autor había publicado libros de relatos como Juguete de nadie y otras historias (1985), Registro de causantes (1982, premio Villaurrutia), El límite (1996) y las novelas Lampa vida (1980), Albedrío (1988), Una de dos (1994, llevada al cine), Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999), que pasó a considerarse su mejor libro; Luces artificiales (2002), Ritmo Delta (2005) y La duración de los empeños simples (2006). Su última novela cabría calificarla de histórica, puesto que su acción se sitúa en un México rural que va de 1945, ya 1946 (p. 109) hasta 1950 (p. 344). Pretende describir, a través de las peripecias del protagonista, un joven de casi dos metros de altura, técnico agrícola y buen administrador de fincas, la transformación que se opera en el agro mexicano.

Pese a lo dicho, los temas fundamentales de Casi nunca son el sexo y el dinero. Con referencias sexuales se abre y cierra la novela. De hecho, el protagonista conoce a una prostituta en uno de los burdeles, Mireya. Acude casi a diario a visitarla, lo que habrá de permitirle abordar las relaciones entre ella y sus amigas y la regidora del antro. Será la muchacha quien verá en el agrónomo al hombre que ha de redimirle de su oficio e integrarla en una vida digna que ella prefiere en los EE.UU. Demetrio le promete amor y hasta una casa y huye con ella, pero la abandona en el tren y vuelve con su tía Zulema. ésta y su madre Telma se habían confabulado para buscarle una novia adecuada en Sacramento: Renata Melgarejo, de cuyos ojos verdes había quedado prendido en una boda.

La primera parte de la novela se centra en la ingenua Mireya y su aprendizaje sexual lleno de dificultades. Pero su pasión, ni siquiera un posible embarazo de Mireya, le han de permitir escapar de una moral que compartirá con las mujeres de su familia. La aventura amorosa y seudosexual de su tía Zulema, su segunda madre, (capítulo 11) puede entenderse casi como una novela corta inscrita. Relata el tardío encuentro entre Zulema, muy entrada en años, y su primo, decrépito y hasta con nietos: “Dos viejos desnudos acostados en una cama no muy ancha acariciándose con manos casi trémulas. Miedos, más que besos en la boca, eran los que se daban” (p. 178).
El narrador entabla una relación casi familiar con el lector, anuncia lo que va a suceder e incluso expresa su opinión. El mecanismo narrativo, sirviéndose de un cierto tono confesional, aprovechando el monólogo interior y bajando al detalle confiere al discurso un tono moroso, personal, gracias al frondoso vocabulario, a los coloquialismos, a la sentenciosidad que hace coincidir el pensamiento colectivo con la forma expresiva. También, cuando conviene utiliza una sintaxis entrecortada, acelerada, oral: “Lo sentado: obligado: porque sí… Más personajes que personas eran ahora Renata y doña Luisa porque (también desde un principio) decidieron turnarse: dos horas cada cual, matiz de fastidio a causa de la pachorrez” (p. 111).

Sada resulta un maestro en el análisis psicológico de la evolución de los personajes y en la descripción de situaciones. Subyacen los principios de la corrupción, incluso política, en su relación con el alcalde, cuando el agrónomo ha abandonado ya el campo y con su maleta de billetes, junto a su madre, monta un negocio de billares y fracasa en el empeño de montar un burdel de categoría en el pueblo. Todo ello mientras las relaciones con Renata, con la que se ve una vez al año, discurren con las formas protocolarias más rígidas. A punto, incluso, de romper las pretendidas y aún no confirmadas relaciones, porque Demetrio se atreve a besarle (y lamerle de paso) una mano. Su primer beso se producirá al segundo día del matrimonio. Pero la madre de Renata sabe dilatar lo más posible los contactos y ejerce una severa vigilancia sobre la joven, que aceptará gustosa sus consejos. El mundo femenino traza una tupida red en torno a este personaje, un tanto simplón, al que dos prostitutas de Torreón roban la cartera cuando se encuentra entre los brazos de las dos mujeres.

El mundo rural no se describe en forma idílica, sino con un amargo sentido de la ironía. La represión sexual constituye el auténtico motor de la acción. La participación popular en los sucesos trasmutan el ruralismo en amable sonrisa, como sucede durante los largos preparativos materiales de la boda, en la ridícula - y admitida- petición de mano, en el acompañamiento de los novios hasta el hotel de Piedras Negras, donde, por fin, se consumará el matrimonio. El novelista ha sabido engarzar a la perfección episodios que hubieran podido entenderse como aislados. De hecho, incluido el onanismo y las ensoñaciones sexuales del protagonista, todo viene a conducir a una satisfacción que concluye en un final: “Puro alivio”. Pero Daniel Sada, salvo en páginas aisladas, evita con un cazurro sentido del humor cualquier posible morbosidad.


Algo personal

l¿Por qué le consideran el autor más incómodo de las letras mexicanas?

-Tal vez porque soy el más atípico. En muchas de mis novelas he usado la métrica. Algo que ningún prosista usa.

l¿De verdad la historia de Casi nunca le ha rondado 25 años?

-Tenía miedo de escribir esta historia, muchos de los personajes aún viven y pueden dejarme de hablar para siempre. Mi novela no es de entera ficción.

l¿Qué problemas le planteó conjugar en el libro perversión y humor?

-Ninguno. La santidad también es humorística.


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