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Edición impresa

Esperadme en el cielo

Maruja Torres

Premio Nadal 2009. Destino. Barcelona, 2009. 192 páginas, 18’50 euros

  • ( 06/02/2009 )
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  • Leer el primer capítulo de Esperadme en el cielo


  • El premio Nadal ha vuelto a recaer en un nombre bien conocido, especialmente en el ámbito periodístico. Como les ocurrirá a muchos lectores, me son familiares desde hace años -los del mejor Fotogramas- muchos artículos y algunas excelentes crónicas de Maruja Torres, amén de dos novelas que, en mi opinión, no debió escribir, porque la condición de buen periodista y reportero no lleva necesariamente encapsulada la de buen novelista, y ahí está, sin necesidad de recordar ejemplos coetáneos, el caso de Larra, el gran maestro cuyo bicentenario se celebra este año, para demostrar el aserto. Esperadme en el cielo -título que reproduce, en plural, el de una vieja canción de Antonio Machín revitalizada en 1987 por la película homónima de Antonio Mercero- es una evocación cordial y apasionada de dos escritores ya fallecidos que compartieron años de amistad con la autora -Terenci Moix y Manuel Vázquez Montalbán-,y también de los lugares barceloneses donde crecieron y de algunos otros, como Madrid, Alejandría o Beirut, vinculados a etapas concretas de sus vidas. La ficción narrativa que permite a la autora encontrarse con sus amigos muertos y realizar con ellos fantásticos viajes en el espacio y el tiempo es la convención de que un percance sufrido durante una firma de libros la ha dejado en estado de coma y a punto de traspasar “el Incierto Umbral” ( pág. 10). Al final la autora no encuentra otra salida para este laberinto que la tópica y antiquísima solución del sueño al que la narradora se había entregado mientras firmaba ejemplares en la calurosa caseta de la Feria del Libro madrileña.

    Todo esto es bastante pobre, ramplón y falto de inventiva, pero el lector estaría, sin duda, dispuesto a aceptar las convenciones iniciales, a suscribir el necesario “pacto narrativo” con la escritora si de este viaje imaginario, con más diálogos que acciones, se desprendieran retratos acabados y originales de los dos escritores evocados. Pero sólo asoman detalles superficiales y harto conocidos, de igual modo que la evocación del barrio barcelonés de la infancia no va tampoco más allá de unas cuantas pinceladas epidérmicas. Los abundantísimos diálogos son inconsistentes y sin vivacidad, y ninguna página añade informaciones decisivas sobre las anteriores ni hace progresar el texto. En algunos pasajes, las enumeraciones de tipos pueden hacer pensar en un remedo palidísimo de las “visiones” satíricas de Quevedo, Gracián o Torres Villarroel, pero el esquematismo y la pobreza imaginativa de esos fragmentos borran inmediatamente aquella primera impresión. Muchas conversaciones de mercado de abastos ofrecerían más riqueza y mayor expresividad que estos diálogos que sostienen los tres autores en páginas que se mantienen, salvo en muy pocas réplicas -en bromas sobre cine, o acerca de ciertos giros lingöísticos catalanes-, en un nivel inferior al de su obra y por debajo de la línea de flotación. El hondo y sincero afecto que ha dado origen a Esperadme en el cielo es una cualidad loable, pero no basta sin más para componer una obra literaria. Cuando se tiene presente que el premio Nadal, en sus tres cuartos de siglo de existencia, ha descubierto o impulsado decisivamente la obra de tantos autores importantes, es inevitable establecer comparaciones. Si el jurado que otorgó el galardón decidió que éste era el mejor de los originales presentados -y es de suponer que así sería, a pesar de que quandoque bonus dormitat Homerus-, resulta inquietante imaginar la calidad media de los aspirantes al último Nadal, premio siempre codiciado, que ahora no suma nada a su trayectoria.

    Ricardo SENABRE


    Desde entonces
    Jesús Pardo (Santander, 1927) no ha dejado de escribir ni de traducir, ya que es responsable de la versión en castellano de más de 200 títulos. Entre sus novelas destacan Cantidades discretas y Eclipses. En 1996 publicó sus memorias, Autorretrato sin retoques.

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    por Maruja Torres

    Maruja Torres. Foto: Albert Olivé

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